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París desafía a la crisis con “subasta del siglo”
Además de las firmas que incluye la colección (Picasso, Matisse, Klimt, entre muchos otros), se descuenta que la procedencia de las obras atraerá multitudes y multiplicará los precios de base.
Se sabe, saber de dónde provienen las piezas de una subasta, puede determinar el éxito. Las ventas de los duques de Windsor, Nureyev o Jacqueline Kennedy, convocaron a miles y miles de visitantes y quintuplicaron varios precios de base, antecedente que permite conjeturar que los bosques de Champs Elysées albergarán multitudes que querrán admirar la exposición. Más allá de que en esta ocasión las obras -algunas de extrema rareza y otras dignas de un museo- merecen ser vistas, al atractivo que ejerce Saint Laurent se suma la curiosidad de conocer una colección casi secreta, ya que «sólo unos pocos amigos íntimos sabían la magnitud de lo que ellos poseían», según destacan los diarios de Francia.
Lo cierto es que Saint Laurent murió hace menos de un año, y sus bienes más preciados ya están en venta, cuando todavía está fresco el recuerdo de su memorable funeral. Allí estuvieron el presidente Nicolas Sarkozy con Carla Bruni -que fue su modelo-, además de Catherine Deneuve, Bernadette Chirac y, entre la mar de personajes, el hombre más rico de Francia, François Pinault, dueño de Christie's y, desde 1999, de la firma Yves Saint Laurent; es decir, el hombre indicado para rematar la colección.
Pariente lejano de la nobleza de Francia, el creador del Beat Look y la línea trapecio tuvo una vida novelesca, de inmensos contrastes, colmada de triunfos y momentos oscuros. A cargo de Christian Dior a los 21 años y despedido de la firma dos años más tarde, su carrera precoz se interrumpió cuando ingresó en el ejército. El maltrato de sus compañeros le provocó una crisis nerviosa que derivó en la internación en el psiquiátrico Val de Grâce, hospital que ganó fama por sus terapias agresivas y electroshocks. Durante toda su vida, Saint Laurent arrastraría las secuelas de ese tratamiento.
Entretanto, como Dior había buscado rápidamente un sustituto, el joven diseñador decidió demandar a la empresa por daños morales, decisión que resultó afortunada: con el dinero de la indemnización y el apoyo de Pierre Bergé abrió en 1961 su propia casa de alta costura.
Sin embargo, tocar el poder y la gloria con sus manos no fue suficiente: cuando en 2002 realizó su último y monumental desfile en el Pompidou confesó que pertenecía a la «magnífica y lamentable familia de los nerviosos», evocó las «angustias», los «infiernos» y el «pánico» que le provocaban los desfiles, habló de la «terrible soledad», «la prisión de la depresión», y los «falsos amigos, que son los tranquilizantes».
No es de extrañar entonces, que Bergé quiera desprenderse de un patrimonio poblado de buenos y también malos recuerdos. «Vivió siempre en el sufrimiento», «no tenía el talento de la vida», dijo al diario «Liberation». Además, Bergé le imprime un ritmo muy activo a sus 80 años; se codea con Sarkozy pero respalda a Ségolène Royal, fue amigo de Jean Cocteau y protege a muchos artistas e intelectuales, mientras se ocupa de sus grandes negocios, como su próspera empresa de subastas. «Odio mirar hacia atrás, para mí el futuro es siempre más interesante», sostuvo en una entrevista.
Coleccionistas
Cultos, sofisticados y talentosos, ambos disfrutaron forjando la colección que se destaca por su eclecticismo, que va desde la ornamentación excesiva al clasisismo con un marcado acento en el art déco, y desde el siglo XIII hasta el XX, incluyendo piezas fundamentales del arte moderno. La gracia de la selección, perceptible en las encantadoras imágenes de las casas de la casa de la calle Babylon donde vivieron juntos durante 20 años, hasta que Bergé se mudó al piso de la calle Bonaparte, cuyos bienes también están en venta, al igual que los cuadros de Vuillard y Burne Jones del castillo que en 1983 compraron en Normandía (cuando los dividendos que producían los perfumes Opium y Rive Gauche no cesaban de multiplicarse).
En suma, todas las propiedades estaban colmadas de arte. En el barroquismo de la gran sala de la calle Babylon, un Picasso, «Instruments de musique sur guéridon» de 1914, estimado entre 25 y 30 millones de euros, convive con «La tasse de thé», un Léger de 1921 (10 a 15 millones), «Les coucous, tapis bleu et roses, un Matisse de 1911 (12 a 18), y las pinturas de Ingres, Géricault, Klee, Gris, Munch y Cézanne. Allí están también los maestros del art déco, las mesitas de Jean Michel Frank, los taburetes de Miklos (que cuestan 3 millones de euros), los objetos de oro, marfil y plata que brillan por todas partes, y los espejos que «adoraba» el modisto.
El luminoso escritorio, más despojado, alberga un antológico Piet Mondrian, «La composición avec bleu, colorete, jaune et noir» de 1922 (estimado entre 7 y 10 millones) y «Le Danseur» de Matisse (4 a 6 millones), ubicados frente a un tapiz del prerrafaelita Edward Burne Jones, «L'Adoration Des Mages», y las lámparas de Alberto Giacometti. Junto a los bronces de siglo XVII, hay un paisaje pequeño del aduanero Rousseau, un retrato de Jean Cocteau pintado por Modigliani y la excepcional escultura de Brancusi «Retrato de Madame L.R.» que perteneció a Léger (15 a 20 millones).
«Sólo me quedaré con los retratos de Yves que pintó Andy Warhol», señala Bergé, que en su escenográfica casa reunió a Ensor, Ingres, Géricault, Degas, Gauguin, David, Toulouse-Lautrec, Manet, Vuillard, Picasso y Braque con esculturas de los siglos XVI y XVII. En la modernidad de un estilo donde queda la huella del Imperio neoclásico, están las pinturas de los maestros Frans Hals y Pieter de Hooch, los mármoles y bronces renacentistas, los marfiles y esmaltes de Limoges y alguna chinoserie, como la clepsidra zodiacal del Emperador Qianlong, tan valiosa que su estimación está en suspenso.
Pero las inmensas casas no se acaban en los salones, hay una pared cubierta con tres pinturas Léger, y algunos artistas, sin duda los favoritos de modisto, como Mondrian o Matisse figuran con varios cuadros y fueron homenajeados con vestidos inspirados en sus pinturas.
Entretanto, el magnífico Goya «El niño don Luis María de Cistué», que perteneció a los Rockefeller, será donado al Museo del Louvre.
A pesar de la crisis de mercado del arte, las cifras de las estimaciones no se bajaron. La venta beneficiará a la Fundación Pierre Bergé Yves Saint Laurent, dedicada principalmente a la investigación científica y la lucha contra el sida.


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