18 de febrero 2009 - 00:00

“Nadie cree que Hitler se haya refugiado en el país”

Rivara: «Después de la Segunda Guerra, vinieron al país 1.300 científicos y 350 pilotos. Llegaron a instancias de Perón, en una operación secreta. Entraron 6.500 alemanes con documentos falsos y, legalmente, unos 20.000».
Rivara: «Después de la Segunda Guerra, vinieron al país 1.300 científicos y 350 pilotos. Llegaron a instancias de Perón, en una operación secreta. Entraron 6.500 alemanes con documentos falsos y, legalmente, unos 20.000».
Mar del Plata- En la leyenda de los alemanes que arribaron a la Argentina tras la caída del nazismo se destacan tres contingentes: los criminales nazis, los tripulantes del Graf Spee y de incontables submarinos, y los científicos y miembros de la Luftwaffe, la Fuerza Aérea Alemana. Horacio Rivara, abogado, historiador, piloto deportivo, investigó ese último grupo, entrevistando a pilotos y científicos y accediendo a documentación hasta ahora secreta e inédita que volcó en su libro «La Luftwaffe en Argentina», que acaba de aparecer.
Periodista: ¿Cómo surge la idea de esa investigación?
Horacio Rivara: Sabía que habían venido algunos pilotos y un puñado de científicos alemanes luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Empecé a rastrearlos y tuve la suerte de encontrarlos. Era una realidad mucho mayor de lo que creía: vinieron unos 1.300 científicos y 350 pilotos. Llegaron a instancias de Perón. Fue una operación secreta. Se trajeron unos 6.500 alemanes con documentos falsos. Y entraron unos 20.000 legalmente. Entre los 6.500 había gran cantidad de científicos que venían con el plan de desarrollar una serie de proyectos, muchos como asesores. Estaba gente que le podía servir al Estado argentino para algo, y mezclados con ellos, obviamente, y bien se sabe, criminales de guerra.
P.: Ese ingreso, de escapados de la caída del Reich, también ocurrió en los Estados Unidos.
H.R.: En Estados Unidos y en la Unión Soviética. Buscaban llevarse la materia gris que les resultaba importante. A Estados Unidos le interesaban expertos en cohetes, lo mismo que a la URSS. La Argentina superó en cantidad de llegados al resto. En Estados Unidos entran 800 científicos, pero la calidad de los que vinieron a nuestro país era más amplia. Estaban importantes diseñadores de aviones: Kurt Tank y Willy Messermitch. Se radicaron en Córdoba, y lo más conocido que concretaron fue el Pulqui II, que Perón usó como propaganda. Menos conocidos son las Alas Volantes de los hermanos Reimar y Walter Horten, aviones sin cola imposibles de detectar por radar, muy exitosos pero después no se prosiguió con ellos.
P.: ¿Qué quedó de esos aviones?
H.R.: El Pulqui llegó a volar pero, por cuestiones políticas y presiones externas, no se siguió adelante. De las Alas Volantes el Estado perdió interés. Quedaron algunas sin motor, como planeadores, en varios clubes, por ejemplo en el de Tres Arroyos, para temas deportivos. A partir de 1955, como Perón había usado esos proyectos como propaganda, el gobierno de la Revolución Libertadora buscó relegarlos o eliminarlos. A muchos de aquellos científicos se los despidió y a algunos se los forzó a dejar el país.

P.: Había quienes eran a la vez científicos y criminales, y más criminales y psicópatas que científicos.
H.R.: La mayoría eran científicos puros que no tenían que ver con los crímenes de guerra, con la Shoá. Algunos científicos sí, claramente los médicos. Ellos no tenían por qué irse de Alemania, tenían muchísimo trabajo, habían quedado millones de heridos, de enfermos, si escapaban era por algo. En cambio, los diseñadores de aviones se habían quedado sin trabajo. Entre los médicos hubo dos relacionados con el mundo de la aviación, que trabajaron en experimentos con seres humanos, al estilo de Mengele. Los que mencioné tenían que ver con que los alemanes tenían muchas bajas por frío, los pilotos que caían en las aguas heladas de Rusia. Esos médicos usaban jóvenes gitanos. Los congelaban y probaban diversas formas de descongelarlos. Utilizaban formas muy crueles, y por lo menos a 17 los mataron de esa manera. A algunos de esos médicos los sometieron al Juicio de Nuremberg, y otros vinieron a la Argentina. Acá la promesa que hicieron todos los alemanes al llegar era no meterse en política, trabajar en lo que el Estado les pidiera, evitando cualquier definición política. Si bien trabajaron para Perón nunca se consustanciaron con él.
P.: También estaban los que buscaban hacer difusión de los ideales nazis, Eichmann y su pandilla, por caso.
H.R.: Es cierto, pero hubo un gran enfrentamiento entre los pilotos de la Luftwaffe y la S.S., los de Eichmann y demás. Los pilotos se sentían militares profesionales, como el general Adolf Galland, que a los 28 años estuvo al mando de todos los cazas del III Reich. Un crítico del nazismo. Un hombre muy respetado por sus enemigos, que fue destituido por enfrentarse a Hitler. Y aquí fue asesor de la Fuerza Aérea Argentina.
P.: ¿Galland era una mosca blanca entre los nazis?
H.R.: No entre los militares de carrera. Muchos de ellos se consideraban caballeros de la guerra, que tenían hasta muy buenas relaciones con sus enemigos. Y eran secretamente opuestos a los ideales nazis, un rechazo profundo a los S.S., a los de la Gestapo que mataba judíos, gitanos, opositores, como lo explicó Ernst Jünger. Ellos peleaban por un país, no por una ideología. En un geriático de Villa General Belgrano donde hay pilotos de la Luftwaffe, y miembros de la S.S., que tienen alrededor de 88, 89 años, comen en mesas separadas, no se hablan. Hay casos y casos. Hans Rudel, piloto de Stuka, que fue el soldado más condecorado por el III Reich, y que nunca dejó su nazismo, fue contratado por Perón para asesorar a la Fuerza Aérea Argentina. A otros los mandó combatir la plaga de langostas desde el aire.
P.: ¿Qué supo, en sus entrevistas, de la mentada llegada de Hitler a la Argentina?
H.R.: Todos dicen que era imposible que hubiera salido de Berlín. Pudo haber escapado, pero no había razón para que siguiera con vida. Hanna Reitsh, que ya murió, fue una famosa piloto de planeadores (estuvo por primera vez en la Argentina en 1934 y fue tapa de la revista «El Gráfico», fue gran piloto de prueba durante la guerra y amiga de Hitler y estuvo hasta el anteúltimo día en Berlín, y por su pericia le hubiera ayudado a escapar, llevarlo hasta uno de los submarinos, que además tenía el Camino de las Ratas, pero no hay una razón para que Hitler hiciera eso. La posibilidad de que hubiera venido acá generó en aquellos años mucha preocupación en Estados Unidos.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
H.R.: Después de que salió «La Luftwaffe en Argentina» me llamó gente, pilotos a los que no había llegado a contactar o que desconocía, que no estaban en el libro, como voy sumando información pienso hacer una segunda edición muy ampliada.     
Entrevista de Máximo Soto

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