Diversos azares, como el cuidado del sobrino y las deudas de la pequeña estancia familiar, la empujan a quedarse. Quizá también la empuje el secreto aroma de diversos azahares: ella tuvo algo con quien después sería su cuñado y esa historia pide un cierre, o una apertura. Pero el hombre, también hijo de escoceses, no está en su mejor momento. Otro se acerca a la mujer. Es el dueño de la estancia vecina, hijo de alemanes. Y otro más ha de terciar en las decisiones del corazón. Es el gerente del banco.
Ésta es la clase de historia de tierra adentro que Mario Soffici o Pierre Chenal habrían convertido en drama enérgico, Alberto de Zavalía en tragedia oscura, y María Luisa Bemberg, que conocía el paño, en calma y sugestiva pintura de la época, la clase social y la condición femenina, obligada a negociar entre torpezas masculinas y limitaciones generales. Juan Dickinson, que oyó historias parecidas en reuniones familiares, y su libretista Roberto Scheuer se inclinan por esa última línea. De a poco, el asunto se va haciendo inquietante. Tal vez muy de a poco, pero Emilia Attias, Mara Bestelli, el uruguayo Roberto Birindelli, Manuel Vicente, Guillermo Pfening, Pepe Uría (vestuario), Miguel Abal (fotografía) y Sebastián Roses (arte) saben equilibrar el ritmo lento y alguna otra falencia. Rodaje en Estación Cabred y otros rincones del partido de Luján.
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