27 de abril 2016 - 00:00

“Leer en una pantalla no tiene profundidad”

Rivas: “La literatura debe ir por los márgenes. Es en los márgenes donde vemos lo nuevo, lo desconocido, donde abrimos desvíos para encontrar lo que no era conocido o aceptado”.
Rivas: “La literatura debe ir por los márgenes. Es en los márgenes donde vemos lo nuevo, lo desconocido, donde abrimos desvíos para encontrar lo que no era conocido o aceptado”.
Por la trascendencia internacional de sus obras, Manuel Rivas encabeza la delegación de la treintena de escritores gallegos -poetas, narradores, ensayistas- que participan de la 42ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde Santiago de Compostela es la ciudad invitada. Manuel Rivas, que alcanzó un reconocimiento internacional a través de las películas "La lengua de las mariposas", "El lápiz del carpintero" y "Todo es silencio", basadas en libros suyos, se inició como periodista, labor que sigue realizando. Ha cosechado lauros por sus novelas "Un millón de vacas", "En salvaje compañía", "¿Qué me quieres amor?", "Los libros arden Mal", y vino a presentar la novela más reciente, "El último día de Terranova", que publicó Alfaguara. Dialogamos con él.

Periodista: Una librería que vive sus últimos días asediada por especuladores inmobiliarios lo lleva a la Guerra Civil española, a la resistencia, a los exilios y al vínculo pasional gallego con la Argentina.

Manuel Rivas:
Terranova, que es una librería de librerías, me preguntaba dónde está, porque parece estar en Coruña, pero tiene conexiones extrañas, es un lugar anfibio. Y esta novela la escribí en condición de escritor anfibio. Y lo que ocurre al ser anfibio es que uno termina siendo pez. Y yo me siento como un pez en el agua en la Argentina. David Foster Wallace despidiendo a una promoción de estudiantes contó de un pez viejo que se encuentra con dos peces jóvenes y les pregunta: "Eh, ¿qué tal el agua?", ellos se miran extrañados, y cuando están lejos uno le pregunta al otro: "Dime, ¿qué es eso del agua?". Foster Wallace habla de la cultura en el sentido de lo más necesario, más amplio. A veces parece que los instrumentos, la tecnología sustituyen a la cultura, pero las herramientas sólo servirían para difundirla. Estamos en un tiempo de superstición en que la herramienta parece ser la propia cultura. Nos olvidamos del agua. "El último día de Terranova" fue para mí aprender qué es el agua. Es un viaje hechizado por el mundo, por la cultura argentina, por ese exilio que encontró aquí un hábitat, no sólo para resistir, sino también crear algo nuevo.

P.: ¿Qué lo llevó a escribir "El último día de Terranova"?

M.R.:
Hay cosas que son como un cross a la mandíbula, como decía Arlt, y lo sacuden a uno. Un día, al volver de un viaje, hago un recorrido por mi ciudad que me es muy querido, similar al que hace Vicenzo, protagonista de mi novela, y de pronto veo que todos los quioscos de prensa, con un bello estilo a imitación del modernismo, establecimientos y tiendas, tenían un letrero apocalíptico de cierre. Fue el detonante. Una sensación de malestar, de culpa. ¿Por qué no hemos contado nada de todo esto? No nos informaron que había comenzado el apocalipsis. Así la librería Terranova tendrá su cartel: "Liquidación final de existencias por cierre inminente", que parece un verso del Levítico. Pasolini en los setenta escribió el artículo "La extinción de las luciérnagas", donde hablaba de los pesticidas, del cambio climático. Las luciérnagas son las primeras que mueren, las primeras que detectan cuándo se está produciendo una destrucción del medio ambiente. Del mismo modo las librerías para mí, los libros y las palabras poéticas, son como las luciérnagas, detectores de lo que está pasando. No es que hablen de una crisis económica, nos hablan de una crisis que va más allá. Es un síntoma de algo que está pasando en una sociedad. Las librerías más que comercios son lugares de saberes, de encuentro. Supe de tres que frecuento que estaban convocadas al cierre, dos lograron salvarse. La propia realidad me empujó a escribir.

P.: Fue el punto de partida.

