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A mes y pico de tener que festejar el «sesquicentenario» de nuestra Bolsa de Comercio, es una fatal coincidencia que caiga sobre el mercado una plena tendencia de flojedad. Salvo para recordar los primeros tiempos de la historia, cuando todo debió construirse con modestísimos instrumentos y en un escenario político de lo más tenso -1854- a dos años de la batalla de Caseros: con la Bolsa debiendo alquilar modesta casa para dar inicio a sus operaciones, mientras en la sociedad se establecían fuertes diferencias políticas y aprestos bélicos. Pero así están las cosas, y dentro de un marco reducido se pueden realizar reacomodamientos a cifras más tranquilizadoras, con una detención de la oferta y alguna mediana incursión de la demanda. Sucede que muchos operadores tienden a creer que el mercado está «muy mal» cuando baja y está «muy bien» cuando sube. Y se apresuran reacciones que no están en tiempo, engendrando recaídas que duelen más que las bajas iniciales. Muchas veces se da que un índice alcista está mal y una rueda con bajas es valiosa: según se acomoden los elementos y el desarrollo. La ansiedad, el intenso temor, la desesperación de algunos, suelen fabricar microclimas artificiales y que terminan por volatilizarse ante un primer ataque vendedor. Así no sirve. Sólo dejando decantar, para que el mercado recobre lo horizontal con firmeza, permite el aumento vertical posterior.




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