Juan José Mosalini, residente en Francia, acompaña en Buenos Aires la presentación de dos tardíos CD y anuncia que tal vez toque en el país en agosto.
Hace varias décadas que Juan José Mosalini vive en París, pero antes fue bandoneonista de José Basso, Horacio Salgán, Leopoldo Federico y Osvaldo Pugliese.
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También se acercó al rock en los años '70, y fue un renovador que trabajó, como admirador y discípulo, en la línea de Astor Piazzolla. En Francia, Mosalini desarrolló distintos proyectos educativos y artísticos (con orquesta, en formato camarístico y solista), pero aunque viene con regularidad a la Argentina, hace ya tres 30 años que no toca aquí. La última vez fue en 1986, para un concierto en el teatro San Martín, cuando viajó como parte del trío Mosalini-Beytelmann-Caratini. Justamente, su actual visita es para acompañar el lanzamiento, muy tardío en el país, de dos de los discos de esa formación, «Imágenes» y «Violento», que nunca habían sido editados aquí.
Periodista: ¿Por qué hace tanto tiempo que no viene a tocar a la Argentina?
Juan José Mosalini: Las posibilidades más concretas de venir a tocar llegaron por el lado del Festival de Tango de Buenos Aires. Pero después, por distintas razones, se complicaba mi venida. Eso me fue generando una frustración muy grande; fueron tres oportunidades que finalmente se anularon. Así fue pasando el tiempo sin actuar. Cuando Rodolfo García estaba programando el Festival de Tango de este año, me habló otra vez de presentarme aprovechando mi viaje; pero ahora se postergó para agosto. El nuevo programador me invitó; ojalá podamos combinar las agendas para que esta vez se pueda concretar.
P.: Usted está acompañando ahora dos discos bastante antiguos que hizo con Gustavo Beytelmann y Patrice Caratini, pero su presente es muy distinto. ¿Qué presentaría en caso de que se concrete su actuación en el Festival de Tango?
J.J.M.: Yo me muevo con distintos proyectos. Un quinteto donde hay músicos argentinos -que viven en Buenos Aires- y franceses, un dúo con el guitarrista Leonardo Sánchez. Pero cuando salgo a tocar por Europa o por Japón las posibilidades son más. Hemos hecho conciertos con cuartetos de cuerdas, he tocado como solista de orquesta sinfónica.
P.: Parece que no perdió contacto con el tango en nuestro país a pesar de la distancia.
J.J.M.: No, para nada. Siempre me he interesado mucho por lo que pasa acá. Con la mayoría de los músicos de mi generación (Rodolfo Mederos, Néstor Marconi, Julio Pane, Daniel Binelli), varios de los cuales fueron compañeros míos en la orquesta de Pugliese, he mantenido el contacto permanente. Y también conozco mucho a las nuevas camadas, en la que hay músicos excelentes, como Cristian Zárate y Pablo Agri que suelen tocar conmigo, o Pablo Mainetti, Sonia Posetti, Damián Bolotín y tantos otros.
P.: El tango tiene hoy en todo el mundo un fuerte renacimiento y reconocimiento. Pero hubo épocas muy duras para los músicos del género en nuestro país. ¿Su experiencia, viviendo en Francia, fue equivalente?
J.J.M.: Hay una frase que me gusta usar y que me parece que contesta su pregunta: « París es difícil pero es vulnerable». Con esto quiero decir que si los franceses descubren que uno trabaja y que tiene algo para decirles terminan por hacerle un lugar. De modo que mi experiencia en Europa fue diferente a lo que vivieron mis colegas acá, que tenían que hacer malabares para poder ganarse el pan. Cuando yo viajé a Europa en los setenta (llegué invitado para tocar en un proyecto del Chango Farías Gómez y me quedé allá) había un clima favorable para un repertorio nuevo, de Piazzolla o nuestro, o de temas clásicos, pero con una mirada renovadora como el que nosotros llevábamos. Además, había un fuerte entusiasmo por lo que hacían artistas como Piazzolla o el Tata Cedrón. Por supuesto, en tantos años hubo épocas distintas, con más curiosidad por la poesía, por la música o por la danza, y por épocas fue duro. Pero, en el total, no puedo quejarme.
P.: Como contraposición, ¿sintió rechazo de parte de los que se habían quedado en Buenos Aires?
J.J.M.: Yo pertenecía a un grupo de músicos, ya en la Argentina, que no dábamos con el prototipo tanguero más clásico. Yo tocaba con músicos de rock, tenía militancia en el sindicato. Y, seguramente, esa «rareza» no era simpática para algunos. Pero, para ser justo, debo decir que nunca sentí antipatía ni envidia ni nada desagradable de la mayoría de mis compañeros.
P.: Usted conduce una cátedra de bandoneón en un conservatorio francés. ¿Cómo fue esa llegada a la docencia?
J.J.M.: Hace 18 años que dirijo la cátedra de bandoneón en el Conservatorio de Gennevilliers, una localidad que está pegada a París. Fue en un momento que el acordeón, que siempre había tenido un status menor por ser un instrumento popular, entró en los conservatorios de Francia. Y fue entonces que un grupo de acordeonistas propuso que también creáramos la cátedra de bandoneón. Armamos programas, material de estudio y aquí estamos, ya con varias camadas de músicos salidos de esa cátedra.
P.: ¿Esta edición de los dos discos pendientes del trío, será el comienzo para la publicación, también, de otros materiales suyos?
J.J.M.: Espero que sí. Eso venimos hablando, al menos, con el sello argentino que se ha interesado por mis discos. Y la verdad es que hay muchas cosas que me gustaría que se conocieran por acá: trabajos solistas, con orquesta típica, en dúo, con orquesta sinfónica. En fin, son tantos años...
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