21 de marzo 2002 - 00:00

El riesgo de la hiperinflación

Si la economía aspira a ser una ciencia debería ser capaz de predecir ciertos fenómenos con relativa exactitud. Varias leyes de la economía apuntan a ese objetivo.

Cuando ciertas cosas ocurren, como, por ejemplo, una emisión monetaria descomunal para una dada demanda de dinero estable, es inevitable que exista inflación. Si la demanda se pulveriza por sustitución de monedas (uso del dólar), peor todavía. En este punto, es decir después que la emisión sucedió, parar a preguntarse «cómo evitar o hacer que no ocurra» es ir contra las predicciones del mismo modo que en otras ciencias.

Siguiendo este razonamiento, resulta casi irritante que Domingo Cavallo continúe creyendo en la sostenibilidad del «corralito» impuesto en diciembre para enfrentar una fuga masiva de depósitos del sistema financiero.

En un sentido inmediato, la génesis de la inflación que la Argentina va a soportar en 2002 está en la propia crisis de diciembre y en el conjunto de errores de política económica que a lo largo de 2001 llevaron a esa situación. Pero en un horizonte temporal más amplio, la génesis está en un conjunto de vacíos institucionales predominantemente en lo fiscal. La velocidad de los argentinos en reaccionar frente a los aumentos de precios y a la expectativa de pérdida de poder de compra del dinero tuvo su esplendor durante los años '80. En esa década, el descontrol fiscal y la sustitución de monedas llevaron a una lección que se podría resumir exageradamente en una frase: la Argentina no puede tener niveles (anuales) de inflación de, por ejemplo, dos dígitos, digamos 15 o 20 por ciento. O hay estabilidad de precios (que incluye un nivel muy bajo, digamos de 5%) o hay hiperinflación.

• Génesis

La razón de esta afirmación tan fuerte no depende de comportamientos o parámetros que puedan revertirse fácilmente, sino que radica en que el basamento institucional sobre el que se forman los precios y se demandan activos financieros en la Argentina ha sido destruido en las cuatro décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial y no pudo ser reconstituido en los noventa.

Esta es la génesis o el pecado original en la formación de expectativas inflacionarias. La convertibilidad «resolvió» transitoriamente el problema instaurando por una década la inflación cero, pero dejó severos vacíos institucionales en cuanto a la política fiscal que sustituyeron la emisión de dinero por la de deuda.

En ausencia de instituciones fiscales sólidas que aseguren el ahorro público, cualquier política fiscal se sienta sobre bases endebles y tarde o temprano se traslada al ámbito monetario y financiero. Sin instituciones fiscales que aseguren el ahorro público no es posible tener una política fiscal estable. Sin política fiscal estable no hay política monetaria estable y no hay credibilidad posible, aun cuando se aparente tener un Banco Central independiente. Los tenedores de activos monetarios domésticos no van a estar en paz, y no van a dar tregua, hasta que la Argentina sea una roca institucional en lo fiscal. Y este paso requiere elaborar una constitución económica, un conjunto de reglas y de instituciones, que sólo puede lograrse por medios políticos y con el apoyo de la mayoría del pueblo.

• Propiedad

Los proyectos económicos -como parte de un proyecto mayor de la sociedad- no funcionan si la gente común, y en especial la clase media, no siente la «propiedad» del mismo. Esto funcionó hasta 1995 con la convertibilidad por los beneficios de la estabilidad de precios, pero no abarcó el resto de requisitos para que esa estabilidad perdure. Este es el paso que se requiere para alcanzar una Argentina económicamente estable. Si la inflación es inevitable por la presión del desequilibrio fiscal y la emisión producto de la crisis financiera, y si la Argentina no tiene más que optar entre la estabilidad y la hiperinflación. ¿Por qué no vamos ya a la alta inflación o a la híper? Es que lo que estamos mirando es todavía la inercia de la estabilidad y no el nuevo régimen de formación de precios y expectativas. Existe todavía renuencia de la gente a irse del dinero porque no se han ajustado las expectativas. Estamos tardando en marchar hacia un régimen inflacionario en una transición que lleva su tiempo pero que no debe llamar a error pensando que «nos vamos a salvar».

• Renuencia

Pero esta película ya la vimos y para colmo hace muy poco. Gran parte de este comportamiento de lenta reacción explica a mi entender la aparente renuencia de la gente a «irse» del sistema financiero durante la segunda mitad de año pasado, cuando era evidente que podíamos terminar donde terminamos: en una intervención del gobierno sobre los depósitos.

En la apertura de la última Reunión Anual de la Asociación Argentina de Economía Política realizada a mediados de noviembre pasado en el CEMA,
Carlos Rodríguez dijo que la economía como ciencia tenía varias preguntas sin respuesta, pero que los economistas argentinos nos preguntábamos, entonces, dados los datos fundamentales, por qué no se iban de golpe todos los depósitos. El enigma dejó de ser tal al cabo de dos semanas, mostrando que no se pueden hacer extrapolaciones lineales indefinidamente. Si hay algo que no cierra en lo fundamental, tarde o temprano va a ocurrir el cambio, aunque tengamos poco conocimiento de la dinámica o del momento preciso.

Ese es el mensaje de esta nota con respecto a la formación de precios y de expectativas inflacionarias en la Argentina actual.
Lo que estamos viendo actualmente es pura transición y no el final del cambio. La experiencia internacional sobre el traslado a precios luego de una devaluación no es demasiado relevante para la Argentina -porque aquí existe una desorganización institucional formidable que va desde lo fiscal hasta los contratos reales y financieros- y no puede ser usada convenientemente para engañarse sobre cómo nos va a ir. La experiencia internacional muestra que la traslación a precios de las devaluaciones tiene un rango amplio de resultados, pero sorprendentemente existe una relativamente baja traslación. Me temo que, como en el caso de los depósitos durante 2001, varios se van a tentar de decir que se está demostrando que la traslación a los precios es sólo parcial y que el fantasma de la híper ha sido derrotado. Aquí el enigma tampoco va a darse el lujo de tardar meses en develarse.

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