En «El lobo» se cuenta con licencias y obviedades, pero también en forma entretenida
y con detalles ilustrativos, la historia de un hombre común que aceptó una propuesta
oficial y se infiltró en la ETA.
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Hay diferencias. El protagonista es un peludo carilindo con pinta de infiltrado. Y no estamos viendo una comedia satírica, sino un drama de acción basado en un hecho real. Efectivamente, se cuenta aquí, con variadas licencias cinematográficas, la historia de un tipo común que, harto de la criminalidad de ciertos connacionales, aceptó una propuesta oficial y se infiltró en la ETA, donde llegó a ganarse la confianza de algunos de sus líderes. De ese modo cayó en 1975 buena parte de la organización. Y hubiera caído toda, de no ser por una razón bastante cínica, que el film señala. Tenemos entonces una película -ya se dijo- llena de obviedades y clisés, de narración básica, de pintura superficial, donde encima apenas se oyen dos canciones y unos gritos en vasco, pero en cambio hay dos tipo aeróbicas en inglés para acompañar la acción, y una balada final también en inglés, tipo fondo musical de un mal noticioso, amén de unos cuantos tiros, que para eso han ido los espectadores. En síntesis, una española a la americana.
Pero tenemos también algo que el cine americano de acción casi nunca dice: aquí la crueldad y el uso de las personas no son privativos de ningún sector, sino característica distintiva de ambos, aunque, claro, en esto cada uno tiene su propio estilo. El film señala también la falta de coordinación entre las fuerzas de seguridad (cada una buscando sus propias medallas) y otros detalles, como la antedicha razón cínica del porqué todavía sigue la ETA, detalles que hacen que la película sea no sólo entretenida para el gran público, sino además bastante ilustrativa de ciertos temas de nuestro tiempo.
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