Graciela Borges y el intendente saliente Blas Altieri, en la inauguración de Pantalla Pinamar; luego se exhibió «Fados» de Carlos Saura.
Pinamar - Una palmada fuerte, un silencio, una palmada suave, otro silencio. Así acompañó el público los últimos minutos de «Fados», tras aplaudir «a telón abierto» las actuaciones de Argentina Santos, Chico Buarque, y algunos otros cantantes de la película de Carlos Saura con que se abrió el sábado el 4º Festival Pantalla Pinamar. Una recepción fuertemente emotiva, digna de tenerse en cuenta, aunque, claro, también hubo varias deserciones: no todos entraron sabiendo que verían algo exclusivamente pictórico-musical, sin ninguna historia.
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Antes de eso fueron los discursos, con elogios a la transición democrática de Pago Chico y muchísima presencia española. La transisión se da entre el intendente Blas Altieri (cinco mandatos, 16 años seguidos) que abrió Pantalla, y el intendente electo, Roberto Porreti (360 votos de diferencia), que tuvo acaso su primera indiscreción, al intercalar en su primer discurso un inesperado «Graciela Borges, un saludo de mi mamá que te quiere muchísimo». Sonó descontracturado, pero no sabemos si fue un piropo recomendable. Por su trayectoria, Borges, vicepresidenta de la Academia Argentina de Cine, recibió esa misma noche el Pino Dorado, que justo hacía juego con la chaqueta dorada que llevaba puesta.
Cerca suyo estaba Ángeles González-Sinde, joven presidenta de la Academia Española, que, días atrás, había ido a la fiesta de los premios Sur toda de blanco vaporoso, pero ahora llevaba una camperita de jean sobre un vestido a lunares que parecía un mantel. Más elegante estuvo ayer de mañana, con su collarcito de perlas, durante una charla en que ambas mujeres hablaron del trabajo conjunto entre sus respectivas entidades.
«Nuestras Academias tienen propósitos y personalidades parecidas», resaltó González-Sinde, ofreciendo para el cine argentino las salas y oficinas del nuevo edificio a su cargo, un palacete cedido por el Ministerio de Cultura de aquel país, «y que está a una cuadra de la residencia del embajador argentino». De paso, ante una pregunta capciosa, desechó supuestas rencillas con directores «díscolos», como José Luis Garci y Pedro Almodóvar. «No quieren ser socios, pero estamos en excelentes relaciones, y siempre vienen a echarnos una mano». Su preocupación es otra: «En todo el mundo, el público va cada vez menos a las salas. En Estados Unidos, la última comedia de los hermanos Farrelly abrió apenas con la mitad del público esperado. Si hasta a ellos les va mal, eso es muy grave, porque las majors norteamericanas van a querer sacar del mercado exterior (o sea, de nosotros) la ganancia que no les da su propio mercado». De allí el interés en reforzar el mercado hispanoparlante, y el entusiasmo general por la buena recepción de «Fados».
Otro acuerdo de intercambio se concretó, el mismo sábado, entre la Enerc, la escuela de cine del Incaa, y la Ecam, escuela de la Comunidad de Madrid, surgida en 1994 precisamente por sugerencia de la Academia Española de Cine, según recalcó Fernando Méndez-Leite, director a cargo del establecimiento, al que ya concurren dos cordobeses, dos porteños, y un jujeño, «todos becados. Cada año cuesta unos 3.700 euros, que es un dinero importante, pero si viene alguien talentoso, y pasa la prueba de acceso, que es muy exigente, por supuesto que le facilitamos las cosas».
De 600 candidatos anuales, entran poquísimos. Allá, como acá, «el nivel es muy bajo y deprimente. Al ver los exámenes de ingreso se nos cae el alma al suelo, sistemáticamente, incluso hay quienes quieren ser directores de arte sin saber dibujar. Pero el nivel de los que ingresan es muy alto. Esto no depende de la edad. Siempre cuento que, cuando se metió en el cine tan jovencito, Alejandro Amenábar llevaba desde su infancia analizando películas frente al televisor. El razonaba, no era que se le encendían luces extrañas». De las promociones recientes, uno ganó el primer premio en Sitges, dos están nominados al próximo Goya, y 80 por ciento tiene trabajo. «Quizá porque damos clases muy prácticas, no conferencias de profesores omniscientes».
Lucimiento de viejos maestros, aparte del film de Saura se vieron este fin de semana dos delicias de Jacques Demy en copia nueva («Los paraguas de Cherburgo» y «Las señoritas de Rochefort») y una del veterano dibujante Michel Ocelot («Kirikou y las bestias salvajes»). También se vieron varias cosas de gente más joven, pero esto recién empieza.
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