Gérard
Depardieu,
quien con 30
años y 30
kilos menos
protagonizó
«Novecento»,
acompañó a
Bernardo
Bertolucci a la
presentación
en la Festa de
Roma de la
versión
restaurada del
film más
maldito del
realizador.
Roma - Ayer por la mañana, en una Roma imprevistamente fría (una especie de temprano invierno se instaló desde hace unos tres días), el punto de encuentro neurálgico de la Festa estaba instalado en la Casa del Cinema, moderna construcción que se alza apenas comienza la arbolada Villa Borghese y termina la serpenteante Via Veneto.
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Allí se desarrollaba uno de los brazos fundamentales de este festival, el llamado New Cinema Network (NCN), en donde se exponen poco menos de treinta proyectos europeos y del resto del mundo a la busca de completar su financiación, con el soporte suplementario del Cinefondation del Festival de Cannes y el Foro de Finanzas Asiático de Hong Kong. Hay de todo: desde productores y directores con extensa obra a sus espaldas como semidebutantes.
Entre los primeros, estaba Luis Puenzo, quien trajo tres proyectos de su productora (entre ellos, «Sobrevivientes», de Pablo Reyero), y uno de los niños mimados del cine taiwanés, Tsai Ming-Liang, quien proponía una nueva película, a rodarse en el Jardín de Luxemburgo en Paris, acerca de un suicida que, en sus trances finales, revive algunos momentos de la historia bíblica de Salomé, Herodes y San Juan Bautista.
Entre las curiosidades, Charles Mc-Dougall, el norteamericano que se instaló hace poco en la Argentina y entre cuyos créditos de realización, en especial en TV, figuran numerosas temporadas de series como «Sex and The City», «Queer As Folk» y «Desperate Housewives» (Amas de casa desesperadas), presentó el proyecto del primer film dramático sobre la tragedia de Cromañón.
Otro film en ciernes, de título llamativo («La teta asustada»), era defendido por la peruana Claudia Llosa, y su compatriota Gianfranco Quattrini (director de «Chicha tu madre»), residente en Buenos Aires y también bajo el ala de producción de Puenzo, hacía lo propio con «Toxic Jungle», historia sobre un retirado rock star que busca su salvación en el Amazonas. Sin embargo, el proyecto más curioso de todos era el del casi debutante director irlandés Mark Mahon, que presentaba (casi como si se tratara de Mel Gibson) el proyecto de un film épico ambientado en el año 900 antes de Cristo, con un presupuesto de base de 25 millones de euros (cifra insólita en un foro como éste).
Y, así como empeñosa y difusamente en algunos casos se diseña el cine de los próximos tiempos, el del pasado dialoga con él en la palabra y el ejemplo de los grandes maestros. Sin duda, Bernardo Bertolucci es uno de ellos, y su «lección» de la noche anterior fue uno de los momentos más extraordinarios del festival romano.
Recientemente homenajeado en Venecia, Bertolucci concurrió ahora a Roma a presentar la versión restaurada y completa de uno de sus títulos más malditos, «Novecento», acompañado por Gérard Depardieu, quien 30 años y más de 30 kilos menos atrás se encontraba con Robert De Niro en el set de la accidentada y tormentosa crónica de casi todo un siglo a la que Bertolucci pudo animarse gracias al inesperado dinero que le dejó «Ultimo tango en París». Fue un festín de recuerdos, desde ya.
«A mí me extrañaba ver que De Niro tomaba apuntes todo el tiempo. ¡Tan aplicado! Yo, nada...», decía Depardieu. «Me irritaba verlo hacer eso siempre, y un día le pregunté qué era lo que apuntaba, pero no me contestó. Me miró fijo, me dio una tremenda cachetada, y me pidió perdón. Yo casi lo mato, pero él me detuvo: 'Perdona', me respondió. 'Es que en la escena próxima tengo que llorar, y no logro hacerlo si antes no le pego a alguien a quien quiera mucho'. ¡Ay, el Actor's Studio! Fue un tiempo maravilloso... Todas las mañanas yo desayunaba seis huevos y vino lambrusco».
Pero, si las evocaciones de Depardieu fueron cálidas y desopilantes muchas veces, lo de Bertolucci fue antológico. Pasó revista a su infancia y adolescencia, y se detuvo especialmente en el día en que a los 18 años vio, en privado, «La dolce vita», que Fellini les proyectó a su padre Attilio (que era crítico de cine) y a Pasolini.
«Pasolini era vecino nuestro», agregó. «Un día, me invitó a que yo fuera su asistente de dirección en un rodaje. Yo le dije que jamás había hecho una tarea como ésa, que era un amateur, pero él me tranquilizó: '¿Y eso qué? Yo tampoco dirigí nunca una película'. Era 'Accatone', desde luego. Pasolini siempre se burlaba de mí porque me gustaba Godard».
De su encuentro con Sergio Leone, que lo había visto en el estreno de «El bueno, el malo y el feo», recordó el diálogo con el que recién se conocían. «Yo le dije: 'Lo que más me gusta de sus películas es la forma que filma el culo de los caballos. Nadie, salvo John Ford, los filma de esa manera».
Infaltablemente, pasaron por sus evocaciones el mayo francés, los excesos de la nouvelle vague y varios de los pormenores de «Ultimo tango...». Pero, como colofón (y homenaje a Godard al mismo tiempo), lo mejor es quedarse con la última de las moralejas: «Godard decía que hacer cine era tan fácil como comprarse una lapicera y un cuaderno. Hoy, con las computadoras y la cultura digital, esa exageración se ha hecho cierta. Hoy, cualquier joven puede largarse a filmar cuando quiera. Pero hay un problema: en nuestra generación, salíamos a la arena con todo el cine del pasado en nuestra cabeza. Y, desgraciadamente, muchos de los jóvenes que filman hoy viven en el presente puro. No saben que no hay cine si no hay memoria».
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