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A partir del Juicio de Nürenberg se considera que el aparato de Estado del Tercer Reich estuvo al tanto de cómo se llevaba adelante la “solución final de la cuestión judía”, modo retórico de mencionar el plan siniestro que se concretaría en el Holocausto. Desde los panfletos antisemitas de la propaganda nazi como “Mi lucha”, de Adolf Hitler, a la industrialización del asesinato en Auschwitz, hubo etapas y un poco conocido complot. Durante la expansión alemana hacia el Este se informó de masacres de judíos polacos, ucranianos, lituanos y rusos, que por pertenecer a territorios conquistados eran vistos como partisanos en potencia, peligrosos enemigos de Reich y la encarnación de las peores imágenes racistas.
Las masacres realizadas en Babi Yar, Ucrania, no solo fueron conocidas por la élite del poder sino también por buena parte del pueblo alemán y aceptadas como parte de la guerra. En una segunda etapa se realizó la deportación de los llamados judíos occidentales, los alemanes y del oeste, el sur y el norte de Europa. El 20 de enero de 1942 en la conferencia de Wannsee de los dirigentes del Estado nazi, Reinhard Heydrich, jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, informó de la deportación masiva de esos judíos a tierras inhóspitas para emplearlos en trabajos forzados; eso provocaría una “disminución natural” durante un período indeterminado y, los que sobrevivieran, serían tratados “de manera apropiada”. Si bien había cierta buscada cautela en las palabras de Herydrich, se tomó esa conferencia como punto central del establecimiento de la Shoa. El destacado historiador francés Florent Brayard, especialista en el Holocausto, investigando los diarios de Goebbels, descubrió que una etapa crucial del genocidio se desarrolló en el más absoluto secretismo, con un complot para llevarlo a sus últimas consecuencias. Un curioso complot porque lo comandaba el jefe de Estado con Himmler, Speer y Goering, y un grupo reducido que permitiera perpetrar el asesinato rápido e indiscriminado de judíos (viejos y niños, hombres y mujeres) por medio de un aparato policial unido por el pacto de silencio.
Brayard se sorprende al leer que Goebbels, ministro de Propaganda del Reich, ícono del nacionalsocialismo, no sabe nada de lo que se está llevado a cabo. El temor de Hitler era que, si se sabía lo que se iba a hacer en Auschwitz, hubiera una reacción moral, como la que hubo con el proyecto Tiergarten de exterminio de enfermos mentales que se tuvo que detener por pedido de la Iglesia católica, cuando ya habían muerto 70.000 personas. Himmler temía los “sentimentalismos de esos judeocristianos” y de los “alemanes que fueron vecinos de esos judíos”. Goebbels se enteró del cometido de Auschwitz cuando Himmler, en una conferencia para la élite nazi en Posen, en octubre de 1943, explicó que el objetivo de “la solución final” está “prácticamente concluido”. Brayard ha realizado una investigación minuciosa, controversial, perturbadora, impactante sobre la esencia criminal del nazismo.
=Florent Brayard “Auschwitz; Investigación sobre un complot nazi”, Arpa, Barcelona, 2020, 575 ps.
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