Lula y Kirchner son lo opuesto para un experto como Touraine
Nadie podría confundir a Alain Touraine con un intelectual conservador o un «defensor de las corporaciones», por decirlo en términos de moda. Por eso interesa más el modo implacable con que juzgó en dos notas recientes (la última se publicó en España el domingo pasado) a la izquierda argentina y al gobierno envuelto en ella. Este sociólogo de 78 años dedicó los últimos años de su vida a impugnar el neoliberalismo y los costos sociales de las reformas de los años '90, inspiradas en esa corriente. Se lo podría ubicar, como a Norberto Bobbio o a Anthony Giddens, en una especie de centroizquierda racional, defensora de los valores e instituciones democráticos y socialista en su concepción económica. Hay que ubicar a Touraine en la tercera vía de Tony Blair (ahora con nueva marca: «gobierno progresista») más que en el «Consenso de Washington» de los Bush. Además, conoce como pocos académicos franceses la historia y los problemas de Latinoamérica -en especial de Chile, la Argentina y el Brasil- a cuyo estudio dedicó toda una vida.
Antes de las elecciones, Touraine realizó una entrevista con la revista «La Primera». Después de visitar a jueces, dirigentes políticos, intelectuales y empresarios, este profesor sacó una conclusión: «En un año la Argentina no será más un país democrático». Su razonamiento se basaba en que «nadie tiene poder en un país donde ningún candidato tiene más de 20% de los votos y con una elección presidencial viciada de ilegitimidades». Da otras razones Touraine de la crisis que vislumbraba un par de meses antes de los comicios: «Si no se firma un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, la crisis sería peor, inmediata: pero yo creo que es prácticamente imposible que el Fondo vaya a dejar caer a la Argentina. Es más fácil que la Argentina se caiga sola».
¿Cuáles son las razones de ese pesimismo de Touraine? «En términos políticos -contesta- llama la atención lo mucho que queda de la vieja Argentina, peronista, nacionalista, intervencionista: es decir, un país que perteneció al populismo social-demócrata de posguerra. Pero la guerra terminó hace 50 años. Y no son sólo los políticos, también hay elementos del establishment que están a favor de la vieja Argentina: ahí tiene el caso de los grandes diarios. También llama la atención que los profesionales, la clase media, los intelectuales universitarios quieran mantener esa Argentina antigua.»
Este sociólogo lamenta la situación de «un país destrozado, sin alternativas políticas, aferrado a códigos decimonónicos, poblado de burócratas prebendarios, corruptos, ladrones». Y le augura un futuro dramático: «El próximo presidente -dijo-primero responderá y después se verá desbordado por la cantidad de demandas. Ese será el momento de temer», porque según él, aparecerá una tendencia autoritaria en el poder.
Cuando decía estas cosas, Touraine no sabía que ese presidente sería Néstor Kirchner. Ahora que lo sabe, escribió otra nota, que el diario «El País» de Madrid publicó el domingo pasado. Allí compara a la izquierda de Kirchner con la de Lula Da Silva. Dice que entre ambos existen «direcciones opuestas». Que el mundo puede confiar en la modernidad de Lula y replegarse ante las ideas falsas que rodean a Kirchner. Es casi una presentación en Europa de estos dos presidentes que visitarán Londres el próximo fin de semana para discutir la tercera vía.Vale la pena leer esta nota atentamente.Allí Touraine afirma que la Argentina depende hoy más de la red financiera internacional que de la calidad de sus dirigentes y que lo mejor que se puede hacer con los argentinos es evitar que tomen decisiones. Imperdible esta nota de Touraine publicada en España. Veamos:
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Brasil, felizmente, se orienta hacia sí mismo dada la amplitud de su mercado interior, y no pretende unir a todos los países en una gran campaña continental que sólo podría dar nuevas tribunas a aquellos que quieren revivir los discursos de los setenta. Esto no quiere decir que una política eficaz pueda ser sólo moderada e institucional. El gran interrogante actual, en Brasil y en otros países, es: ¿cómo combinar la fuerza dinámica de un movimiento popular con la solidez de unas instituciones democráticas? Lula todavía no ha aportado una respuesta tras fijarse como objetivo que cada brasileño coma tres veces al día. Pero sabe que para alcanzar esta meta hay que tomar los recursos de los más adinerados, que demasiado a menudo se libran de los impuestos, lo que supone un apoyo parlamentario muy sólido y una fuerte presión popular. Esta sólo puede formarse en las grandes ciudades, y en primer lugar en los barrios, para exigir seguridad, infraestructuras urbanas indispensables y un gran movimiento por la mejora del nivel escolar, tema fundamental en el que Brasil ya ha realizado grandes progresos gracias a Fernando Henrique y a Paolo Renato.
• Unión posible
No puede haber transformación social profunda sin un movimiento social que presione sobre quienes toman las decisiones. Pero tampoco puede haber transformación social si no se definen sus objetivos y sus métodos dentro de las instituciones democráticas y la capacidad de acción real del país. No opongamos las instituciones democráticas al movimiento social; el éxito sólo puede proceder de su unión, y ésta es posible dada la fuerza del apoyo que los brasileños han brindado a Lula.
Tenemos confianza y entusiasmo en lo que respecta a las posibilidades de Brasil, pero también es necesario que sus dirigentes aprendan a combinar aquello que se consideraba como el agua y el fuego. Hay que desconfiar, en todos los países y en especial en la Argentina, de la vuelta de las ideologías que se creen revolucionarias y no hacen sino ocultar la impotencia para convertirse en los actores de su propia historia.




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