- ámbito
- Secciones Especiales
Sabios, curanderos, mitos y leyendas
Dicen que si uno se quema al caminar sobre las brasas en la Fiesta de San Juan es por falta de fe (arriba). A la izquierda se observa un dibujo del Pombero, «que generalmente sale de noche y camina por los montes’», aseguran.
Aseguran haber «vivido» y «conocido» todo. Suelen tener (o creen tener) la respuesta a todos los males, y si ellos no la tienen, saben a quién recurrir. Sus frases de cabecera son: «¡yo lo vi!», «¡yo lo hice!», «¡a mí me pasó!», o «¡no me lo va a decir a mí!».
Formosa mantiene inalterable el sesgo de sus pueblos originarios hasta el día de hoy. En esta joven provincia están más atentos que en ninguna región a las voces de la naturaleza. Tienen una visión muy particular del mundo, respetable por cierto. Y sobre todo creen fervientemente en sus mitos y sus leyendas.
Lucio, el toba
Encontrarse en esta zona con personajes de estas características es moneda corriente. Uno de ellos es Lucio, un descendiente de los Tobas, aquellos indios que mantuvieron en la región sangrientas luchas contra los Matacos. Este hombre de 62 años, con el que compartimos rondas de mate amargo en la Fiesta Nacional del Pomelo, cuenta que en la zona este, por ejemplo, conviven pueblos que aún mantienen intactas algunas prácticas culturales legendarias. «Para presagiar el futuro, hay que ir hasta el santuario de la 'Payesera', a que le tire las cartas», relata. «Para conseguir pareja, nada de coqueteos ni regalos ostentosos, la cosa es mucho más simple aquí: hay unos pequeños talismanes (fabricados artesanalmente) llamados payé, hechos con agua bendita, pluma del caburé, murciélago o uña de gato onza, todo eso guardado en una bolsita de seda roja». El hombre lleva consigo la séptima pluma de la parte anterior del ala izquierda del caburé, pues existe la creencia de que esa pluma le da poder sobre la mujer y cierto encanto que atrae y fascina.
Entre mate y mate, Lucio se acomoda por enésima vez la camisa dentro de su bombacha de campo. «¿Usted sabía que el sapo cura el dolor de muela?», pregunta, y se sorprende ante nuestra respuesta negativa. «Sí, sí, hay que pasar su panza en forma de cruz sobre la muela o morder la piel con la muela dolorida».
Las fiestas se suman a los conjuros por mantener vivas nuestras raíces. Entre los festejos religiosos populares, uno de los más conocidos y practicados es la Fiesta de San Juan, que comienza con la víspera del 24 de junio. En ese festejo, se comparte el oficio religioso tradicional y se participa activamente en la procesión llevando, adelante, la imagen santa, cantando y rezando. La ceremonia se completa con el paso de creyentes sobre brasas vivas que forman un sendero ancho y bastante largo. Por ese «hervidero» pasan caminando grandes y chicos, completamente descalzos, gritando «¡viva el Señor San Juan!». Aunque parezca mentira, pocos se queman y en ese caso, «les pasa eso por falta de fe», sentencia Lucio.
Pero en la zona oeste de Formosa ya no es tan notable la influencia guaraní ni de otras tribus originarias; allí, en cambio, el rasgo distintivo es el criollo, de rasgos tradicionales salteños. Los personajes de esa zona aman los animales y conocen secretos para curar algunos males más comunes, como la «abichadura» y el «mal de cadera». Las palabras milagrosas con poder de curación se transmiten de padre a hijo. Asegura Lucio que «hay famosos curanderos que jamás cobraron por sus servicios, se sienten bien pagos compartiendo el mate y el asado».
Distintas creencias se ponen en juego para saber cómo resolver algo en la vida o a la hora del azar. Por ejemplo, para saber cuál será el caballo ganador de una carrera, se recomienda clavar dos fósforos en un trocito de cera virgen (cada fósforo representa uno de los caballos que corren) encenderlos al mismo tiempo, el que se apaga primero ganará. O poner en un vaso con agua dos papelitos con el nombre de los caballos, se arroja hacia delante con fuerza el agua, el papelito con el nombre que va más lejos será el ganador. Todos los criollos aseguran haber visto «la luz mala». El chistido de la lechuza, a la que llaman quitilipi, es considerado de mal agüero si se produce sobre la casa.
Cuando se habla de las costumbres de la zona norte, otra vez aparece en escena el hombre de campo, que en esta parte de la provincia no lleva el mote de gaucho, sino que se lo llama «arriero». A la mujer no se le dice paisana, sino «mita cuña» o «cuñati», según su edad. «Tienen un espíritu muy festivo y están siempre dispuestos a la 'chacota'», cuenta nuestro nuevo amigo. Los curas jesuíticos de esa zona empleaban algunas leyendas como la del «Yasy-Yateré», «El Lobizón», «La Pora», para imponer respeto y disciplina a sus subordinados, especialmente a los niños aborígenes, quienes idealizaban a uno u otro personaje con un temor extraordinario.
Estos seres superdotados aplican sus poderes «ilimitados» para cualquier hecho o circunstancia que tenga relación con las vidas de las comunidades, y la aplicación de su sabiduría será para el bien o el mal de la comunidad. Por ello, a veces también son buscados con la intención de lograr venganza. Todos coinciden en que sus resultados son definitivos tanto para el bien como para el mal.


Dejá tu comentario