9 de julio 2003 - 00:00

Lula y Kirchner son lo opuesto para un experto como Touraine

Nadie podría confundir a Alain Touraine con un intelectual conservador o un «defensor de las corporaciones», por decirlo en términos de moda. Por eso interesa más el modo implacable con que juzgó en dos notas recientes (la última se publicó en España el domingo pasado) a la izquierda argentina y al gobierno envuelto en ella. Este sociólogo de 78 años dedicó los últimos años de su vida a impugnar el neoliberalismo y los costos sociales de las reformas de los años '90, inspiradas en esa corriente. Se lo podría ubicar, como a Norberto Bobbio o a Anthony Giddens, en una especie de centroizquierda racional, defensora de los valores e instituciones democráticos y socialista en su concepción económica. Hay que ubicar a Touraine en la tercera vía de Tony Blair (ahora con nueva marca: «gobierno progresista») más que en el «Consenso de Washington» de los Bush. Además, conoce como pocos académicos franceses la historia y los problemas de Latinoamérica -en especial de Chile, la Argentina y el Brasil- a cuyo estudio dedicó toda una vida.

Antes de las elecciones, Touraine realizó una entrevista con la revista «La Primera». Después de visitar a jueces, dirigentes políticos, intelectuales y empresarios, este profesor sacó una conclusión: «En un año la Argentina no será más un país democrático». Su razonamiento se basaba en que «nadie tiene poder en un país donde ningún candidato tiene más de 20% de los votos y con una elección presidencial viciada de ilegitimidades». Da otras razones Touraine de la crisis que vislumbraba un par de meses antes de los comicios: «Si no se firma un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, la crisis sería peor, inmediata: pero yo creo que es prácticamente imposible que el Fondo vaya a dejar caer a la Argentina. Es más fácil que la Argentina se caiga sola».

¿Cuáles son las razones de ese pesimismo de Touraine? «En términos políticos -contesta- llama la atención lo mucho que queda de la vieja Argentina, peronista, nacionalista, intervencionista: es decir, un país que perteneció al populismo social-demócrata de posguerra. Pero la guerra terminó hace 50 años. Y no son sólo los políticos, también hay elementos del establishment que están a favor de la vieja Argentina: ahí tiene el caso de los grandes diarios. También llama la atención que los profesionales, la clase media, los intelectuales universitarios quieran mantener esa Argentina antigua.»

Este sociólogo lamenta la situación de «un país destrozado, sin alternativas políticas, aferrado a códigos decimonónicos, poblado de burócratas prebendarios, corruptos, ladrones». Y le augura un futuro dramático: «El próximo presidente -dijo-primero responderá y después se verá desbordado por la cantidad de demandas. Ese será el momento de temer», porque según él, aparecerá una tendencia autoritaria en el poder.

Cuando decía estas cosas, Touraine no sabía que ese presidente sería Néstor Kirchner. Ahora que lo sabe, escribió otra nota, que el diario «El País» de Madrid publicó el domingo pasado. Allí compara a la izquierda de Kirchner con la de Lula Da Silva. Dice que entre ambos existen «direcciones opuestas». Que el mundo puede confiar en la modernidad de Lula y replegarse ante las ideas falsas que rodean a Kirchner. Es casi una presentación en Europa de estos dos presidentes que visitarán Londres el próximo fin de semana para discutir la tercera vía.Vale la pena leer esta nota atentamente.Allí Touraine afirma que la Argentina depende hoy más de la red financiera internacional que de la calidad de sus dirigentes y que lo mejor que se puede hacer con los argentinos es evitar que tomen decisiones. Imperdible esta nota de Touraine publicada en España. Veamos:

Más vale dejarse llevar por el entusiasmo o al menos sentirse tranquilizado por lo que ocurre en Brasil y la Argentina. Porque los demonios del pasado no están muertos y los intelectuales latinoamericanos conservan casi intacto su gusto por las ideas falsas y por los caminos que conducen con mayor seguridad a la catástrofe. Hablemos claramente: es sobre todo en la Argentina donde se hacen oír voces que, a la vez que se felicitan por la elección de Lula en Brasil y de los resultados de las elecciones presidenciales en ese país, desarrollan ideas que me parecen contradictorias con las intenciones declaradas por el nuevo presidente brasileño y retoman los discursos más tradicionalmente peligrosos en lo que respecta a la Argentina. Afortunadamente, el Brasil de Cardoso y de Lula tiene unas bases sólidas que deben permitirle progresar y realizar una política responsable, democrática y capaz de preparar unas transformaciones sociales profundas. Nos gustaría poder decir lo mismo de la Argentina. Pero es imposible, porque los comentarios que llegan de este país, y sobre todo de la oposición de izquierdas, me parece que eligen el mal camino en vez del bueno.

