Diego Peretti con su psicoanalista, Marcos Mundstock (el papel de su vida), en «No sos vos, soy yo», de Juan Taratuto.
«No sos vos, soy yo» (id., Argentina, 2004; habl. en español). Dir.: J. Taratuto. Int.: D. Peretti, S. Villamil, C. Dopazo, M. Mundstock y otros.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
El protagonista de esta psicocomedia nacional se llama Javier, es cirujano y disc jockey, y al comenzar el film está por casarse con María. Se aman y viven juntos hace dos años aunque el matrimonio, que impulsa principalmente ella, persigue una finalidad más urgente: facilitar la obtención de la green card para ambos. Ella irá primero a Miami, donde ya hay familiares suyos establecidos, se encargará de encontrar vivienda y trabajo, y luego viajará Javier.
El guión, desde un principio, intenta llamar la atención sobre la poca intuición de Javier, incapaz de percibir las crisis íntimas de María (SoledadVillamil). Por eso, no debería sorprenderle más que a él mismo que la joven esposa, apenas al llegar a los Estados Unidos, lo deje por otro, noticia que él recibe, además, cuando va camino a Ezeiza para embarcar hacia Miami.
En verdad, Javier (DiegoPeretti) es bastante ciego en lo que respecta al mundo femenino: también es el único que no se da cuenta de que la perraza Gran Danés que compra más tarde es hembra, aunque en este caso el nuevo chasco es menos atribuible a sus características de personaje como a un insostenible recurso de guión. Si la historia necesitaba que él regresara a la veterinaria para establecer contacto con Julia (Cecilia Dopazo) se podría haber recurrido a una estratagema un poquito más lúcida. En fin, por lo menos Javier sí se da cuenta de que la Dopazo es mujer. «No sos vos, soy yo», como ocurría con «Samy y yo» de Eduardo Milewicz, parece claramente dispuesta a hacer un Woody Allen a la criolla. Comedia urbana con personaje inseguro, perdedor y poco hábil para establecer relaciones con las mujeres. No lo consigue ni mucho menos, pero igual entretiene. En ese sentido, una de las escenas más eficaces por lo anticlimático es cuando Javier intenta precipitarse sobre una ex compañera suya de escuela, con novio en la puerta, y que sólo por diplomacia aceptó compartir un café con él.
Tampoco carecen de gracia una circunstancial relación de cama y la desubicada insistencia telefónica posterior, o las sesiones con el psicoanalista que interpreta, buen hallazgo de casting, el más freudiano de los Luthiers, Marcos Mundstock (lástima que pierda los estribos al final, más a la manera de un remate de gag de televisión que de una comedia sutil). La breve intervención de Luis Brandoni, como el suegro que tampoco entiende a las mujeres, está lograda, y sería injusto no destacar la participación en segundo plano, pero siempre justa, de Hernán Jiménez como el amigo y consejero a pesar suyo.
La película, con la que Juan Taratuto debuta en el largometraje, se ve con agrado, pero eso no llega a disimular que el libro, una vez expuesto el conflicto, entra en una meseta a la que le cuesta dinamizar para poder encontrarse con su buen desenlace.
Dejá tu comentario