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1 de octubre 2008 - 00:00

Aun con déjà vu, un Auster entretenido

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Paul Auster, «Un hombre en la oscuridad» (Bs. As,, Anagrama, 2008, 207 págs.).

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Un conjunto de seres encerrados que tratan de escapar de su encierro, es el punto de partida de la nueva novela de Paul Auster, que remite (y reitera) el comienzo de otras obras suyas. Miriam, una escritora divorciada, da refugio en su casa a su hija Katya, que ha abandonado los estudios de cine luego del asesinato, en Irak, de su novio Titus (un fracasado aprendiz de escritor que tras separarse de Katya se lanza al mundo para seguir la propuesta de Hemingway de lo que debe hacer alguien que quiere escribir), y a su padre, el crítico literario August, que ha quedado viudo y tullido tras un accidente automovilístico.

Para escapar a ese universo de duelos, donde sobrevuela la culpa, cada uno de los miembros de la familia elige pasar a un mundo imaginario. La narrativa sirve de evasión y de terapéutica. Miriam escribe un ensayo sobre la poeta Rose Hawthorne, hija del famoso Nathaniel. Katya comenta con su abuelo sus descubrimientos sobre la importancia de los objetos en películas de De Sica, Renoir, Ray. August -el gran protagonista de la historia- abandona el proyecto de escribir sus memorias y, para defenderse de los pesarosos recuerdos de su esposa Sonia, se dedica a fantasear sobre un mago profesional, Owen Brick, el Gran Zavello, que sacan de un pozo para ordenarle matar a un soñador que está provocando una nueva guerra de secesión en los Estados Unidos.

A partir de allí, con la prosa fluida, precisa y seductora de siempre, Auster recae en la novela dentro de la novela, en las líneas arborescentes que dejan historias inconclusas, los juegos de muñecas rusas, los breves ensayos intercalados como monólogos o meditaciones, los comentarios políticos tan honestos como pueriles, los guiños culturales de la metaliteratura y las relaciones con personajes y situaciones de otras novelas suyas. A pesar de la fascinación de un estilo calculadamente entretenido, por momentos el lector siente que está ante un dejà vu de otras obras del Premio Príncipe de Asturias de las Letras, y se llega a pensar si no es que Auster ha buscado picassianamente distintas perspectivas de contar lo mismo.

En una de las historias, la que fantasea el protagonista de ese pobre tipo hundido en una realidad kafkiana que sale a matarlo, y un mundo paralelo que construye un soñador, es posible pensar en una referencia al cuento «Las ruinas circulares» de Borges. Pero acaso lo único que tiene de Borges es la forma de ocultar las fuentes de inspiración, que en las del argentino eran obras menores, comentarios literarios, obras esotéricas. En esa parte del libro, Auster coincide, una vez más, con relatos de Julio Cortázar (de forma muy evidente con «Continuidad de los parques») y de Ambrose Bierce («Lo que ocurrió en el Puente de Owl Creek») pero es como si hacia la mitad del libro se hubiera dado cuenta de la relación y decidiera cortar por lo sano, terminar drásticamente con la historia de Owen Brick, aunque para eso tenga que suspender la magnífica guerra paranoica de ciencia ficción que venía construyendo.

M.S.

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