19 de febrero 2009 - 01:10

“Muchos cobran una entrada y no tienen nada que decir”

Ricardo Bartís: «Si voy a ver un partido de fútbol y un jugador juega pésimo, tengo el derecho de gritarle porque está debilitando el juego. En el teatro debería ser igual».
Ricardo Bartís: «Si voy a ver un partido de fútbol y un jugador juega pésimo, tengo el derecho de gritarle porque está debilitando el juego. En el teatro debería ser igual».
Vuelve «La pesca» al Sportivo Teatral a partir del próximo 28 de febrero, con funciones sábados y domingos. Este espectáculo, que el año pasado acaparó los principales premios de teatro (en los rubros dirección, actuación y mejor obra del circuito off) acaba de concluir una extensa gira europea por varios festivales, entre ellos el de Avignon (Francia), hoy por hoy el más prestigioso de Europa.
Dirigida por Ricardo Bartís y protagonizada por el trío de Sergio Boris, Carlos Defeo y Luis Machín, la obra evoca, con toques de humor, a un mítico club de pesca, creado en el subsuelo de una vieja fábrica durante los años '60, del que sólo queda un pequeño charco donde acecha una «tararira titán». Según explica Bartís, esta obra forma parte de «un tríptico deportivo». «En breve nos ponemos a ensayar un espectáculo sobre el box, al que seguirá otro sobre fútbol. Son apenas excusas para hablar de otras cosas que nos preocupan». Dialogamos con él:
Periodista: ¿Los europeos hicieron una lectura política de la obra?
Ricardo Bartís: Excesivamente. Pero eso también es un malentendido que ocurre acá. Desde siempre clasificaron lo que hago como teatro político. Como si Nito Artaza o Moria Casán no fueran políticos, o el Teatro San Martín, con su criterio de selección de textos y de lenguajes, no lo fuera.
Cotorra
P.: De acuerdo, pero convengamos que sus obras son mucho más críticas de la realidad argentina.
R.B.: Bueno, hay un sector del teatro que funciona como cotorra y eso se da en los niveles más vulgares y groseros como en las supuestas vanguardias. Me refiero a crear un entretenimiento tonto que atempere el sentimiento de angustia y de desesperación generado por una época incorrecta e injusta con los seres humanos. No digo que necesariamente haya que hablar de estas cosas, pero eso de cobrar entrada y presentarse como alguien que tiene algo para decir cuando en realidad no lo tiene, me parece incorrecto. No sólo en el teatro, sino también en otras disciplinas. Si voy a ver un partido de fútbol y un jugador juega pésimo yo tengo el derecho de gritarle porque está debilitando el juego. Y en lo ideológico es aun más grave el nivel de debilidad al que llegamos y el teatro no ha quedado exento.
P.: En «La pesca» se habla del peronismo como algo enigmático. 
R.B.: Es un enigma en el sentido de los enigmas que genera el poder. ¿Cómo puede enamorar algo que no termina nunca de asumir ni de vivir lo que enuncia? El peronismo ha sido el partido del poder desde su constitución hasta la fecha. Es una especie de poder móvil que puede ser cualquier cosa en función de la necesidad histórica del momento, pero también incluye consejos absolutamente brillantes, singulares, modificadores de la realidad social como ninguna otra corriente. El peronismo, más que un movimiento político, es una especie de mito que excede la figura de Perón, excede a las experiencias específicas. Quiero decir: depende desde qué lugar sea leído para que se transforme en tal cosa o tal otra. A nosotros no nos interesan los enunciados teóricos, nos interesan las dinámicas del peronismo, sus elementos más teatrales. Por ejemplo, que le falten las manos al cadáver de Perón no deja de ser folklórico, pero también es de una gran teatralidad. ¡Esas manos movieron millones de personas!
P.: La obra reproduce fielmente el ritual de la pesca.
R.B.: Ah, sí. Yo empecé a pescar desde chico, aunque no soy un pescador profesional como Norman Briski o como lo fue Ulises Dumont, y me resulta muy verosímil que haya habido un grupo de personas en esos años que quisieran tener un club de pesca bajo techo. Es una manera de anticipar la idea de que hoy hemos perdido los espacios públicos. Ahora no se puede ir a pescar a ningún lado dentro de la ciudad. Cuando yo era chico iba a los lagos de Palermo, pero ahora están los japoneses. No en vano hacemos una broma sobre los peces del Parque japonés. Nos planteamos si esos pescados son japoneses o argentinos porque ese pedazo de tierra era nuestra y ahora pertenece a la Embajada de Japón. Esa broma sobre lo privado y lo público alude a la absoluta entrega y el descaro de quienes ejercieron el poder en distintos momentos de la historia argentina, y que usan y ponen a su servicio lo que es de todos nosotros.
P.: Vamos a un tema más municipal. ¿Siguen las inspecciones en las salas independientes?
R.B.: Ahí estamos. Nosotros somos de una prolijidad franciscana, no porque seamos alcahuetes sino porque nunca nos gustó la lona. Nunca fuimos lumpenes, nunca fuimos turistas en esta actividad, siempre pusimos lo mejor en nuestros lugares de trabajo.
P.: Pero ¿lo siguen acosando los inspectores?
R.B.: Ahora están quietos porque tienen una perspectiva política que les interesa solucionar. Es un segmento que si bien no hace a la vida pública ni importa mucho culturalmente les da dividendos, porque así ellos pueden hablar de la Ciudad de Buenos Aires con sus doscientas salas.
Entrevista de Patricia Espinosa

Dejá tu comentario