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22 de noviembre 2007 - 00:00

No es un dechado de fineza, pero hace reír

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jueves 22 El impresentable trío de «Supercool», comedia construida a base de chistes guarros pero desopilantes, cuyo equilibrado final lo convierte en un film más maduro de lo esperable.
«Supercool» ( Superbad, EE.UU., 2007, habl. en inglés). Dir.: G. Mottola. Int.: J. Hill, M. Cera, C. Mintz-Plasse, B. Hader, S. Rogen, E. Stone, M. MacIsaac.

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El secundario está por terminar, y los tres máximos nerds del colegio tienen todo tipo de pensamientos impuros relacionados con sus compañeritas. La idea de seguir siendo célibes al entrar a la universidad, a la que encima no podrán ir juntos por sus malas notas, genera un estado especial de tensión en este trío de impresentables.

La ineptitud social extrema del trío estelar impide casi todo encuentro casual con el sexo opuesto. Pero la necesidad te hace hereje, y aparece la esperanza de que un documento de identidad totalmente trucho les abra la puerta a la aceptación social y las piernas femeninas. Conseguir las bebidas fuertes para la fiesta de una de las chicas se transforma en el Día D, una misión divina que deben lograr cueste lo que cueste. Los diálogos guarros y situaciones increíbles generan una sucesión de gags brillantes de alta incorrección política, en un crescendo de problemas que convierten a la noche alcohólica de estos chicos en una especie de «Después de hora» del humor adolescente. Lo interesante del argumento es la capacidad de enfrentar a los protagonistas con el mundo de los adultos, a través de la amistad con dos policías totalmente ineptos y corruptos al borde de la delincuencia que, sin embargo, desarrollan un curioso lazo de amistad con ese imbécil de anteojos que dice llamarse «McLovin» con un documento que lo convierte en un hawaiano donante de órganos de 25 años. O en una fiesta de marginales drogadictos ultraviolentos que de golpe parece un buen sitio donde robar bebidas, si es que no los muelen a palos antes.

«Supercool» es mucho más atrevida que otras estudiantinas, inclusive la bastante guaranga «American Pie». El carisma de Jonah Hill, una especie de pichón de John Belushi, ayuda a que las mayores porquerías se vuelvan genuinamente graciosas de un modo que no se veía desde hace décadas en la comedia americana. Y mas allá de que las guarradas son típicamente adolescentes, la película tiene un desenlace insólitamente equilibrado que la convierte en un producto mucho más maduro de lo que se podría esperar a primera vista.

D.C.

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