La banda inglesa no sólo llevó,
por fin, el buen rock al
Pepsi Music, sino que enloqueció
al público al punto de
preocupar al cantante Ian
Astbury como para pedir calma
desde el escenario.
Actuación de The Cult: Ian Astbury (voz), Billy Duffy (guitarra), Chris Wyse (bajo), John Tempesta (batería) (Club Ciudad de Buenos Aires.)
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Luego de varias fechas del Pepsi Music, el rock del bueno terminó por explotar el sábado pasado con un memorable show de The Cult, la banda inglesa de la década de 1980 que ya había tocado en la Argentina tres veces a lo largo de los años, pero que nunca había generado semejante feedback entre sus fans (alrededor de 15.000 personas que los esperaron varias horas).
Obviamente los cultores argentinos del grupo heredero de Zeppelin y el hard rock de los 70, incluyen ahora a un par de generaciones nuevas que nunca habían escuchado en vivo la guitarra de Billy Duffy, y todos enloquecieron casi automáticamente con las contundentes versiones de una razonable selección de algunos de sus mejores temas.
Con «Nirvana» y «Rain», dos súper clásicos, The Cult inició su contundente show tan movilizador arriba como abajo del escenario, lo que implicó todo un ejercicio extremo de interacción entre artista y público. Un porcentaje sorprendentemente grande de los miembros de la audiencia saltaban eufóricos, siguiendo los pegadizos riifs de guitarra y la energía arrolladora de la imbatible sección rítmica, coreando a la perfección todas las canciones, sin olvidar ni siquiera el lejano primer tema de «Dreamtime» que prácticamente no se escuchó nunca en nuestro país.
Mientras el público enloquecía con canciones como «Fire Woman» -con un solo de guitarra que justificaba por sí solo el recital- o «Edie Ciao baby», Ian Astbury parecía disfrutar especialmente el espectáculo que daba esa masa de admiradores estimulados en semejante forma por su música. A medida que aumentaba la euforia abajo del escenario, el cantante se detenía entre tema y tema a tratar de comunicarse con el público, hablando de equipos de fútbol argentinos ( empezando, lógicamente, por Boca, incluido entre los colores de detalles del vestuario) y dedicándole con cierta ironía «Little Rock Star», un tema nuevo (y soprendentemente a la altura de sus clásicos) a Maradona. Ya que estaba, se burló de la diferencia entre el verdadero clima de concierto de Rock & Roll con mayúsculas que se vivía comparado con la apacible abulia que se vivió el día anterior con Dave Matthews.
La expresión de gloria de Astbury se transformó en un rictus preocupado cuando «Love Removal Machine» enloqueció definitivamente a todo el mundo, entre pogos colectivos y algunas corridas. Por suerte, la cosa no pasó a mayores gracias a los pedidos de paz y amor del cantante desde el escenario y a los esfuerzos de la gran mayoría del público por mantener la calma. Luego de ese momento de tensión nada ajeno a la mitología del rock, la banda liquidó el show con dos impactantes versiones de «Sweet Soul Sister» y una antológica «She sells Sanctuary». Si hubiera reinado del todo la paz, quizá hubieran tocado también su hit «Revolution», detalle que a nadie le importó mucho a esa altura de una noche épica de buen rock.
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