A diferencia
de otros films
nacionales,
cerebrales y
aburridos, el
de Sandra
Gugliotta
atrapa, sea
que uno lo
tome como un
juego estilo
Cortázar o se
apiade del
dolor de su
protagonista.
«Las vidas posibles» (Argentina-Alemania, 2007, habl. en español). Guión y Dir.: S. Gugliotta. Int.: A. Celentano, G. Palacios, N. Oreiro, M. Glezer, O. Núñez, G. Arengo, R. Díaz Mourelle, E. Díaz.
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El hombre ha salido de viaje. Esa noche, la mujer llama al hotel donde se supone que ya debe estar descansando. Pero todavía no llegó. Al otro día, tampoco. Y con el celular no hay comunicación posible. ¿Tuvo un accidente? La mujer viaja hasta un pueblo innominado del sur, al pie de la cordillera, se aloja en la habitación que él había reservado, inicia la búsqueda. De pronto, ve un hombre muy parecido, o quizá sea el mismo, que vive con otra mujer. ¿Será posible?
Ella los espía, y comienza un acercamiento indirecto. El sospechoso se deja estudiar, responde con evasivas. Ella acepta esas evasivas, da a entender su disposición para empezar de otra forma, se lo come con la mirada, lo lleva con excusas hasta una casa donde amarlo, y él se deja amar, mientras la otra mujer, tras haber ensayado un tímido reclamo, se queda esperándolo pasivamente. ¿Y si la legal era la otra? ¿Y si, en realidad, está pasando otra cosa?
Todo puede ser, y todo cierra perfectamente. En su segundo film, Sandra Gugliotta nos propone una intriga romántica de diversas lecturas, cada una con sus claves a la vista. Por ejemplo, el cierre de una escena con el rostro de la hermana como diciendo «Esta no sabe nada de lo que hace el marido», o la detención del auto ante un cruce, como para hacernos suponer que lo siguiente forma parte de una ilusión que ella se hace para negar alguna pérdida. Los diversos climas musicales, el montaje que saltea ciertos enlaces, y el modo poco habitual con que hablan los intérpretes, favorecen una sensación de misterio, un misterio que atrapa por igual, sea que uno tome todo esto como un juego estilo Julio Cortázar, o que se apiade del sufrimiento de la mujer. Porque esta película es bien diferente a esas cerebrales que practican la distancia emotiva y el aburrimiento del prójimo. Acá la mujer, aunque parezca medio loca, nos transmite su sufrimiento, y su ilusión, y de algún modo nos compromete así creamos que es todo un verso.
Ana Celentano es la protagonista. Natalia Oreiro, la otra. Marina Glezer, la hermanita. Las tres muy bien, de un modo muy contenido, sin desbordes, a tono con el relato, que nos va tirando los datos justos, sin inclinarse nunca por una u otra interpretación definitiva de los hechos. Osmar Núñez, Guillermo Arengo y Díaz Mourelle, los hombres que tratan de proveerle a la mujer una visión objetiva. Y Germán Palacios, el objeto de los desvelos femeninos. La fotografía, la ambientación en cercanías de Lago Argentino, y la propia brevedad del relato (apenas 75 minutos), son otros méritos.
Dato curioso, también la primera obra de Gugliotta, «Un día de suerte», mostraba una mujer en busca de alguien. Pero en ese caso, tras buscar a su amor durante un largo viaje, se conformaba con encontrar un trabajo. Era, como se advierte, una película realista.
A diferencia de otros films nacionales, cerebrales y aburridos, el de Sandra Gugliotta atrapa, sea que uno lo tome como un juego estilo Cortázar o se apiade del dolor de su protagonista.
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