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8 de octubre 2008 - 00:00

"La princesa de Nebraska"

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Más que un film con un argumento definido, «La princesa de Nebraska» es como una libreta de apuntes del veterano Wayne Wang sobre una joven confundida.
«La princesa de Nebraska» (The Princess of Nebraska, EE.UU., 2007, habl. en inglés y cantonés). Dir.: W. Wang. Guiòn: Y. Li, M. Ray. Int.: L. Ling, B. Danforth, Q. Lin, J. Wong, P. Binaisa.

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A veces como un ejercicio de precalentamiento, y otras como un juego después de un trabajo más exigente, el veterano Wayne Wang se manda una película chica antes o después de una grande. Así, por ejemplo, a «Cigarros» le siguió «Humos del vecino», hecha como entre amigos. Y «La princesa de Nebraska» que ahora vemos la hizo como una forma de preparar los músculos para la que haría inmediatamente después, «Mil años de plegaria», una delicia que el año pasado ganó el premio mayor de San Sebastián, y acá veremos, quizá, el año que viene, aunque lo ideal sería verla enseguida, no porque una sea continuación de otra, sino porque ambas pertenecen a un mismo momento de reflexión del autor.

Para mayor claridad: «Mil años de plegaria» es una obra muy formal, sobre la amistad entre dos viejos de distinta lengua, y la dificultad de uno de ellos, recién llegado de China, para comprender a su hija, que ya está instalada en Estados Unidos, en tanto «La princesa de Nebraska» es como una libreta de apuntes bastante suelta, sobre la perplejidad y el malhumor de una jovencita china, que por descuido se quedó embarazada en Beijing, y ahora, cuatro meses más tarde, interrumpe sus estudios en Omaha para intentar un aborto en San Francisco. Chica en etapa experimental, no guarda relación con el padre de la posible criatura, y no sabe realmente qué hacer de su vida, ni de la vida que inesperadamente lleva dentro de ella. Tampoco sabe otras cosas, ni siquiera sobre su propio país, pero sabe que está en uno muy distinto y suficientemente lejos, libre y al mismo tiempo sin nadie (a su juicio) de quién agarrarse, y aceptar una ayuda que no sabe pedir.

Esa libreta de apuntes está hecha con una cámara digital, sin diálogos demasiado elaborados, sin artistas famosos, sin una fuerte resolución dramática, pero, eso sí, con una mirada calma, compasiva, poco habitual entre nosotros. Simplemente, Wayne Wang nos muestra con amabilidad una criatura confundida, y en vez de dictar sentencia o resolver algo en nombre de su personaje, nos deja la posibilidad de reflexionar sobre la adolescencia actual y los acelerados cambios de valores que todo el mundo, de una u otra forma, viene sufriendo. Autora del argumento inicial, Yiyun Li, de cuyo libro de cuentos «Los buenos deseos» surgen, precisamente, «La princesa.» y «Mil años de plegaria». Protagonista, la debutante Ling Li, cuyo personaje, signo de los tiempos, responde al poco chino nombre de Sasha. Director asistente, un joven americanizado, Richard Wong («Colma: The Musical», visto en el Bafici). Canción final, la misma desolada canción que se escucha en la española (hablada en inglés) «La vida secreta de las palabras».

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