Emisión, inflación y surgimiento del falso riesgo-país
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Robert Mundell
• Decisión
En realidad, la frase riesgopaís no es lo que pretende reflejar el índice, que calcula la tasa de retorno de la cartera total de bonos de cada país, que cotizan en dólares, fuera de cada país y en Bolsas reglamentadas (excluyen los mercados extrabursátiles) y lo compara con la tasa de interés implícita de las Letras de Tesorería de EE.UU. Lamentablemente, la idea de verdadero «riesgo crediticio de inversión en un país» no está reflejada en ningún índice numérico publicado, sino solamente en la nota de calificadoras como Standard & Poor's, que utiliza Letras que significan «país altamente riesgoso», y es una falacia que el índice de JP Morgan pretenda reflejar el riesgo de inversión.
Desprovisto el estado de la bandera del cumplimiento de más de cien años, sólo le queda por delante ofrecer tasas altas, que debe pagar por su debilidad y para esconder sus antecedentes de mal pagador. Para disfrazar el déficit cuasi fiscal, adopta como política «el ajuste por el CER», lo cual proyecta como señal «tomen deuda en pesos ajustables que la inflación será altísima».
Seguramente tiene razón, por la asimetría generada en salarios, precios y tarifas luego de la devaluación, que impactan sobre un índice que trata sin suerte de medir el todo. Tal vez hubiera sido mejor que el Estado utilizara su superávit fiscal para rescatar los bonos cotizables ajustables por el CER, en lugar de sostener artificialmente el precio del dólar, y emitir bonos a tasa fija ahorrando unos cuantos millones, como lo demuestra la reciente oferta de BODEN. Es la existencia de bonos del gobierno, con un riesgo de repago bajo y con una tasa de interés alta (ajustables por el CER) lo que atrae a los capitales.
Si se los rescatara, se eliminaría el flujo de ingreso, eliminando la necesidad de «neutralizar» la emisión monetaria. El Nobel de Economía Merton Miller dice que las medidas de control exageradas serían evitables si se eliminaran los estímulos exagerados establecidos previamente por las mismas autoridades.
Pero como ya nadie confía en que el Estado respete su palabra, prefieren bonos en pesos (por la capacidad del Estado de emitirlos), sin pensar en que cuando los índices no reflejen una cosa parecida a lo que el Estado quiere, siempre tiene como último recurso congelar los precios para que el CER no los refleje. En este sentido, la decisión del Ministerio de Economía de iniciar acciones por agio contra las empresas proveedoras de oxígeno que, según sus dichos, «cartelizaron» sus precios, parece un anuncio en esa dirección, habida cuenta de que el proceso industrial toma dos insumos (aire y energía) que cuestan lo mismo a todos los competidores, y no hay ningún progreso tecnológico que permita generar oxígeno en contra de las leyes de termodinámica.
Si la guerra contra la inflación se realizara mediante decretos internos para disfrazarla, hubiera sido más simple liberar el mercado cambiario, generar un mecanismo de futuros y pases con prórroga de jurisdicción y competencia legal (para evitar «pesificaciones» nuevas) y el problema de tesorería se arreglaría solo.
La Argentina tiene el dudoso honor de integrar el club de pícaros, como llamó Cicerón en «Cartas a su hijo» a quienes, en lugar de cumplir con la ley, toman atajos para hallar alivio. Como lo señaló la revista «Forbes», «la Argentina, al pisotear los derechos de propiedad especialmente de los individuos, ha dejado en claro que vale todo, que los que tienen el poder pueden blandirlo sin límites: pero los argentinos debieran llorar por el gran potencial que gradualmente se está perdiendo».



