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En el origen mismo del movimiento peronista, exactamente a partir de cuando irrumpe en la vida política argentina al ganar su fundador la presidencia de la Nación en 1946, se suceden dos formas de gobernar en una misma gestión. El punto exacto de ruptura o inflexión, si se quiere, es 1950, cuando el presidente Perón rota su postura como gobernante del país y envía a su ministro de Hacienda, Ramón Cereijo, a Estados Unidos a requerir la primera ayuda del Fondo Monetario Internacional.
Una primera etapa de aquel peronismo es la del coronel Juan Perón en sus primeros 4 años, desde 1946 hasta 1950. Otra es la del ya autoascendido a general Juan Perón, desde 1950 hasta 1955, en que es derrocado por un golpe militar.
Dejemos de lado las actuales simplezas que se transmiten por los medios de difusión sobre el enfrentamiento Duhalde-Menem. Con más profundidad de análisis histórico se dijo siempre que así como el radicalismo significó la llegada de la clase media al poder con Hipólito Yrigoyen, el ascenso de la clase obrera al mando de la Nación ocurrió con Juan Perón y su peronismo en 1946.
Es una explicación aceptable aunque localista, porque no encuadra con la filosofía de la historia universal en cuanto a la evolución y arribo de las masas al poder político. No ya a partir de dejar atrás las monarquías con el poder concentrado por herencia y en cortesanos. Más cerca pero tampoco concuerda con el siglo XVIII, cuando al surgir la «era industrial», a partir del invento de la máquina a vapor, surge la «clase obrera» de los primeros talleres y los gobiernos democráticos por el voto de mayorías, obreros y no obreros.
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