5 de septiembre 2012 - 00:00

“Es esencial entender con qué lenguaje se habla del delito”

Para la autora, «la idea de que los delincuentes de hoy son inferiores a los de antes -a los cuchilleros de Borges- porque no tienen códigos aparece muchas veces a lo largo de la historia».
Para la autora, «la idea de que los delincuentes de hoy son inferiores a los de antes -a los cuchilleros de Borges- porque no tienen códigos aparece muchas veces a lo largo de la historia».
Los versos de Discépolo, «¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón! ¿Cualquier es un señor! ¡Cualquiera es un ladrón!», recobran vigencia cada vez que se habla de la violencia actual, de la falta de los códigos que tenían los delincuentes en el pasado. Lila Caimari descubre cómo fue eso en un momento fundamental de nuestra historia en su libro «Mientras la ciudad duerme. Pistoleros, policías y periodistas en Buenos Aires, 1920-1945», que publicó Siglo Veintiuno. Lilia Caimari es historiadora graduada en la Universidad de La Plata y doctorada en el Instituto de Estudios Políticos de París. Ha publicado 4 libros sobre la cuestión criminal en Buenos Aires. Dialogamos con ella sobre su investigaciones históricas.

Periodista: ¿Es la violencia urbana actual en la Argentina lo que la llevó a investigar ese tema en ya cuatro libros?

Lila Caimari: No es el tema de la violencia delictiva lo que me llevó a investigar, aunque de algún modo esté presente. Vengo trabajando sobre esto desde hace años, y cuando empecé ni siquiera vivía en la Argentina. Viví 15 años fuera del país. Estudié siete años en París, donde me doctoré, luego me casé con un estadounidense y me fui a vivir a Nueva York, donde estuve siete años. Ahí empecé a trabajar sobre las cárceles femeninas, la prisión y la historia del castigo. Había entonces una movida muy importante en torno a «una nueva historia» del delito y e la justicia. Yo entré por ahí, y en aquella época ni siquiera pensaba que iba a regresar alguna vez a la Argentina. Volví con varias cosas escritas, y acá hay un clima que seguramente ha influido en el rumbo de mi investigación. Temas tan clavados en el presente que cuesta imaginarles un pasado. O se piensa que hay algo que viene del pasado y es permanente, que siempre fue así, o que nunca estuvimos peor. No hay una idea de proceso, es difícil pensar en términos históricos, que hubo un momento en que las cosas fueron parecidas pero distintas, como es siempre en la Historia. En torno al gran debate actual de «la cuestión criminal», me importaba contribuir como puede hacerlo la historia, dando una noción de procesos más largos. Cualquier lector de hoy que abre los diarios del siglo XIX ve que los titulares son parecidísimos a los de los diarios de ahora.

P.: ¿Así llega a los pistoleros, policías y periodistas en el Buenos Aires de 1920 a 1945?

L.C.: Me ocurrió lo que suele suceder, se entra por una puerta y los descubrimientos van abriendo caminos. Pasé de la prisión femenina a la prisión en general, al periodismo del crimen, a la relación entre el periodismo y la policía. Empecé a ir a los archivos policiales, y «Mientras la ciudad duerme» es el libro que más tiene de lo que me ha interesado de forma reciente: la policía, la ciudad, el crimen y la organización criminal.

P.: Y para ofrecer un panorama más explícito muestra cómo el delito aparece en la cultura popular, en algunos tangos, en versos de Gagliardi, en lo que se dice en los radioteatros.

L.C.: Me parece esencial entender con qué lenguaje se habla del delito, cómo es la imaginación delictiva de cada sociedad, y eso se construye con elementos que vienen de muchas sedes distintas. Trabajé desde la historia cultural, dejando los temas más duros a los sociólogos o a la historia institucional. Me interesa ver cómo circulan imágenes, discursos, ficciones que meten a pistoleros y policías en la imaginación colectiva. Lo trae el cine de Holywood que trae a los Al Capone, el policía de barrio, el tango, el sainete o los versos de Carriego.

P.: O las extraordinarias aguafuertes de Roberto Arlt.

L.C.: Reflejó la ciudad como nadie, y tiene intuiciones que me fueron claves en la investigación. Su capacidad de observación de la sociedad se da incluso en términos de observación histórica, ve qué era lo singular de esa Buenos Aires, descubre lo significativo de esa ciudad que recorre a diario.

P.: ¿Cómo construye los diversos niveles de interés?

L.C.: A veces me da la sensación de que hago como esas tortas inglesas que se cocinan a lo largo de meses, adonde se van agregando frutitas, nueces, elementos y elementos, y se las deja macerar durante mucho tiempo hasta que las relaciones entre los distintos elementos me arman un cuadro de época.

P.: Por eso pone textos y fotos más allá de lo histórico.

