El Palacio de la Música de Seattle, una de las obras del arquitecto
y artista norteamericano Frank Gehry (autor del celebrado
Museo Guggenheim de Bilbao), que acaba de ser
distinguido con el León de Oro a la trayectoria en Venecia.
Frank Gehry acaba de ser distinguido con el Premio León de Oro por su trayectoria en la Bienal de Venecia, inaugurada hace dos semanas. Esta edición, realizada bajo el lema «Out There: Architecture Beyond Building», es una megaexposición de instalaciones realizadas especialmente para la muestra más importante de la arquitectura en el mundo, que pretenden responder a la pregunta central del curador Aaron Betsky: «¿Cómo podemos transformar el mundo moderno en nuestra casa a través de la arquitectura?».
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Betsky, un arquitecto norteamericano que trabajó en el estudio de Frank Gehry, pero no alcanzó la grandeza de su maestro, sostuvo que «La arquitectura de Gehry es el ejemplo moderno de cómo la arquitectura puede ir más allá de las puras construcciones».
Nacido en Toronto en 1929, nacionalizado norteamericano, Gehry es mundialmente conocido por resonantes obras como el Museo Vitra, en Alemania, su primera obra en Europa en la que ya aplicó su estilo escultural de «deconstrucción»; el California Aerospace Museum, en Santa Mónica, cuyos espacios aéreos descubren al visitante la finalidad del edifico: la astronáutica; o el Edificio para la compañía de seguros holandesa, Nationale Nederlanden, en Praga, en el que se destacan las ventanas entrantes y salientes, dispuestas ondularmente.
La obra que lo puso en la primera plana de todos los medios del mundo, sin embargo, fue la sede del Museo Guggenheim de Bilbao. El verdadero complemento de la sede neoyorquina de Frank Lloyd Wright fue concebido por Gehry como un museo para el siglo XXI. Su concepción revolucionaria de la arquitectura se manifiesta en la sensible percepción del espacio, la utilización de materiales no tradicionales, y especialmente su proceso creativo de concebir las obras a partir de dibujos semiautomáticos.
Gehry, que fue invitado a Bilbao por el director del Guggenheim, Thomas Krens, ya era bien conocido por la transformación de espacios industriales como el Museum of Contemporary Art de Los Angeles, (Temporary-Contemporary) grandes galerías para la exposición de obras de gran formato en cualquier medio, así como la creación de espacios dedicados a música y danza.
Cuando viajó en 1991, recomendó a las Administraciones Vascas ubicar el museo «al lado del río porque utilizaron todo el día diciéndome que lo están regenerando y sus márgenes se están recuperando». Después de que la gente de Bilbao resolvió la compra de los terrenos del solar junto al río, se formuló el diálogo entre las características fundamentales del solar y el nuevo museo. Fue necesario integrar en el diseño el enorme Puente de la Salve, que atraviesa el sitio por su lado este. En relación con el entramado urbano existente, fue preciso tener en cuenta el Muelle de Evaristo Churruca en el lado norte, y por el sur, los edificios de la gran Alameda de Mazarredo.
En el restringido concurso que se acordó convocar se invitó al arquitecto japonés Arata Isozaki, el equipo vienés de Wolf Prix y Helmut Swiczinsky, y Frank Gehry como profesional americano. Al comité de selección le interesaba un edificio que fuera mayor que la suma de sus partes por separado, que transmitiera una poderosa identidad icónica, de manera que atrajera al público por sí mismo, siendo al mismo tiempo respetuoso con el arte que iba a albergar.
En el proyecto, Gehry aprovechó la oportunidad de hacer un intercambio entre el entorno urbano y el solar, pero al mismo tiempo, diseñar un edificio escultórico, emblemático, que transmitiera su fuerte presencia y se integrara a la ciudad. Años más tarde, César Pelli fue invitado para diseñar el plan director que unió el centro de la ciudad y el museo.
«Siempre me ha fascinado poder dibujar líneas de forma no intencionada. Estas líneas tomaron la forma de una serpiente martillo. A veces pienso que en el mundo todas las formas se pueden reducir a peces y serpientes», señaló Gehry. En el Guggenheim Bilbao, los «peces» truncados, sin cabeza ni cola, transformados en formas de hojas o barcos y aplicados a algunas de las galerías laterales, dotados de una cualidad metafóricaescurridiza, acabaron por personificar el movimiento continuo y la abstracción escultórica tangible que dan vida a la obra cubierta por un techo indescriptible de titanio. «Intentaba conseguir una sensación de movimiento en mis edificios,un tipo de energía sutil. Y la realización de un museo con sensación de movimiento me atrae porque encaja en el entramado de la ciudad. Las obras forman parte de la vida urbana, que es cambiante, que tiene un carácter transitorio».
Quizá menos conocida es la dedicación de Gehry al diseño de muebles, pero no menos importante en su exploración de las formas que viene realizando desde 1970. Sus muebles de cartón corrugado realizados entre 1970 y 1987 configuran el terreno de una vasta investigación de las superficies y de las características estructurales de un material barato pero de gran resistencia.
Hacia principios de los 90, su calidad como artista encuentra un nuevo ámbito en los diseños de sillas y sillones de madera curvada que realiza para la firma Knoll. Flexibles y elegantes, los muebles están constituidos por una serie de delgadas cintas de madera que se repliegan como ondas continuas (se pueden ver en Interieur-Forma en Puerto Madero). En este campo de experimentación, Gehry desarrolló un lenguaje plástico que se sustentaba en las curvas y las ondas. El mismo que dio forma al Guggenheim de Bilbao, que generó una nueva libertad formal en el campo de la arquitectura.
La Bienal de Venecia presenta como en otras oportunidades propuestas irónicas como la de los dos jóvenes polacos críticos de arquitectura, que haciendo futurología comentan dos nuevos edificios de la ciudad de Varsovia. Una torre de Norman Foster que en cincuenta años va a ser usada como una cárcel; y un aeropuerto reciente que en lugar de mostrar aviones, en las próximas cinco décadas va a alojar ganado.
Esta Bienal tiene un clima muy alejado de la Strada Novísima en la que se presentó el Postmodernismo, a principios de los 80, en el momento en que Aldo Rossi era la gran estrella y montó su obra, el Piccolo Teatro del Mundo, sobre un barco anclado en la laguna, que por casualidad se llamaba « Argentina».
Muchos grandes nombres que pasaron por Venecia han visitado Buenos Aires desde 1985 en ocasión de sus once Bienales de Arquitectura, entre ellos Sir Norman Foster, Peter Cook, el Grupo Archigram, Tom Mayne, Maximiliano Fuksas, Zaha Hadid, Arata Isozaki, Mario Botta, Richard Meier, Wolf Prix, Jean Nouvel, Hans Hollein, Toyo Ito, Peter Eisenman. Gehry fue invitado varias veces a nuestras Bienales, sin embargo, y pese a que su mujer es panameña, nunca pudo concretarse su visita a Buenos Aires.
El análisis de cada uno de los pabellones nacionales y los famosos invitados a esta edición de la Bienal, no puede abarcarse en este artículo homenaje al arquitecto-artista Frank Gehry. No obstante, es importante destacar a nuestro arquitectoartista local Clorindo Testa, un verdadero motivo de orgullo.
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