Regresan a Rusia más tesoros "expatriados"

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Pedro Carlos Fabergé, el más importante joyero de la Francia de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, fue un innovador y creativo que utilizaba varias capas de esmalte -en algunos casos 140 diferentes- y lograba efectos lumínicos únicos, entre los que el que representaba a una ostra es el más preciado.

Las obras más famosas de Fabergé son los 57 huevos que realizó durante 33 años (de 1884 a 1917), por encargos de los zares Alejandro III y su hijo, Nicolas II. El Imperio Ruso cubría 17% de la tierra y la fiesta de Pascua es la más importante de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Por lo tanto era el regalo más importante del año que hacían los zares a sus mujeres. Cada uno de los huevos -que estaban realizados en cristal de roca, ágata, lapislázuli, jade, zafiros, rubíes, esmeraldas y también diamantes de importancia-, debía llevar en su interior una sorpresa, y en tres de los mismos había un reloj. Algunos miden menos de 13 centímetros de altura.

El gran coleccionista de estos huevos, que fueron vendidos por la Unión Soviética en la década del 30, fue Malcolm Forbes, dueño de la más prestigiosa editorial financiera del mundo, que logró reunir, en 35 años, nueve huevos y ciento ochenta piezas realizadas por Fabergé. Se podían ver en Nueva York en su museo. Forbes, que posó para varios retratos del realista chileno Claudio Bravo, comenzó su colección en 1960, comprando una cigarrera de Fabergé, y su primer huevo, cinco años después. Murió en 1990 y, recién 14 años después (en enero de 2004), sus hijos decidieron vender la colección. Estimaban obtener 80 millones de dólares, pero a los pocos días apareció Victor Vekselberg, un joven de 44 años, dedicado a negocios de gas, petróleo y minerales (sin retenciones), que decidió comprar todas las obras para devolverlas a Rusia. Se comenta que pagó más de 120 millones de dólares.

Diez de los huevos están en el Kremlin; cinco en el Museo de Bellas Artes de Virginia (EE.UU.); tres en el Museo de Nueva Orleans; dos en el Museo Hillwood de Washington; uno es de la colección del príncipe Rainero de Mónaco, y tres los tiene la reina Isabel de Inglaterra, que es la mayor coleccionista de arte del mundo. De ocho no se tienen noticias, pero sin duda alguno aparecerá en los próximos meses.

Sólo ocho huevos salieron a la venta en subastas en los últimos 70 años. Hasta el último noviembre, el mayor precio fue en abril de 2002: 9,6 millones de dólares (9,2 millones de euros en ese momento).

Hace dos semanas se realizaron en Londres cinco días de subastas de arte ruso, en las que se vendieron más de 100 millones de dólares, superando en 56% las estimaciones de precios. De esta manera se demostró que este sector del mercado es más fuerte que el de arte moderno e impresionista que vendió menos de lo estimado, también en noviembre, en Nueva York. Uno de los huevos con un reloj en su interior, realizado en 1902, aparecía por primera vez a la venta, luego de más de un siglo. Era un regalo de Beatrice de Rothschild a Germaine Halphen, quien se casaría con el famoso banquero, el barón Eduardo de Rothschild.

Ahora, cuando fue enviado a la venta, se estimaba que se pagaría por él 12 millones de dólares. Se vendió en el récord de 18,5 millones de dólares (12,5 millones de euros), superando en 36% el precio pagado hace 5 años por otro huevo en euros y 93% si tomamos como referencia el devaluado dólar americano.

Otra sorpresa, que cuadruplicó su estimación, fue una pequeña caja de fósforos realizada por Fabergé en 1893 con la figura de un Cupido de 9 cm. de alto, que se vendió en 400.000 dólares.

Las esculturas de artistas como Troubetzkoy y Laceray también se vendieron en precios que superan tres veces lo que se pagaba hace una década. Se ve que los millonarios rusos no sólo compran equipos de fútbol, sino que también están repatriando aquello que se fue de su tierra.

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