L.C.: Me siento una historiadora cultural no porque trabaje temas considerados culturales, como la literatura o el cine, aunque ambas cosas me interesan muchísimo, sino por la libertad con que la historia cultural me permite armar mi corpus transversalmente, combinar elementos que vienen de distintas sedes y que puedo poner en relación. Unir una gran noticia de época, imágenes en los diarios, una película que se estrenó esa semana, un cambio en la tecnología de la policía y un texto de Arlt. Descubrí que los archivos policiales son una puerta de entrada a la cultura popular. Iba a buscar información sobre pistoleros, y me encontré con eso. Por la implantación capilar que tiene la policía en los barrios, sus archivos están llenos de información sobre la vida cotidiana y la cultura popular.

P.: En esa época los diarios a menudo estigmatizaban tanto a los delincuentes como a la policía.

L.C.: La relación del periodismo con el «homo delincuente» es muy diferenciada según el tipo de delincuente. El trato siempre ha variado según se trate de un violador, de una mujer que mata para defender su honor, un mafioso, un secuestrador o un anarquista expropiador. Se usan distintos recursos narrativos según la carga moral y la estigmatización. Eso tiene que ver con el tipo de delito que se relata. Hay delitos que son «buena noticia», en el sentido de que son «muy rendidores». Veo el secuestro como el descubrimiento periodístico de una noticia policial que permite llevar mucho melodrama a las notas. Los protagonistas no son la victima y los delincuentes sino la familia que espera, la mujer, los hijos. Me interesó ver qué tipo de economía moral ofrece cada uno de los relatos bien distintos que se arman, qué figura de víctima, de transgresor, de la policía muestran. Es compleja la relación del periodismo con la policía porque necesita de ella porque es proveedora del dato diario de lo que ocurre en la ciudad. «Crítica» se constituye como diario del pueblo denunciando a la policía, pero a la vez es evidente su pacto de información con ella. Celebra a ciertos delincuentes, y a otros los estigmatiza con flechitas lombrosianas y la grilla criminológica positivista.

P.: ¿Qué buscan ofrecer esos medios?

L.C.: Un plus periodístico y una atracción sensacionalista. Y la frontera entre la realidad y la ficción es muy lábil. Era una etapa pretelevisiva y todo tenía que estar en la crónica narrada por algunos periodistas que eran buenos escritores, en historietas, fotos, ilustraciones. Se hacían una especie de show periodístico en grandes casos, como el de Abel Ayerza.

P.: Cuando se habla de ausencia de códigos en los delincuentes usted recuerda que ya eso estaba en el tango «Cambalache».

L.C.: Hoy «cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón». Es que cualquiera se puede hacer de armas de fuego, y eso para muchos, como Discépolo, ha desjerarquizado el delito. La idea de que los delincuentes de hoy son inferiores a los de antes -a los cuchilleros de Borges- porque no tienen códigos, aparece muchas veces a lo largo de la historia, sobre todo cuando se atraviesan umbrales en la practicas delictivas, como en los últimos años, y es difícil descifrar las reglas del delito. Hay quienes miran con nostalgia la hombría del malevo de barrio, al cuchillero que iba desapareciendo, frente a la «cobardía» del pistolero que se escuda en una distancia que lo protege de algún modo y rompe con los códigos de masculinidad, del riesgo, del coraje. Si me interesa la irrupción del pistolero es porque pone en crisis ese imaginario. Hace que alguien diga que extraña «la franca puñalada del paisano». Cada época extraña las violencias delictivas de la época anterior. Pensar estos temas hace que algo que nos parece cierto, como la pérdida de códigos nos permita ver los antecedentes y procesos.

P.: ¿Por qué los títulos de sus libros se refieren a películas?

L.C.: Bueno, como ya están «Apenas un delincuente» y «Mientras la ciudad duerme», un amigo me dijo que el próximo tenía que ser «El halcón maltés». En realidad «Mientras la ciudad duerme» es una sección de las revistas policiales muy anterior a la película de Huston, que conocía en inglés como «La jungla de cemento».

P.: ¿En qué está trabajando ahora?

L.C.: Quiero cerrar con mi ciclo sobre el delito. Estoy trabajando sobre relatos de la policía. Me quedé muy enganchada con cosas que encontré en los archivos policiales, y tiene que ver con la cultura urbana y los juegos de distinción rea de la policía, el conocimiento de la ciudad, de sus personajes, del lunfardo, y de cuestiones masculinas de la cultura popular que juegan en la institución. Trabajo sobre la historia íntima de la ciudad que escriben los policías, la memoria del crimen que construyen algunos de la Sección Investigaciones, el policía como «homo porteñicus» que conoce el lunfardo de primera mano, y glorifica la experiencia, el tener calle.

Entrevista de Máximo Soto

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