Bután: la TV y el fin de la inocencia

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Thimpu, Bután - El piloto de la línea Druk Air pide a los pasajeros que no se alarmen mientras esquiva los glaciares eternamente nevados del Himalaya e inicia la aproximación al aeropuerto de Paro. Es un descenso de vértigo en el que el avión se abre paso por los huecos que van dejando las montañas, planeando sobre valles sin nombre y aldeas perdidas. Así es Bután: el viaje ha valido la pena antes de haber llegado; antes de irse ya se está pensando en volver.

Sin embargo, no estaba seguro de querer regresar nunca al Reino del Dragón del Trueno tras visitarlo por primera vez hace siete años. El país me pareció entonces tan inmensamente bello, el empeño de su gente por vivir aislada del mundo tan extraordinariamente terco, que temía encontrarme un lugar diferente al que guardaba en la memoria.

El motivo de ambos viajes a Bután ha sido el mismo: el rey Jigme Singye Wangchuck (foto). En 1999 asistí al 25 aniversario de su coronación y a la llegada de la televisión a uno de los últimos rincones que se había resistido al electrodoméstico más popular del mundo. El monarca había decidido celebrar sus bodas de plata regalándoles a sus súbditos una ventana a un mundo que les era ajeno, seguramente consciente de que con ello su reino jamás volvería a ser el mismo.

La decisión de regresar a comprobar si había sido así vino en diciembre. Una nota perdida en un diario de Bangkok reproducía el discurso que más lágrimas ha provocado en la historia de Bután. El rey anunciaba su abdicación en 2008, la eliminación de todos los poderes reales y la cesión de un trono meramente simbólico a su hijo, el joven de 25 años Jigme Khesar Namgyal Wangchuck. «La monarquía no es el mejor sistema de gobierno. Tiene muchas fallas», había dicho Wangchuck abrazando un mensaje republicano que resonó en los palacios monárquicos de medio mundo.

En el aeropuerto de Paro me espera, como si no hubiera pasado el tiempo, Namgay. Mi guía en aquel primer viaje de 1999 hizo carrera trabajando en la elaboración de los inacabados mapas de Bután. El gobierno premió su labor enviándolo a Londres para formarlo como guía turístico y poco después lo empleó en la agencia turística estatal, cuando el rey Wangchuck decidió abrir el país a los primeros extranjeros a principios de los '90.

Namgay me pareció un buen ejemplo de la maravillosa inocencia de los butaneses. Recuerdo que entonces me contó que durante su viaje a Londres apenas salió de la habitación de su hotel. Había descubierto la televisión y, fascinado ante aquel aparato, pasó los días viendo guerras olvidadas que los noticiarios contaban en apenas unos segundos, siguiendo los amores rotos y reconstruidos una y otra vez por los guionistas de culebrones o contemplando situaciones para él incomprensibles como la transformación de un hombre en una mujer. «Por supuesto era un truco de magia, eso no puede existir. El mundo se terminaría», me dijo sobre su primer contacto visual con un transexual.

Pero aquél era el Namgay de ayer. El que me recibe hoy es la prueba misma de lo mucho que han cambiado las cosas. Me cuenta que tres años antes se divorció y que sus cuatro hijos viven con él.

Es probable que ni siquiera el rey Wangchuck imaginara hasta qué punto la irrupción repentina de la televisión iba a confundir a su pueblo. Las estadísticas oficiales muestranque el crimen, el alcoholismo, la violencia y los embarazos no deseados entre los adolescentes han aumentado todos los años desde su llegada. El país vive en estado de shock por el asesinato de un estudiante de 19 años a manos de una banda juvenil en la capital, Thimpu.

Cinco nuevas discotecas han abierto en Thimpu en un intento de entretener a una población extremadamente joven -70% de los habitantes de la capital tiene menos de 18 años- que busca acercarse al mundo distorsionado que le ofrecen las modelos de Bay Watch y los raperos de MTV.

Namgay asegura estar preocupado por el mayor de sus hijos.

Pronto pedirá permiso para sumarse a las hordas de jóvenes que salen por las noches, una actividad que ninguna otra generación de butaneses había disfrutado antes y que está provocando agrios debates en las familias. «En Bután, durante décadas, hemos usado la marihuana para alimentar a los cerdos, porque les abre el apetito y engordan», explica Namgay. «Pero ahora los jóvenes se la fuman y están todo el día en las nubes. No quiero eso para mis hijos.»

El rey Jigme Singye Wangchuck, aún joven a sus 51 años, se marcha sin que nadie se lo haya pedido y con la devoción popular por su figura intacta.

Nunca ha sido un rey como los demás. La muerte de su padre lo convirtió en el todopoderoso a los 16 años y poco después abolió reglas que según él lo alejaban de sus súbditos: mirar al rey a los ojos dejó de ser delito y las nueve reverencias obligadas en las audiencias fueron reducidas a una.

  • Elecciones generales

    Wangchuck y siguió con las reformas. Estableció la escolarización obligatoria, abrió el país al turismo, estrenó la televisión e Internet y, más recientemente, convirtió a Bután en el primer país del mundo en prohibir totalmente el tabaco. El final del largo proceso de apertura concluirá dentro de dos años con elecciones generales y la formación de un gobierno que, por primera vez desde la instauración de la monarquía hereditaria en 1907, no tendrá que responder ante el rey.

    Uno de los primeros indicios que ha llevado al gobierno a pensar que quizá la televisión no está aportando mucho ha surgido en las escuelas. «Los niños ven la lucha libre americana por televisión y luego la imitan en el colegio o en casa. No comprenden que en la televisión esos combates son una mera representación», admite Rinzi Dorji, director de la empresa de televisión por cable local Sigma.

    El gobierno encargó en 2003 un estudio sobre el impacto de la televisión para tratar de arbitrar en la polémica sobre sus efectos y llegó a una conclusión que deja el debate en tablas: sí, la caja tonta está deteriorando rápidamente las tradiciones y la cultura local, pero a la vez ha servido para conectar a los ciudadanos con el mundo y darles una educación global que puede ayudar a desarrollar el país.

    Bután, uno de los países más pobres del mundo, atrapado entre los gigantes indio y chino y con una población 90% rural, no tenía otra elección que aceptar el reto.

    El país se ha puesto en marcha. Miles de trabajadores, la mayoría inmigrantes indios, crean la primera carretera de dos carriles de todo el reino. Decenas de nuevos edificios están en construcción en Thimpu -todos respetando escrupulosamente la construcción tradicional- y el primer centro comercial fue recientemente inaugurado en la avenida principal.

    La economía nacional es, después de China e India, la de mayor crecimiento de Asia, con saltos anuales superiores a 6%.
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