10 de noviembre 2000 - 00:00

En el Paramount multiétnico los "Hughleys" son los reyes

El astro negro D.L. Hughley, protagonista de la serie que empezó hace dos años, cuando las minorías étnicas se quejaban por su escasa participación en la TV de aire.
El astro negro D.L. Hughley, protagonista de la serie que empezó hace dos años, cuando las minorías étnicas se quejaban por su escasa participación en la TV de aire.
Los Angeles - ¿Cómo se graba una comedia norteamericana? ¿De quién es la risa que se escucha en las comedias televisivas? Con justa razón, uno puede pensar que el sonidista la saca de alguno de esos discos de archivo, que tienen toda clase de ruidos, incluyendo gemidos, alaridos y bostezos. Pero en muchos casos se trata de las auténticas risas del público en la grabación del programa. Nada de claque, entonces, o casi nada. Descubrir estos secretos puede ser una experiencia tan risueña como agotadora. Fue en la Paramount de Los Angeles, y no había nada de glamour, por cierto. En vez de la famosa puerta del viejo Hollywood, tantas veces vista en cintas y fotografías, la acción tiene lugar en el sencillo estudio televisivo de un barrio donde lo más atractivo era más bien un negocio cercano de «Todo por 0,99 dólar».
Pero adentro esperan ciertas sorpresas. Se va a grabar un episodio de «Hughleys», una telenovela para público de color. En consecuencia, todo el público es de color, o afroamericano como se dice gentilmente (en ese ámbito la palabra negro se usa en forma despectiva, y nadie piensa que también puede usarse en forma amistosa, como nosotros).
Los únicos blancos son una turista de Alaska que vino con sus cuatro apetecibles hijas adolescentes, una pareja de viejitos igualitos a los que aparecen en
«Los Muppets», esa clase de jubilados que gustan entretenerse a bajo costo, y a costa de los otros, y también algunos periodistas del grupo invitado por la compañía continental de cable Laptv.
Todos, en una especie de pullman de pocas filas, pero muy largas. Delante, en vez de un escenario, tres. Los tres típicos escenarios de una soap-opera: la entrada al hogar, la cocina comedor, y el lugar de trabajo, uno al lado del otro. Cuatro cámaras están ya instaladas en el primer ámbito que se va a usar, y en otro (al otro extremo, para que el público que se ubicó en esa ala tenga algo que mirar) aparecen ubicados el switcher, los scripts y demás aparatos y personal de monitoreo.
Arriba, desde la parrilla, cuelgan luces, micrófonos, y televisores para que el público vea al mismo tiempo a la gente que está grabando, y el resultado de la grabación, incluso con las marcas de registro calculadas para televisores comunes o panorámicos.
El público está ansioso, pero eso no basta. Aparece entonces el verdadero protagonista de la noche. No el actor de la serie, un muchacho con cartel, comprador, que todos quieren, sino otro, desconocido, pero cuyo papel resulta fundamental.

Participación

Moviéndose por los pasillos del pullman, este hombre de buen humor, simpático, dinámico, va contando chistes, bromea sobre circunstancias del momento, incita a un sector de la tribuna contra otro, los hace cantar, en fin, de a poco hasta el más apático está siguiendo el ritmo desde su asiento, y ni qué hablar de los más entusiastas: una chica se larga a bailar en el pasillo, otra la sigue, más allá se paran otras dos, empiezan los gritos, y más gente aún se hamaca en sus asientos.
Cuando la excitación es suficientemente alta, aparecen los artistas, pero no como en cualquier obra teatral, sino como si fueran futbolistas, o algo por el estilo. La respuesta es atronadora. Luego, mientras el resto se prepara, el protagonista de la serie habla agitadamente con el público, encara especialmente a algunos de los espectadores, preguntándoles de dónde son, o en qué trabajan.
Una chica, en la punta, dice que quiere ser cantante. Le alcanzan el micrófono, realmente canta de un modo admirable. Hay ovaciones para ella. Quizá también haya algún cazatalentos para ella. La grabación del programa ya comienza, y, en ese estado, es lógico que el público aplauda y ría ante la menor gracia del libreto.
Los actores ya traen el texto y los desplazamientos bien memorizados. Todo se va registrando en forma relativamente fluida, con muy pocas interrupciones. Algún trastabilleo en ciertos juegos de palabras, algún furcio, una o dos opciones que se le ocurren al director (paradójicamente blanco) en ese instante.
Cuando hay que repetir, es lógico que el público ya no se ría del mismo modo. Se lo vuelve a incitar. En cada intervalo, el animador desconocido renueva su batería de chistes, y prepara al público para una mejor captación de la intriga que se está filmando: «¿Podrá nuestro héroe convencer a su esposa? ¿Pueden ustedes? Atención, gente, ahora veremos cómo lo hace», etc.
Para quien no habla inglés fluidamente la tarea de entender todo es dura. El afroamericano es un dialecto aparte, y está bien que así sea. De todos modos, a la tercera hora de grabación (para un resultado final será de apenas 25 minutos) también el público empieza a cansarse.
Ni qué decir cuando los actores quieren ver lo que acaba de grabarse, o cuando hay cambio de escenario, con los consiguientes desplazamientos de cámaras, luces y micrófonos para un lado, y del switcher y demás para el otro (porque también tienen rueditas), o cuando los técnicos, mascando eternamente chicles, señalan un problemita. Eso sí, nunca será un problema de continuidad, ya que después de una escena en la cocina, por ejemplo, aparece alguien fotografiando cada plato con una polaroid, por las dudas haya que rehacer alguna toma.
En esos casos de intervalos más extensos, nuestro héroe anónimo saca otra arma. Selecciona gente del público, la mezcla con técnicos ya advertidos, y la hace cantar. Surgen así coros de mujeres haciendo blues, o negros grandotes y blancos con aire de camioneros cantando algo propio de Village People.
Y el público vuelve a gritar. Viene entonces el regalo de discos para los artistas surgidos del público. Al resto, para que el cuerpo aguante, le tiran (literalmente, le tiran) caramelos, chocolatines y chupetines en abundancia. De ese modo se va llegando al final de la grabación.
«Claping him, claping her!», dice el hombre, y la gente hace clap, clap con las manos, wow con la boca, y vuelve a bailar. Al menos, muchos de los que allí estaban esa noche, noche de viernes, se van derecho a bailar.

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