Aunque su propuesta de una coalición contra el grupo Estado Islámico (EI) no fue aceptada aún, el jefe de Estado ruso, aislado por los occidentales a causa de su papel en la crisis ucraniana, ya se reubicó en el centro del gran juego diplomático.
Cuando el movimiento contestatario contra el poder de Bashar al Asad comenzó en marzo de 2011 en Siria, el Kremlin se alineó desde un principio junto al presidente. Aliado desde la época soviética de los Al Asad, padre e hijo, Rusia, que demostró poco aprecio hacia los movimientos de protesta en Georgia y Ucrania, ve con malos ojos cualquier "revolución" que tenga lugar, ya sea en Túnez, Egipto o Siria.
Tres principios guían los actos del Kremlin: oponerse a cualquier "revolución" o intervención militar que puedan entrañar la desintegración del Estado, como en Irak y Libia, alertar sobre el peligro "terrorista" islámico y su apoyo incondicional al régimen "legítimo" de Damasco.
Durante más de dos años la posición de Rusia quedó marginada. En junio de 2012, una primera conferencia en Ginebra lanzó un comunicado que, no obstante, preveía "un Gobierno de transición". Pero las grandes potencias fracasaron en fijar un calendario para la partida de Al Asad.
El 21 de agosto de 2013 tuvo lugar un ataque con armas químicas en la periferia de Damasco: 1.429 muertos. Inmediatamente, estadounidenses, británicos y franceses consideraron realizar ataques para "castigar" a Al Asad. El presidente ruso puso entonces sobre la mesa un plan para la destrucción de las armas químicas sirias. Su colega estadounidense, Barack Obama, acató la opinión del Congreso y renunció a tomar medidas. Al Asad se salvó así de sufrir ataques y Putin apareció como un interlocutor válido.
Pero cuando ordenó a fines de febrero de 2014 a sus comandos tomar por asalto el Parlamento de Crimea, Putin se pasó de la raya. La reanexión de esta península ucraniana, y luego el desencadenamiento de la guerra en el este de ese país, convirtieron al líder del Kremlin en un paria y su país sufre hoy los efectos de las sanciones impuestas por los occidentales.
"Desde el comienzo está claro que para Rusia es mejor un Gadafi, un Al Asad, inclusive un Sadam Husein, que el EI", estimó Alexei Malachenko, del Instituto Carnegie.
No se trata solamente de pesar en el conflicto sirio. "Putin busca salir de su aislamiento. Para ello encontró un pretexto genial: la lucha contra el Estado Islámico", en tanto la situación nunca estuvo tan calma sobre el terreno en Ucrania, subrayó Malachenko.
Así, un ballet de buques de guerra rusos comenzó en el estrecho del Bósforo. Los rusos reforzaron su presencia en el puerto sirio de Tartus y, sobre todo, construyeron una base aérea cerca de Latakia, bastión de Al Asad en el noroeste de Siria.
Los satélites estadounidenses detectaron un aumento de la actividad militar rusa: tanques, aviones, helicópteros, y hasta 2.000 soldados, según la prensa rusa. La entrega de armas al ejército de Al Asad se intensificó. Asimismo, responsables militares rusos, iraníes, iraquíes y sirios se reunieron en Bagdad.
Rusia sorprendió a todo el mundo, especialmente a los estadounidenses. Washington debe rendirse ante la evidencia: hay que hablar con Putin, convertido en imprescindible, y tal vez hacerse a la idea de que la partida de Al Asad no se impone por el momento.
| Agencia AFP |


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