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Exhiben retrospectiva de Lisa, pionero de la abstracción local
La retrospectiva de Esteban Lisa (1895-1983) que exhibe el Museo de la UNTREF contribuye a la recuperación póstuma de un artista que hizo un decisivo aporte al arte argentino.
En Buenos Aires se hizo pintor, y durante medio siglo -entre fines de la década del 20 y fines de la del 70- fue formando una obra original, llena de sugestiones, que prefirió mantener fuera del circuito general del arte. Sin embargo, aunque no estuvo integrado en los movimientos de vanguardia, es considerado como una figura singular en el contexto de la abstracción en el arte argentino; y es reconocido también por su labor pedagógica. Se destacó en una larga trayectoria docente y como fundador de su Escuela de Arte Moderno «Las Cuatro Dimensiones», título ilustrativo de las concepciones estéticas de Lisa.
Estudioso de filosofía y teología, para Lisa la pintura era el medio más alto destinado a la consecución de la plenitud espiritual y ética del hombre. «El arte no es una cosa sino un estado», sostuvo. Lisa, como Platón y Demócrito, Pico della Mirandola y Leonardo, concebía una correspondencia entre el macrocosmos y el microcosmos, entre el universo y el hombre, entendido éste como un compendio de aquél, como un espejo. Más que a demostrar la correspondencia entre orbe y ser humano, Lisa dedicó su obra, sus reflexiones y enseñanzas estéticas y sus escritos teóricos, a percibir esa recóndita y sublime relación de interdepen
Cosmovisión
El artista ve en el arte «un estado» del ser, una dimensión en la que se integran todas las situaciones en que la persona vive. La vida -o suma de vivencias- es, entonces, la construcción de un universo dentro del Universo, un símbolo de la correspondencia, traducido en signos elementales, que, por insertarse en esa relación insondable, se tornan en signos trascendentales. No en vano el pintor acuñó una Teoría de la Cosmovisión: pero tal teoría es principio y fin de sus obras pictóricas, esos «hechos menores» que presuponen el Universo y que el Universo necesita para existir, según Borges.
En tal sentido, Hermann Friedmann sostuvo que tanto la forma táctil como la forma visual del pensar concurren a la estructuración de los conceptos, pero que la forma visual es la más enriquecedora por cuanto representa el grado último de un proceso que arranca necesariamente de los conceptos adquiridos por medios táctiles, y permite una aprehensión de la realidad más ajustada a su factura.
Ese «grado último» es el que nos ofrece la pintura de Lisa, a quien debe ubicarse entre los adelantados del Arte abstracto en la Argentina, a partir de la segunda mitad de la década del 30. Ya en una primera etapa, cuando su lenguaje se caracterizaba por una figuración de carácter intimista, pintaba sobre soportes de pequeño formato. Hay una instancia geometrizante en sus pequeños óleos de entonces -es éste su formato y su técnica de siempre-, porque el artista elude el rigor euclidiano en busca de matizar un diálogo ensimismado de planos, colores y signos.
Equilibrio
La geometría sirve de punto de partida, no de llegada en estas creaciones. Por eso, lentamente, va desapareciendo de la obra del artista y cesa a mediados de la década del 50. Si acaso el pintor hallaba en la geometría un andamiento de orden - «cosmos» es un término griego que significa «orden» y alude al equilibrio que la cosmología atribuye al Universo-, una estructura organizativa, en cierto momento descubre que ese orden y esa organización no deben sino responder a su imaginación raciocinante. Ante la pregunta sobre el orden del cosmos y su organización, Lisa responde como un artista que piensa. Y un pensador que elabora conceptos, como todo pensador. Y así, el pensador que hay en él impone al artista -al imaginador- la certeza de que el Universo es una obra de arte, es la obra de arte. Una obra de arte que exige libertad, pasión, encantamiento, asombro.
Si hasta entonces había trabajado con signos, ahora, en estos «juegos con líneas y colores», título de los óleos sobre papel que elabora entre los años 50 y los 70, el signo es el todo, y no una parte de la obra. Líneas y colores, manchas y empastes se constituyen en unidad, en universo del discurso en términos conceptuales y, a la vez, en discurso del Universo en términos de creación artística.
Recuerda Borges en un ensayo de «Discusión» (1932), la respuesta del artista norteamericano James Abbot McNeill Whistler a la pregunta de cuánto había tardado en pintar uno de sus poéticos Nocturnos: «Toda mi vida». Y añade el escritor que «el menor de los hechos presupone el inconcebible Universo e, inversamente, el Universo necesita del menor de los hechos».
Lisa podría haber dicho de cada obra suya lo mismo que el finisecular Whistler. Pero además, cada obra suya es una representación de la tesis deducida por Borges acerca del universo, con la diferencia de que Lisa seguramente no habría otorgado al cosmos esa característica de inconcebible que le atribuye el poeta.
La póstuma recuperación de la obra de Lisa, a la que se suma esta retrospectiva, permite -en un acto de justicia- apreciar un decisivo aporte al arte argentino y conocer a un artista cabal.


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