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20 de agosto 2002 - 00:00

Cómo se gestaron las "internas" viciadas

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Frente a estos desafíos, la medida que se ingenió fue operar una Ley de Reforma de la de los Partidos Políticos en busca de un mejoramiento de la política, algo que ya había lanzado el radical Federico Storani cuando fue ministro del Interior de la Alianza. Una serie de congresistas bien intencionados y con consenso social elaboró el proyecto de reforma.

Fue votada por primera vez en el Senado el 27 de junio de 2001 y sancionada en la Cámara de Diputados el 19 de junio de 2002. El proyecto original presentado por el Poder Ejecutivo, lo envió al Congreso Federico Storani, como ministro del Interior. Tal como salió el despacho de comisión, sufrió pocas modificaciones hasta su sanción final. Esas modificaciones que hubo incluyeron hacer las internas
Finalmente, se sancionó el 19 de junio pasado en Diputados con el apoyo del
Los congresistas aspiraban, sanamente, a favorecer la concurrencia de ciudadanos a obtener las candidaturas dentro de los partidos políticos y evitar que se crearan tantas nuevas agrupaciones. También que se evitara el surgimiento al primer plano de hombres nuevos como Luis D'Elía, Juan Carlos Alderete, Raúl Castells, Emilio Alí, Néstor Pitrola y otros que no encontraban cauce en las fuerzas tradicionales. Estas estaban férreamente dominadas por caudillos que vía fundamentalmente del favor del empleo público dominan con «tropa propia» las internas, además de destrozar así con «ñoquis» los presupuestos de gasto del Estado, acrecentando sus déficit. Esto fue causa, en definitiva, del estallido económico de diciembre pasado cuando la gente vio que era imposible sobrellevarlos y pagar, al mismo tiempo, los abultados vencimientos de deuda externa para este año 2002.

También se vio que los D'Elía, Alderete, Alí y otros, al no lograr proyectarse ni sentirse representados en los partidos políticos y resguardados por la Constitución Nacional, se agrupaban en formaciones sin control alguno y sin responsabilidades institucionales mínimas como es el caso del "movimiento piquetero". El surgimiento de estos movimientos - con accionar violento en las calles y contra bienes privados, como los saqueos-fue a partir de una violación a la ley: cortar rutas, entorpecer el derecho a circular libremente y trabar la producción con piquetes.

En consecuencia, se tornó evidente la perversión de los partidos políticos al no dar cabida a las nuevas manifestaciones sociales acrecentadas inusitadamente por los altos índices de desempleo como consecuencia de 4 años de recesión.

Quienes estaban en el gobierno nacional o eran actores de partidos políticos cerrados intentaron frenar el "movimiento piquetero" con el aumento de planes Trabajar y luego de Jefas y Jefes de Hogar.

La solución se podía descontar fallida desde el arranque. No se buscó, por temor político, hacer cumplir la ley en cuanto al derecho de los ciudadanos de circular libremente por calles y rutas sino sobornar a quienes los obstaculizaban, aunque sea legítimo subsidiar la pobreza. No sólo fracasó sino que acrecentó el poder de los piqueteros que engrosaron su número a partir de que sus dirigentes incluían en los subsidios a quienes mejor cumplían las convocaciones a obstruir rutas.

Por tanto el gatopardismo de cambiar algo para que no cambie nada dentro de los partidos políticos se tornaba penoso. En definitiva los caudillos confiaban en que aun abriendo el partido eso no restaría presencia a su «propia tropa» para imponerse a cualquier foráneo que intentara desplazarlos o infiltrarse en sus no menos cerradas «listas sábana».

Las izquierdas, a su vez, siempre se satisfacen con toda violencia que circule libremente por calles y rutas aunque en el origen el movimiento piquetero se les escapara de las manos. También los sorprendió el golpe cacerolero espontaneo del 19 de diciembre saturado de simples amas de casa. Pero para el día siguiente 20 ya infiltraron sus activistas profesionales y lograron 25 muertos en el país. Infiltraron tanto a los caceroleros que éstos se asustaron y extinguen.

Aunque signifique la picardía de quedarse en definitiva, con nueva cara, se tornó inevitable en el Congreso sancionar una ley de reforma de la Ley de los Partidos Políticos, como se hizo. Fue bien acogida por los moderados de la sociedad. En apariencia, al menos, mejoraba la calidad de la política y podía ser el camino inicial para algún día reducir sus costos que trepan a 2.000 millones de pesos anuales entre legisladores, concejales, asesores, gastos de funcionamiento de edificios y enorme cantidad de empleados.

La izquierda se movió en otro sentido. Quiso con juego no menos hábil y pícaro, inculcar en la sociedad que la solución era «que se vayan todos»: se renovaban gobernadores, diputados y senadores en su totalidad, nacionales y provinciales, concejalías. Planearon lograr con esa renovación absoluta, sin los plazos sabios de la Constitución que pensó Alberdi hace un siglo y medio para graduar cambios violentos en la forma de vida de los argentinos, en base a humores circunstanciales de la sociedad. La izquierda sabe que no le es útil abrir sus partidos y que se sumen no ideologizados pero sí que podían lograr, en la vorágine del cambio general, más cargos, por la crisis social, que los que obtiene de sus escasos votantes habituales en elecciones normales.

La sociedad y los políticos fueron alertados de ese plan que había detrás del «que se vayan todos» y el intento fracasó.

Fue otra alarma que precipitó optar por el plan de ley de reforma de los partidos y luego de sancionada usar «bien» el oportuno veto que la ponía al servicio de los fines del actual gobierno. El duhaldismo es una fuerza que se va mostrando cada día menos amante de la democracia o, por lo menos, capaz de someterla a sus fines particulares.

No objetó la sanción de la Ley de Reforma porque la necesitaba. Pero cuando estuvo en sus manos para promulgarla le vetó el punto 4 del artículo 29 bis que circunscribía el voto de los


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