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10 de enero 2008 - 00:00

Sólo propaganda institucional

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La argentina Carolina Silvestre arruina algunos capítulos interesantes tañendo una sola campana a través de una larga sucesión de declaraciones de funcionarios cubanos.
«Hechos, no palabras. Los derechos humanos en Cuba» (Argentina, 2007, habl. en español). Dir.: C. Silvestre. Guión: C. Silvestre, O. Hernández, G. Cantore. Documental.

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Comete Carolina Silvestre el mismo error en que ya había caído como productora de «Bloqueo, la guerra contra Cuba»: registra y transmite una sola campana, sin exigir del entrevistado (casi siempre un funcionario de gobierno) algo que vaya un poquito más allá de las frases hechas, y así convierte el documental en propaganda institucional. «Bloqueo» aportaba, al menos, mucha información desconocida.

Hay, es cierto, un capítulo interesante sobre las cárceles. La de mujeres, donde las presas con estudios dirigen el sector materno-infantil, la del Hospital Nacional de Reclusos, donde pueden estudiar enfermería, y una de jóvenes, con participación de los padres y testimonio de un gordito macizo que ahí aprendió a disciplinarse, estudió, y anuncia haber dejado «mi vida de bebidas y muchachitas», pero todo culmina en un show musical donde los chicos presos cantan un rap de homenaje a Fidel Castro.

También hay un capítulo sobre chicos discapacitados, interesante no sólo por ellos, sino porque deja suponer que ya no se impone, como años atrás, el Rivanol apenas la ecografía revelaba un feto defectuoso. Una decisión espartana avant la lettre. Curiosamente, no se hace mayor hincapié en la salud pública, orgullo del gobierno cubano, más allá de los proble mas para comprar remedios fuera de la farmacia asignada, proveer sábanas y gasas a los enfermos internados, o aceptar públicamente la existencia de hipovitaminosis (un ministro fue destituido por reconocer esto en 2001, justo el año de la gran epidemia de dengue que intentaron mantener en silencio) y otros males difíciles de hallar en los informes oficiales.

El documental es, básicamente, una larga sucesión de declaraciones del canciller cubano Pérez Roque, vestido de jeans (por favor, no confundir con el doctor cordobés Roque Pérez, impulsor de la República Argentina y auténtico héroe de la lucha contra la epidemia de fiebre amarilla de 1870), el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el presidente del Tribunal Superior Popular, la directora de Atención a Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido Comunista Cubano, y varios otros funcionarios y adyacentes, discurriendo sin límite horario sobre lo que ellos entienden por democracia y derechos humanos, en contraposición al «invento yanqui». Dicen, por ejemplo, que hay libertad de culto, pero nadie les pregunta, ni ellos explican, por qué entonces se prohíben las procesiones y el arribo de nuevos sacerdotes. O que hay plena libertad de emigración, pero nadie menciona el caso concreto de la doctora Hilda Molina, a quien le prohibieron salir a reencontrarse con su hijo, que la llamaba desde Argentina, etcétera.

En resumen, interesan algunos puntos, pero el conjunto sólo convence a los convencidos, y a veces, con tanto discurso, hasta los aburre.

Cualquier régimen es una maravilla, en boca del funcionario que lo aprovecha, como cualquier vehículo es excelente, según el vendedor. Pero a éstos, de solo escucharlos, es difícil que alguien más quiera comprarles un auto usado.

P.S.

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