22 de abril 2010 - 00:00

Michael Haneke y el secreto de sus cintas

Aldea chica, infierno grande, metáforas imprecisas en «La cinta blanca», del austriaco Michael Haneke.
Aldea chica, infierno grande, metáforas imprecisas en «La cinta blanca», del austriaco Michael Haneke.
«La cinta blanca» («Das weisse Band-Eine Deutsche Kindergeschichte», Austria-Alemania, 2009, habl. en alemán). Dir.: M. Haneke. Int.: C. Friedel, E. Jacobi, L. Benesch y otros.

En «Caché» (2005), el austríaco Michael Haneke desarrollaba una intriga cuya resolución era algo menos que ambigua. «La cinta blanca» es similar a «Caché», sólo que vestida de smoking como para ir a Cannes. Su marco excede lo familiar y se extiende al microcosmos de una aldea rural del norte de Alemania, en donde casi todos los tipos sociales están representados en sus diferentes jerarquías, el noble, el párroco, la servidumbre, el médico, los aldeanos, el director de la escuela.

En ese espacio, como los videos de «Caché», comienzan a sucederse cosas extrañas; accidentes que van desde los más o menos graves hasta los fatales. Nadie encuentra explicación a lo que ocurre, todos se vuelven sospechosos, en especial los niños de la aldea, entre los que puede existir una especie de raro mal que los corrompe y que los lleva a provocar estos sucesos.

La «cinta blanca» del título, tal como el espectador sabrá más adelante, era aquel brazalete que se le ponía a los chicos que cometían actos impropios y de los cuales no se arrepentían; una marca, entre otras, del castigo que le infligían los adultos. Desde luego, este no es un film genérico de ciencia ficción, y no cabe esperar en esos niños una especie de raza malévola, similar a la de «El pueblo de los malditos» que tenía a mal traer a George Sanders. Haneke no se atrevería a tales metáforas burdas; el problema de este film, en cambio, es que a fuerza de no dar soluciones, de sugerir siempre algo trágico que nunca responde (ni consuma), termina justamente por no decir casi nada. La película, tan seductora en lo formal, se termina pareciendo a esos rostros bellos y graves que permanecen silenciosos como si guardaran muchos misterios que no osan revelar, o como si no tuvieran nada que decir.

«La cinta blanca» es bella, misteriosa, un tanto excedida en metraje, y está filmada en cinemascope y un riguroso blanco y negro (mérito, una vez más, de su director de fotografía Christian Berger). Llama la atención, con todo, que un director tan enigmático como Haneke haya decidido dar un dato histórico preciso, el del comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Tal información dio lugar, desde luego, a sacar cuentas en el tiempo y llegar a la conclusión de que esa casta de malditos no es otra que la de futuros nazis, quizá la forma más elusiva y menos reprochable que haya encontrado el autor para aludir al «huevo de la serpiente» que, en su momento, hizo trastabillar a Ingmar Bergman en una de sus películas menos memorables. En verdad, si esa fue la intención de Haneke, como metáfora es bastante pobre (lo mismo que presumir que esos brazaletes blancos serán los que algunos años más tarde ostentarán la esvástica).

Y no sólo es pobre sino cuasi mística, como si el Mal fuera un impreciso fantasma que recorrió a Europa en las primeras décadas del siglo pasado y eligió al azar un país y un pueblo para encarnar. Es preferible presumir que, el igual que en «Caché», el enigma queda escondido y sin resolver del todo, y que cualquier explicación, para Haneke, siempre será insatisfactoria.

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