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17 de agosto 2007 - 00:00

Aunque falta síntesis, divierte obra de Daulte

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Perfectamente cortable, sobre todo en la primera parte, «Automáticos» es una tierna, hilarante y disparatada comedia con recursos del cine de terror para adolescentes.
«Automáticos» de J. Daulte. Dir.: L. Cáceres y J. Daulte. Int.: M. Chaud, L. Forte, P. Gamboa y elenco. Dis. Escenotéc.: A. Garbellotto. Ilum.: M. Rugiero. (Timbre 4.)

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El teatro de Javier Daulte tiene la particularidad de tratar conflictos muy humanos con recursos de otros géneros ligados al espectáculo de entretenimiento. El cine clase B de ciencia ficción («Gore»); el policial televisivo («Bésame mucho») y la comedia musical norteamericana («Nunca estuviste tan adorable») son algunos de los referentes que el autor ha ido incorporado en los últimos años, siempre con un criterio muy lúdico y asegurándose de entretener al espectador a través de procedimientos escénicos que generalmente deparan sorpresas.

«Automáticos» es una comedia tierna y disparatada sobre la adolescencia y sus conflictos (en relación al sexo, la amistad, el miedo al fracaso y el rechazo a las figuras parentales, incluyendo, también, algunos trastornos alimentarios propios de esta época).

Un grupo de estudiantes debe preparar un trabajo práctico para la clase de Ciencias y tras descartar otros temas supuestamente más «exitosos» (ése es uno de los chistes de la obra) deciden transformar a tres maniquíes en robots. La situación se descontrola cuando éstos cobran vida.

Con gran habilidad, Daulte logra sumergir a estos jóvenes en un progresivo clima de horror subrayado mediante oportunos apagones. Lo curioso es que la sensación de peligro no decae ni siquiera cuando la torpeza e ingenuidad de estos aprendices de brujo dan lugar a situaciones hilarantes. Hay desde luego numerosas alusiones al cine de terror para adolescentes, pero la rebelión final de los maniquíes parece un homenaje a «Blade Runner».

«Automáticos» fue montada en Barcelona por su autor (allí produce buena parte de sus obras) con un elenco muy joven. La versión que se ofrece en Timbre 4 reúne a actores algo más grandes, pero éstos defienden sus roles con convicción. Mención aparte para Mariana Chaud (Mora) en un papel tan extraño e inquietante que uno desearía que fuese ella la protagonista.

La obra ganaría con algunos cortes en la primera parte (diálogos que se solazan en la banalidad de sus interlocutores, escenas estiradas innecesariamente) y así introducir, de manera menos abrupta, la conflictiva de estos robots que por momentos amenazan con recortarse del resto de la obra para dar pie a una nueva historia.

El público, sin embargo, se mantiene muy atento durante la hora y media de función y festeja todos los gags con evidente entusiasmo.

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