18 de septiembre 2007 - 00:00
"Olmedo me enseñó todo. Lo demás es pura técnica"
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Silvia Pérez protagoniza «Encarnación», de Anahí Berneri,
casi una película sobre su vida. «Sin embargo», dice, «la
directora no me tenía en mente. Me presenté al casting como
cualquiera.»
S.P.: Me pregunto cómo será verse tratando de simular algo que ya no está. ¿Qué les devolverá el espejo? Quizá se ven bien y no se dan cuenta de la realidad. Y lo peor es que hacen sufrir. ¿Como negar lo que te está dando la vida? Yo también viví el paso del tiempo. Trabajé de linda a pesar de no verme linda. Hoy me toca esta etapa, y me siento cómoda y agradecida con ella. Compuse esa ex estrella sin ninguna inhibición, entré en su soledad, puse mi vida, con la cámara encima mostrando cómo soy. Fue una experiencia muy fuerte, nueva. Ir a un festival también es algo nuevo, nunca lo soñé, viene como agregado a la felicidad de hacer la película. También sé que no significa nada. Simplemente me parece algo lindo y lo recibo.
P.: Volviendo atrás: ¿de veras no se veía linda?
S.P.: Me da pena no haberlo disfrutado, por eso ahora siempre estimulo a quien se siente menos de lo que es. Son cosas relacionadas con la educación. Mi familia nunca me trató de linda. Por el contrario, cuando abandoné los estudios de arquitectura y traductorado para modelar, fue un escándalo.
P.: ¿Cómo pasó todo aquello?
S.P.: Somos tres hermanas mujeres. Un día nos sacaron fotos a mí y a la menor, y le pidieron permiso a mamá, para hacernos concursar en «Miss 7 Días». Mamá no quiso acompañarme porque tenía otra cosa que hacer. Yo tenía 18 años, fui sola, y gané el concurso. Lloraba, creí que no iba a ganar nada, esa inseguridad, ese miedo, y de repente gané y empecé a trabajar. Después salí Miss Argentina, y viajé al certamen panamericano en Colombia. Ahí dijeron que no iba a ganar, por cuestiones políticas, y aún así salí primera princesa.
P.: Y aún así se sentía poco agraciada.
S.P.: Estaba lejos de casa, viajando sola. Me preguntaba qué es la existencia. Eso de valorarme fue en los últimos años, tras indagar mucho en mí, tratando de superar la crisis que me causó la muerte de Alberto Olmedo. Yo amaba trabajar con el Negro. Me despertaba feliz de ir a divertirme con él todo el tiempo. Lo pasaba bien, teníamos éxito, la gente nos amaba. ¡Nos sacaban en patrullero del teatro! Pero a las dos cuadras ya te podías bajar. Si te creés que debés seguir en patrullero toda tu vida estás confundida. Tomaba mis recaudos para ir a una playa con mi hija, pero iba. La muerte de Olmedo fue un cimbronazo. De pronto paró el tren, nos bajamos, y no sabía dónde estaba. Perdida, angustiada, sabía que eso se había terminado pero no sabía adónde ir, y renegaba de mí como actriz, me preguntaba si era artista o no. De a poco me fui conociendo. Abrí gimnasios, abrí casas de yoga y meditación, fui a la India, escribí libros, di seminarios de valores humanos en toda Latinoamérica. Pero no terminaba de estar contenta.
P.: Lo de la actriz seguía pendiente.
S.P.: Fui a lo de Carlos Gandolfo. Me marcó, me exigió ser algo más que esa Silvia Pérez que todos conocían. Yo no quería llorar delante de él. Pero su desafío me ayudó, y cuando más tarde le mostré un trabajo mío sonrió de oreja a oreja, me aplaudió, y todos aplaudieron con él. También Augusto Fernándes me hizo un lindo elogio, cuando fui a sus clases. Se hace una rueda, cada uno se presenta ¡Lo que sufrí! Porque todos tenían antecedentes, cursos, seminarios, y yo nada, pero él dijo: «ella viene a ponerle nombre a todo lo que ha hecho durante tantos años».
P.: O sea, nada menos que haber trabajado con Olmedo. El fue su verdadero maestro y director, ¿verdad?
S.P.: La verdad que sí, porque ¿sabe lo que era salir todas las noches al escenario sin saber lo que iba a pasar? Era todo improvisación, debía estar con todas las luces, atenta a cada réplica, no tenía nada de memoria. Una vez, recuerdo, me estaba apretando contra un sofá en pleno escenario, a ver qué hacía yo, y en medio de los chistes me dijo «¡ésta es una lección de teatro!». El otro director que tuve en aquella época fue Adolfo Aristarain, con «La discoteca del amor». Algunos otros, en cambio, sea cine o televisión, se limitaban a decirme «entrás por acá, decís lo tuyo, y salís por allá».
P.: ¿Su familia finalmente la aprobó?
S.P.: Quien más crédito me dio es mi papá. Ahora este último año una hermana mía compartió el estreno de teatro que protagonicé, y me felicitó. Que me diera un beso, significa tanto. Es el reconocimiento de mi hermana.
Entrevista de Paraná Sendrós




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