El malabarista Michael Moschen combina imágenes, música y movimiento para deleitar con bastante más que un asombroso virtuosismo capaz de desconcertar al espectador más avezado.
«Michael Moschen en movimiento» Mús.: D. Van Tieghem. Coreog.: M. Moschen y J. Brenner. (Sala Pablo Neruda - Paseo La Plaza.)
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En este espectáculo, estrenado en el Next Wave Festival de la Brooklyn Academy of Music, el malabarista Michael Moschen combina imágenes, música y movimiento para deleitar al público con algo más que un asombroso virtuosismo capaz de dejar con la boca abierta al avezado público porteño.
Moschen es asistido por una traductora para dialogar con la platea. Pero, una vez que se asegura que buena parte de los asistentes entienden su inglés pausado y sencillo, se lanza a jugar con los espectadores proponiendo ejercicios de digitación (la gracia está en que parecen muy simples pero nadie puede con ellos), para luego ir explicando paso a paso el diseño y montaje de algunas de sus múltiples rutinas. Así, por ejemplo, en una serie de bolas blancas introduce una roja para que el público perciba cómo ésta va variando su circuito de acuerdo a distintos patrones geométricos. El panorama se complica con otras tantas pelotas de color que además cambian constantemente de recorrido, para desconcierto de la platea. Y esto es sólo el comienzo. Luego el artista combinará tap, malabares rítmicos, rebotes con los pies y otros ejercicios de equilibrio y coordinación muy variados en los que utiliza cilindros, varas, aros, perchas y un triángulo gigante con el que cierra el show.
Su nivel de perfección es casi insoportable porque evidencia un grado de concentración mental sobrehumano. Moschen logra disociar el movimiento de sus manos generando con cada una de ellas un circuito diferente. Con ésta y otras prácticas no sólo desafía las leyes físicas sino que obliga a repensar la relación de los cuerpos con el espacio y la capacidad del hombre para interactuar con ellos.
«Hacer malabares es jugar con el tiempo» dice este experto en matemáticas que ha dictado conferencias sobre la innovación y la creatividad en centros universitarios tan prestigiosos como el MIT. En su espectáculo, mezcla de master class y show audiovisual (si bien él logra darle la cálida intimidad de un café-concert) uno bien puede obsesionarse con su increíble habilidad para cambiar la dirección, ritmo y velocidad de sus malabares o entregarse al efecto hipnótico que provocan todas esas figuras realzadas con un buen diseño lumínico y la música de David Van Tieghem.
Para los que todavía no lo conocen, Moschen tuvo un lugar destacado en el documental «El misterio de los genios», producido por A & E Mundo y, entre otras cosas, creó varios números para la compañía Cirque du Soleil incluyendo una gira con el espectáculo «Quidam». Uno de sus trucos con esferas de cristal puede verse en la película «Laberinto» de Jim Henson, donde «prestó» sus manos a David Bowie.
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