La semana pasada, en la casa Christie's de Nueva York, el arlequín de Emilio Pettoruti «El cantor» alcanzó el récord de 782.500 dólares, el precio más alto pagado por el arte argentino. Sin embargo, durante el fin de semana, varios medios coincidieron en el error de señalar que la marca la continuaba ostentando Antonio Berni con los 800.000 que se pagaron por su obra «Desocupados». No es un error infrecuente: consiste en confundir una subasta pública, cuyos valores son verificables, con una transacción privada, como fue el caso de Berni.
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Un equívoco similar ocurrió en junio de 2006, cuando el magnate Ronald Lauder pagó u$s 135 millones por «Retrato de Adele Bloch-Bauer», de Gustav Klimt, ocasión en la que se dijo que ese valor había roto con el récord de u$s 104,1 millones de «Muchacho con pipa», de Pablo Picasso, pagados en la subasta pública de «Sotheby's» en 2004.
En principio, la veracidad de los valores que se pagan en una transacción privada no son verificables (sin ir más lejos, el propio Lauder no deseaba divulgar los pormenores de su adquisición, que hizo pública «The New York Times»). Además, aunque las partes acepten publicitar una operación (la galería Ruth Benzacar informó fehacientemente haber recibido u$s 800.000 por «Desocupados» de Berni), ¿quién garantiza que no existan valores superiores de otras operaciones que no hayan trascendido al público? ¿Cuánto pagó, por ejemplo, Amalia Fortabat por los inmensos arlequines de Pettoruti que exhibe en su Museo?
Como el mercado del arte está lleno de secretos, la regla básica establecida internacionalmente es determinar sus récords únicamente a través de los valores en subastas públicas. En la Argentina, además, donde no existe el mecenazgo y por el arte se pagan tributos equiparables a los de cualquier mercancía, los misterios son mayores.
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