Fernando Fernán-Gómez murió ayer en Madrid a los 86 años. Rodó casi 200 películas, escribió obras de teatro, dirigó cine y fue académico de la lengua.
Fue el último, el bastión final de la gran tradición de la escena, el cine y la poesía española: ayer a los 86 años murió Fernando Fernán-Gómez en el hospital La Paz de Madrid, donde estaba internado desde hacía varias semanas. A Fernán-Gómez, por su obra tan prolífica y dúctil, se lo llegó a comparar alguna vez con la fecundidad de Lope de Vega, de allí el mote de «Fénix de los actores». Aunque muchos lo suponían argentino (tuvo esa nacionalidad durante gran parte de su vida), su lugar de nacimiento fue Lima, Perú, cuando su madre, la actriz Carola Fernández Gómez, estaba de gira por América Latina. Y como fue anotado en el consulado argentino conservó la nacionalidad argentina hasta 1970, cuando se nacionalizó español. De su familia trashumante de artistas, Fernán-Gómez daría testimonio en una gran película que dirigió en 1986, «El viaje a ninguna parte».
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A los nueve años, ya en Madrid, comenzó a hacer teatro en el colegio y más tarde en grupos de teatro de aficionados. Como buen apasionado, los estudios sitemáticos lo aburrían un poco, y abandonó la facultad de Filosofía y Letras a poco de iniciarla.
De inmediato, no tardó en probarse como actor. Enrique Javier Poncela lo convocó, con un papel de reparto, en «Los ladrones somos gente honrada» en 1940 y cuatro años más tarde el italiano Raffaello Matarazzo le ofreció el primer protagónico en «Empezó en boda».
La carrera de Fernán Gómez en el cine es inagotable. Tras participar en numerosas películas ligeras, poco después empezó a protagonizar cine más sustancial, tanto en la comedia como en el drama, como «Balarrasa», «Esa pareja feliz» (de José Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem, respectivamente).
En los años 40 trabajó a las órdenes de los cineastas más prestigiosos del momento, como Edgar Neville o Luis Sáenz de Heredia, en films que marcaron época como «Domingo de carnaval» o «El destino se disculpa». La suma de películas de éxito como «Botón de ancla», «La mies es mucha» lo convirtieron en un rostro popular.
En 1953, con la película «Manicomio», que fue un fracaso, debutó en la dirección. El público de aquellos tiempos, en pleno franquismo, no estaba habituado al tono más profundo y sentencioso que marcó en sus primeras películas. Sin embargo, el éxito como cineasta le llegó cinco años más tarde con «La vida sigue adelante». En 1963 realizó «El mundo sigue», un melodrama neorrealista testimonial, y al año siguiente «El extraño viaje», una obra basada en una idea de Berlanga, y de tono esperpéntico.
Esos dos films, hoy considerados fundamentales en la historia del cine español, fueron secuestrados por la censura, que impidió su estreno, lo que convirtió a Fernán-Gómez en un cineasta antipático para el régimen. Tras esos fracasos comerciales, su carrera derivó en la década de los 60 y los 70 hacia adaptaciones teatrales de comedias de Miguel Mihura o Alonso Millán. En 1986 con la citada «El viaje a ninguna parte», logró vindicarse en su faceta de realizador. En la renovación del cine español en los '70, prácticamente no hubo cineasta que no lo convocara para un protagónicos, como Carlos Saura («Ana y los lobos», «Mamá cumple cien años», «Elisa, vida mía»), Víctor Erice («El espíritu de la colmena»), Manuel Gutiérrez Aragón («Maravillas»), Gonzalo Suárez «(Parranda», Pedro Olea («Pim, pam, pum... ¡fuego!») y Jaime de Armiñán («El amor del capitán Brando»), entre muchos otros. Estas colaboraciones viajaron por los principales festivales de cine del mundo y fueron repetidamente premiadas, como los dos Osos de Plata a la mejor interpretación masculina del festival de Berlín que consiguió en 1976, por el extraordinario film «El anacoreta» de Juan Esterlich (en donde interpretaba una especie de Diógenes contemporáneo, que se encerraba en un baño y renunciaba al mundo), y en 1985 por «Stico», de Jaime de Armiñán. En la Argentina, participó en «Pobre mariposa», de Raúl de la Torre.
Las nuevas generaciones de cineastas que fueron surgiendo en décadas posteriores continuaron convocando a Fernán-Gómez, quien estuvo presente en dos de las películas con las que España ganó el Oscar, «Belle epoque», de Fernando Trueba; primero, y «Todo sobre mi madre», de Pedro Almodóvar, después.
En teatro fue autor, intérprete y director de notables puestas en escena. Como narrador, su primera novela «El vendedor de naranjas», publicada en 1961, pasó inadvertida, pero no así otras como «El mal de amor», con la que fue finalista del premio Planeta en 1987.
Después de editar varios títulos, en 1990 salió a la venta su libro de memorias, bajo el título de «El tiempo amarillo». Fue además un prolífico articulista e ingresó en la Real Academia Española de la Lengua en 1998. En 2006 los cineastas David Trueba y Luis Alegre lo homenajearon en el documental «La silla de Fernando», donde se mostraba su vertiente más humana, divertida e ingeniosa en una larga conversación grabada en su propia casa. Divorciado de la cantante María Dolores Pradera, con la que se casó en 1945 y con la que tuvo dos hijos, Fernando y Elena, Fernán-Gómez volvió a casarse en 2000 con la actriz Emma Cohen, después de varias décadas de convivencia. Ayer, Mario Mactas contó en «Radio Continental» una divertida anécdota que refiere al encuentro de Pradera con la más joven Cohen; cuando ésta le fue presentada, Pradera le dijo: «Ah, encantada de conocer a mi concuerna».
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