Notable Mirás compensa fallas de una puesta

Espectáculos

«Tontos por amor» de S. Shepard. Dir.: R. Correa. Int.: F. Mirás, J. Díaz, R. Díaz Mourelle y P. Iemma. Trad. y Adap.: R. Correa y C. Garat. Esc.: A. Negrín. Mús. Orig.: M. Cossa. Vest.: S. Di Nunzio. Luces: L. Rodríguez. («Lorange»)

En pleno desierto de Mojave un cowboy decadente y a la deriva llega a un motel en busca de la mujer que ama. Ella está cansada de sus infidelidades y abandonos y discuten como podrían hacerlo dos enamorados incapaces de conciliar el deseo sexual con la convivencia. Pero las apariencias engañan: Eddie y May son dos amantes malditos que se creen predestinados uno al otro y ya no pueden interrumpir el eterno circuito de atracción y rechazo que los vincula desde la adolescencia.

Es una historia de «amor loco» («Fool for love» ronda más esa acepción que la elegida por el director Rubens Correa), que demanda una gran entrega física y emocional de parte de sus intérpretes. Pero, sin duda, la mayor dificultad de la pieza reside en ese doble juego que propone Sam Shepard, donde conviven lo imaginario y la realidad dentro de un espacio simbólico: el desierto.

Eddie y May pelean por cuestiones pragmáticas (celos, machismo, deseos de independencia, control posesivo) mientras intentan esclarecer el origen mítico de su relación. Es allí, donde el presente empieza a diluirse en un mar de sensaciones difusas y versiones contradictorias. Sus respectivos relatos (sintetizados en dos soliloquios) se ven interferidos por las acotaciones del «viejo» (
Ricardo Díaz Mourelle), una especie de espectro familiar que se entromete en la vida de los protagonistas e incluso les pide que no sigan removiendo el pasado para no tener que cargar con sus culpas.

La puesta de
Correa es fiel a la historia que narra y cuenta con una cálida ambientación, pero no alcanza el vuelo onírico que propone el autor. Y esto se debe principalmente al personaje del «viejo» que fue concebido erróneamente como un pícaro borrachín (parece el padre de Eliza en «Mi bella dama») y no guarda el distanciamiento debido.

En la película de
Robert Altman (protagonizada por Kim Basinger y el propio autor en 1985) dicho papel estuvo a cargo de Harry Dean Stanton (el inolvidable protagonista de «París-Texas», también guionada por Shepard). La elección del mismo actor para estos dos personajes no fue casual. Ambos provienen de la misma cepa: son callados, solitarios, caminan kilómetros hasta desaparecer y todos sus intentos por formar una familia fracasan ante la falta de libertad y el sedentarismo que ésta demanda.

La magistral composición de Eddie que brinda
Mirás compensa ampliamente los errores de una puesta en la que, entre otras cosas, está ausente el desierto. Su personaje tiene salidas muy ocurrentes, provoca rechazo por sus malos modales y su violencia contenida y a la vez seduce con su ternura de huérfano. A Julieta Díaz se la ve muy lanzada en lo que atañe al trabajo físico, aunque su May resulta temblorosa, desvalida y con una entonación algo monocorde, como si se tratase de una mujer golpeada y no de la chica brava y bastante más curtida por la vida que imaginó Shepard. Pablo Iemma defiende con gran credibilidad su papel de Martin, el nuevo y modesto pretendiente de May.

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