26 de enero 2006 - 00:00

Kalkilia, paraíso del fundamentalismo

Al entrar en la ciudad palestina de Kalkilia, a un kilómetro apenas de la israelí de Kfar Saba y a un cuarto de hora de la cosmopolita Tel Aviv, lo que más se destaca es el color verde de los islamistas. Un enorme cartel dice: «Hamas, el nuevo poder es nuestra gloria, es la ola gigante para todo musulmán que rechaza la corrupción». A veces, el verde está salpicado por las banderas negras de sus hermanos más radicales de la Yihad Islámica. Cuando me paro a mirarlas, Nabil, un joven vestido como los talibanes, según lo que allí llaman «moda Bin Laden», me lee el pensamiento y dice: «La Yihad tiene más banderas en las calles que seguidores. Kalkilia es Hamas y Hamas es Kalkilia».

El pasado 5 de mayo se conocieron los resultados de las elecciones municipales en esta ciudad cisjordana. El gran ganador fue el jeque Waji Nazal, 39 años, líder de Hamas, que ya llevaba 30 meses en la cárcel militar israelí de Ofer, junto a Ramallah. Los 15 concejales del Ayuntamiento son miembros de Hamas. Nos recibe el alcalde adjunto Hazme Masri, 44 años, que estudió Farmacia en Rumania y en Jordania. Le pregunto cómo se dirige una ciudad teniendo al alcalde entre rejas. «Muy fácil -contesta enseñando un pequeño teléfono móvil. Hablo todos los días con el jeque Waji y recibo sus instrucciones.» Masri marca el número del alcalde encarcelado y éste le contesta:

«Llámame en unos minutos, cuando acabe el sermón a los restantes presos».

Cuando se entera de que su brazo derecho está con un periodista, oigo que le dice en árabe: «Déjame hablar con él». Me comenta: «En EE.UU. y Europa se teme la victoria de Hamas porque son víctimas de la propaganda sionista. Ellos difunden al mundo que somos terroristas, yo le digo que no hay de qué preocuparse». Masri, el primer líder municipal de Hamas que dirige una ciudad, reconoce que en su movimiento hay quien teme llegar al poder, ya que eso obligará a cambiar posturas y quizás incluso a dialogar con Israel.

• Orgullo

Cuando le preguntamos si reconoce la existencia de Israel, su respuesta no es clara. Pero la joven concejala Isma Abdel Rajim Hamudi contesta por él: «Desde 1993 que negociamos con los israelíes y no ha habido más que muerte y destrucción. Esperamos que toda Palestina sea islámica y eso será un orgullo para nosotros». Y a la pregunta de si continuarán los atentados suicidas tras las elecciones, ella responde que «el pueblo palestino tiene derecho a defenderse de cualquier manera».

En el seno de Hamas hay dirigentes que se plantean reconocer de facto al enemigo israelí; no es el caso de los concejales de Kalkilia, que afirman que la guerra santa es su política y el martirio su única esperanza.

A mediodía todos los concejales interrumpen una reunión para ir a rezar a la mezquita. El imán
Jalil Hadnar, tras su sermón, dice que «Hamas ha ganado porque la gente quiere que la religión islámica sea más dominante, porque es muy fuerte y porque los otros partidos no prepararon bien las elecciones. Eso no significa que todo el mundo apoye a Hamas». Desde cualquier punto de la ciudad puede verse el muro israelí de cuatro kilómetros que la rodea y que tiene sólo tres puntos de acceso. Antes de la segunda Intifada, en 2000, los vecinos israelíes venían aquí a comprar verduras y a arreglar sus coches. Ahora el acceso está totalmente prohibido para los israelíes. Para ellos, el muro es un seguro de vida; pero los palestinos se sienten en una cárcel y advierten que, cuando un tigre está enjaulado, al salir no hay quien lo controle.

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