M.R.:
Bueno, no es una historia de librerías, lo importante es lo que ocurre en torno y lo que pasó. Es un libro de lucha contra la desmemoria. Homero en la "Odisea" hace un viaje de reconstrucción de la memoria. Todo conspira para que Ulises se olvide de Itaca, pero la naturaleza le impone el recuerdo. Y lo importante de Terranova y lo que le permite resistir es que es un espacio de la memoria, un lugar excéntrico, y la literatura donde mejor está es en lugares excéntricos, porque en el centro está el poder y el lenguaje del poder. La literatura debe ir por los márgenes. Es en los márgenes donde vemos lo nuevo, lo desconocido, donde abrimos desvíos para encontrar lo que no era conocido o aceptado. Cuando partes de Terranova tarde o temprano quieres volver. Yo no parí esta novela, ella me parió a mí, me fue dando los personajes, que me enseñaron muchísimo. Como bien decía Rodolfo Walsh, escribir es un laborioso proceso contra la propia ignorancia.

P.: ¿Los personajes surgieron al escribir?

M.R.:
Aparecieron. Es un poco contra el escritor demiurgo que parece que tiene todo planificado. Me asombra el que dice voy a escribir una trilogía en los próximos cinco años, me parece un producto transgénico. La literatura hace el propio andar. Es la idea de las sagas nórdicas de que la primera palabra lleva a la segunda, y la segunda a las demás. Es navegación, descubrimiento. El andar del vagabundo se construye en el propio andar, donde las casualidades se convierten en causalidades. Y mi libro está lleno de casualidades.

P.: Así aparece el tío del protagonista, Eliseo, promotor gallego de la revolución surrealista, contrabandista en el franquismo de libros editados en Argentina que en España están prohibidos.

M.R.:
Los personajes existen realmente cuando tienen enigma. Y cuando tienen enigma para el autor aún después de haber escrito la novela donde surgieron. El personaje va desvelándose, iluminando su retrato, su perfil. Y alcanza su fuerza cuando esa iluminación va creando un nuevo secreto, una nueva oscuridad. Eso hace que tenga ganas de seguir esa conversación, de volver de vez en cuando a Terranova a ver qué hay de nuevo. Eliseo tiene la libertad que le impone el surrealismo, capaz de contar de lo reprimido, señalar lo inconsciente, mostrar cómo a través de la imaginación se inventa la realidad. El libro está lleno de contrapuntos, personajes que son como antónimos. El contrapunto de Eliseo, el de las vanguardias, el surrealista, es Amaro, el creador de la librería, el padre Vicenzo, el que representa la razón, la Iluminación, las Luces. Ese Amaro del que escapará el joven Vicenzo para irse a Madrid, para hacerse punk, para conocer allí a Garúa, esa chica argentina exiliada de la que se enamora. Eliseo y Amaro, a la vez, representan dos formas de enfrentar el totalitarismo. Amaro es el derrotado, que mantiene la resistencia por medio de la memoria, guardián secreto de la razón y la libertad. En cambio Eliseo enfrenta la situación desde la imaginación, con la ironía, el humor, como modo de desequilibrar el sistema represivo. Pero hay otros personajes que se cruzan como Borges, al que Eliseo acompaña en su visita a Galicia. Y las obras que se citan. En la novela no hay una arbitraria acumulación de citas por cargar de erudición el libro, que no tendría sentido, sino porque cada libro mencionado al pasar es también un personaje, un ser vivo. Y si Vicenzo ya heredero de la librería, ya final, se remonta en su historia, tan cargada de libros y encuentros, es porque la vida tiene voluntad de cuento.

P.: Junto a la progresiva desaparición de librerías se está dando la trasformación tecnológica del libro, ¿eso provoca una transformación de la lectura? ¿está cambiando la forma de leer?

M.R.:
Esta provocando un cambio climático. Cuando se lee en una pantalla, la pantalla no tiene profundidad, y la literatura es profundidad. Joyce en el "Ulises" habla de la sonda náutica del texto. El lenguaje es portador de sentido pero también despertador de los sentidos. A veces la tecnología más que ser una herramienta que facilite llegar a nuevos territorios y de ofrecer elementos útiles para difundir obras, puede tener un carácter invasivo que desaloja la literatura, que necesita de otro tipo de tiempo, otros tipo de hábitat y de hábitos. Esos cacharros introducen la impaciencia. En vez de darnos tiempo, y nos lo sacan como vampiros. Nos hacen entrar en un shopping que nos ofrece de todo, no nos deja de entretener, de ofrecernos cosas momentáneas, la pasajera moda, en fin, nos meten en un escaparate, al que llaman futuro, y es difícil salir de él.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.R.:
Tengo un libro nuevo de poesía "La boca de la tierra" que se publica en unos meses, y ahora estoy con la traducción al inglés. Y estoy en la etapa de los cuadernos previos de una novela.

Entrevista de Máximo Soto

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