14 de julio 2017 - 23:41

"No se puede hacer tango en joda"

Ariel Ardit.
Ariel Ardit.
Acaba de ser galardonado por segunda vez con el Premio Carlos Gardel como "Mejor Álbum Artista Masculino de Tango" por el disco homenaje "Gardel sinfónico" que realizó junto a la Filarmónica de Medellín. Se llama Ariel Ardit y es uno de los máximos referentes del tango en la actualidad. Sin embargo, su estilo remite a los años 40, aquella época dorada en la que Troilo brillaba con su orquesta, Alberto Podestá era sinónimo de cantor y las plumas de Enrique Cadícamo y Homero Manzi, le ponían poesía a la vida. "No se puede hacer tango en joda. Pero muchos imaginan que los shows son para ir a llorar dos horas. Y no es así. Intento sacarle la rigidez que envuelve al género. Entre tango y tango, trato de descontracturar. No soy un humorista, pero rompo con eso que muchos presuponen y les muestro que no se trata de un túnel para sufrir", asegura el artista antes de presentarse hoy a la noche por partida doble -sólo quedan entradas para la segunda función- en el Café Vinilo.

Periodista: ¿Qué es lo que te ocupa en relación a aquellos que te van a ver y aún no te conocen?

Ariel Ardit: Que escuchen a un buen cantor. Que no suene a que la gente está oyendo un cover porque siempre va a sonar mejor la orquesta de los grandes maestros. Hace poco, en el teatro Real de Madrid, me animé a hacer magia. Es algo que me ayuda a pasarla mejor.

P.: Pero la magia y el tango parecen no ir de la mano. ¿De dónde nace esa necesidad de construir algo diferente?

A.A.: Vengo de una familia de atorrantes. Mi mamá es una gran cantante de folklore y mis tíos son artistas cómicos. Es una definición de mis inicios. Por un lado, escucharla cantar a ella me acercó a los grandes cantantes. Y por el otro, me iba de gira con los hermanos de ella y les acomodaba las pelucas cuando hacían imitaciones de Sandro, Xuxa, Django, José Luis Perales o Julio Iglesias. En ese entonces, lo interesante era estar en la noche. Era un adolescente. Y a veces me metía en cabarets.

P.: ¿Tu historia te ayuda a nivelar un presente que está ligado a premiaciones y viajes internacionales?

A.A.: Claro. Es algo que me sirve para que no se me vuele ningún pajarito. Lo más importante es lo que está arriba del escenario, pero se tiene que relacionar con lo que uno aprende abajo. Porque si no la tabla se parte.

P.: A veces parece como que el tango sólo es para turistas. En la actualidad económica, ¿cómo se llega a aquellos que no tienen la oportunidad de pagar una entrada de 300 pesos?

A.A.: Muchas veces el artista se mete en el bolsillo del público, pero sabe de ese sacrificio. No se prepara un espectáculo para un público determinado. Está la gente que por cuestiones económicas puede venir a verte y los que aprovechan algún festival gratuito. Yo no me quedo quieto en el mismo lugar. Los barrios son diferentes y me gusta correr el riesgo de moverme porque para conseguir gente que te escuche, hay que salir a buscarla.

P.: ¿Qué tan cerca te sentís de pasarte al bando de los compositores?

A.A..: Siento que está la sensibilidad de querer expresar, pero soy muy respetuoso y no me quiero apurar. No estoy seguro de si es algo que me tiene que completar como artista. Tal vez me esté haciendo falta algo más y si no viene, seguiré trabajando como intérprete. No me quiero obligar.

P.: Como fanático de Gardel, lo que si te obligó, fue el hecho de querer cumplir tu sueño de cantar en Colombia.

A.A.: Ese sueño tiene un tope. Como evento histórico no hay nada que lo vaya a reemplazar porque yo no elegí al tango, elegí a Gardel. Después de muchos años, poder homenajearlo, me genera mucho porque le puse el pecho a los sueños.

P:. ¿Y ahora?

A.A.: Mi deseo es que el aeropuerto Ministro Pistarini se llame Carlos Gardel. Imaginarme un día llegando de alguna gira por el mundo y que digan "Próximos a aterrizar en el aeropuerto internacional Carlos Gardel", es algo que me emociona. El día que pase eso me sentiré que pude hacer algo por el tango. Porque hasta ahora no lo siento ya que es el tango el que a mí me dio mucho. No al revés.

P.: ¿Lo ves posible?

A.A.: Sí, como pasa con el de Liverpool que lleva el nombre de los Beatles o el de Rio de Janeiro que se llama Tom Jobim. Necesitamos que la política lo considere. Como representante del tango en el mundo, nos representaría más. También podría llamarse Aníbal Troilo, Ástor Piazzola, como el de Mar del Plata, o Atahualpa Yupanqui. Pero Gardel es un embajador cultural. Murió hace 82 años y nadie llegó tan lejos como él. El tango es el emblema más representativo de la argentinidad, más que el futbol.

P.: ¿Te parece?

A.A.: Es que el fútbol no es popular en lugares donde sí se baila tango. Pero en lo que refiere a lo artístico mi sueño ahora tiene que ver con ocupar espacios donde el tango fue perdiendo, donde no tuvo acceso. Y hay mucho camino por recorrer.

P.: ¿Creés que las nuevas generaciones pueden fijarse en el tango?

A.A.: Las grandes revoluciones siempre las hicieron los jóvenes. Esa frase que dice que el tango te empieza a gustar después de determinada edad es una contradicción. Ninguno de los maestros de la generación dorada del tango tenía más de 40 años. El embrión de la época más importante del tango, lo hicieron los jóvenes. Y ahora hay muchos que componen y tocan bárbaro. Cualquier iceberg que podamos abrir con un poco de difusión, va a ser sostenido.

P.: Las nuevas generaciones también vienen con una mirada más abierta. El tango, durante muchos años le dio un rol despectivo a la mujer. ¿Cómo analizás esas composiciones a la distancia?

A.A.: Al tango hay que analizarlo en el contexto en que se lo compuso. Hubo un momento en los 20, cuando los tangos tenían doble sentido. Un momento más romántico en los 30. Y en los 40, exaltaban a la mujer porque para ser muy buena tenía que parecerse a la madre. Era un modelo empírico. Pero el tango es machista porque la sociedad es machista. El rock también lo es. Y más cercano en el tiempo. La demora en todo lo que tiene que ver con igualdad de género tiene que ver con la sociedad, con todo lo que no crecimos. Ahora no hay tangos que hablen de matar a una mujer. Si alguien escribiera algo así, sería peligroso. Y tiene sentido.

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