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26 de enero 2006 - 00:00

"Munich": incómoda parábola moral y un gran espectáculo

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Aun con sus detalles discutibles, la película de Spielberg no sólo hace pensar cuestionando de frente, sino que es un entretenimiento pleno de acción, buen ritmo, personajes logrados y una atractiva evocación de los '70.


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También todos le reprochan que se quedó corto en mostrar las bestialidades del bando contrario, porque apenas menciona la primera represalia de 75 aviones sobre dos campos de refugiados, con el saldo oficial de sólo 66 muertos, y la pavorosa masacre cometida por extremistas en el aeropuerto de Atenas, ni refiere la muerte de un blanco equivocado y su esposa embarazada, por lo cual cinco agentes israelíes fueron capturados, juzgados y condenados en Noruega, donde ocurrió el hecho, etcétera, etcétera.

El asunto, ya se sabe, refiere la experiencia de un grupo israelí de tareas destinado a vengar los asesinatos de Munich 1972 por toda Europa, y las posteriores crisis de conciencia y de paranoia de algunos de sus integrantes, que en este caso, sin duda por razones narrativas, son sólo cinco, y no doce, como dicen los historiadores. Pueden discutirse éste y otros detalles, objetando además la novela de
Que además está muy bien hecha, sobre todo en los dos primeros tercios. El hombre es un maestro.

Al que vaya por acción, él le da un ritmo excelente, buenos personajes, muy buenas escenas de tiros y bombas, otra forma de mostrar a los agentes secretos, y una linda evocación de época, incluso en el modo de filmar, que recuerda el estilo vibrante del cine político de los '70. Y al mismo tiempo le va deslizando, continuamente, unas cuantas preguntas incómodas, sobre la moralidad y utilidad de la venganza.

Esta no es una película de vengadores al gusto hollywoodense. Hace pensar, cuestiona de frente. Por eso, es una lástima que en el último tercio se estire, pierda los hilvanes y la fuerza, y hasta caiga en ridiculeces (por ejemplo, alguien sudando en la cama como un boxeador en el ring, con unos flashbacks que, justo ahí, no vienen al caso aunque cierren una de las historias). De todos modos, vale la pena.

Aparte, nadie, en el cine mundial, tiene más autoridad que él, ni tampoco más habilidad, ni más posibilidades de llegar a todas partes, y jugarse la plata y la confianza, para desarrollar este relato y plantearnos sus enseñanzas a modo de preguntas, y de parábola, cuando al final dos hombres mutuamente se ofrecen cumplir dos de las leyes más antiguas de nuestra cultura: la ley del talión y la ley de la hospitalidad. Y al fondo están, no por nada, las dos torres gemelas.

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