Aquello que los separa puede definirse sencillamente: el mal camino es aquel que explica enteramente la situación nacional por la dependencia respecto de un orden internacional que es urgente cambiar por completo; el bueno, por el contrario, es aquel que conduce hacia una mayor capacidad de acción y de análisis de las fuerzas que hay que movilizar, los obstáculos que hay que superar y las estrategias que hay que adoptar. Los que ganan son los que creen que pueden ganar; los que pierden son los que denuncian un mundo malvado donde todos son víctimas y nadie tiene la capacidad de lograr cambios. Estos caminos toman en América latina una forma que demuestra sus direcciones opuestas.

Plantearse como objetivo la unión de una Latinoamérica indignada por el rechazo del orden económico internacional y de la hegemonía de EE.UU. conduce al fracaso por lo diferentes que son las situaciones nacionales y, sobre todo, los sistemas políticos. Confío en quienes quieren construir en torno a Brasil, más que un mercado común, un verdadero actor económico y político. Desconfío de quienes quieren ante todo equiparar a Lula y a Chávez e inventar un nuevo bolivarismo a escala continental.

Y aquí es donde se manifiesta la distancia que separa demasiado a menudo a los analistas argentinos de los dirigentes brasileños. Estos ya están acostumbrados a la gestión democrática y a la elaboración de programas de acción realistas. Lula ha proclamado desde el principio su intención de actuar dentro del marco de la economía internacional tal cual es y de las instituciones democráticas.

La Argentina apenas tiene capacidad nacional de decisión; al contrario, es la principal víctima de la globalización, y depende de las redes financieras internacionales más que de una clase dirigente y de unos líderes políticos nacionales. Uno tiene la tentación de dar un consejo a los brasileños: haced todo lo que podáis para salvar a los argentinos, pero permitidles que tomen el menor número de decisiones posible. Sólo Brasil tiene la capacidad de tener éxito en la vía que ha elegido. La Argentina acaba de escapar a grandes catástrofes y el nuevo presidente ha realizado unos gestos que han devuelto la confianza en su país. Pero mientras que todo el mundo retoma una vez más los ataques contra la globalización y el liberalismo, nadie o casi nadie reflexiona sobre las condiciones, las luchas y las formas de acción política que hay que emprender.

• El gran interrogante

Brasil, felizmente, se orienta hacia sí mismo dada la amplitud de su mercado interior, y no pretende unir a todos los países en una gran campaña continental que sólo podría dar nuevas tribunas a aquellos que quieren revivir los discursos de los setenta. Esto no quiere decir que una política eficaz pueda ser sólo moderada e institucional. El gran interrogante actual, en Brasil y en otros países, es: ¿cómo combinar la fuerza dinámica de un movimiento popular con la solidez de unas instituciones democráticas? Lula todavía no ha aportado una respuesta tras fijarse como objetivo que cada brasileño coma tres veces al día. Pero sabe que para alcanzar esta meta hay que tomar los recursos de los más adinerados, que demasiado a menudo se libran de los impuestos, lo que supone un apoyo parlamentario muy sólido y una fuerte presión popular. Esta sólo puede formarse en las grandes ciudades, y en primer lugar en los barrios, para exigir seguridad, infraestructuras urbanas indispensables y un gran movimiento por la mejora del nivel escolar, tema fundamental en el que Brasil ya ha realizado grandes progresos gracias a Fernando Henrique y a Paolo Renato.

• Unión posible

No puede haber transformación social profunda sin un movimiento social que presione sobre quienes toman las decisiones. Pero tampoco puede haber transformación social si no se definen sus objetivos y sus métodos dentro de las instituciones democráticas y la capacidad de acción real del país. No opongamos las instituciones democráticas al movimiento social; el éxito sólo puede proceder de su unión, y ésta es posible dada la fuerza del apoyo que los brasileños han brindado a Lula.

Tenemos confianza y entusiasmo en lo que respecta a las posibilidades de Brasil, pero también es necesario que sus dirigentes aprendan a combinar aquello que se consideraba como el agua y el fuego. Hay que desconfiar, en todos los países y en especial en la Argentina, de la vuelta de las ideologías que se creen revolucionarias y no hacen sino ocultar la impotencia para convertirse en los actores de su propia historia.

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