La religión y el vudú en el Banco Central
La Comunicación A-4.372 que el Banco Central promulgó hace una semana es una nueva demostración de impericia o de petulancia de sus funcionarios, que pretenden cargar sobre las espaldas de los importadores las consecuencias de su propia torpeza. Comunicado
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Alertaba sobre una nueva teocracia naciente en Alemania, con sacerdotes seculares que elevaban expedientes a su superior jerárquico, hasta que en alguna parte algún sumo sacerdote iluminado por la política los resolviera, con prescindencia del sentido común: como lo señala Galbraith, en los regimientos ingleses, en los «boy scouts» o en las organizaciones criminales, lo más importante es quién es el jefe, con prescindencia de la racionabilidad de sus instrucciones.
Tenía razón. Años más tarde, Havenstein, presidente del banco central alemán, colocaba moneda en circulación de acuerdo con las posibilidades logísticas de transportarla a todas las ciudades de Alemania en tren -con un enorme mapa que tenía en su oficina, y desencadenando la inflación más memorable del siglo XX- aduciendo que sus «instrucciones» políticas eran que la inflación fuera equilibrada para todos. A ninguno de los funcionarios del banco central alemán les pareció mal, aunque ellos mismos debieran ir a comprar pan con una carretilla llena de marcos: la culpa era de los franceses, que querían cobrar reparaciones de guerra, y no de la ignorancia de los funcionarios sobre cuestiones monetarias.
• El remedio
Cualquiera de los remedios del Banco Central, como el encaje a los préstamos del exterior o la imposición de depósitos o pagos anticipados de importaciones, o es una manipulación monetaria semejante a las que se le critican a China o, lo cual sería más grave, confirman la existencia de una nueva religión regulatoria dentro de la entidad monetaria. El problema no sería ya la inutilidad del control de cambios -como razonaba Havenstein, a quien no le preocupaba el respaldo de la moneda, sino su transporte- sino que con nuevas regulaciones, el problema de emisión de pesos sin sentido podría corregirse. Si aun así no encuentra soluciones, el Banco Central debería abandonar su culto regulatorio para buscar excusas convincentes, y hasta podría inducir a la gente a pensar que la tenencia de moneda es peligrosa para la salud (quién sabe con qué tinta la imprimen) u obligar por una nueva circular a comprar hoy los dólares que gastarán durante las vacaciones en compras en el exterior con tarjetas de crédito (ya que se trata de una importación de bienes y servicios) o cualquier otra cosa hasta que llegue al ejercicio de las ciencias ocultas, como hace 2.600 años, antes de que Thales de Mileto encontrara la diferencia entre casualidad y causalidad: en algunas religiones primitivas y en ritos todavía vigentes en sociedades subdesarrolladas, cuando torturan a una persona que suponen poseída por un espíritu maligno, los brujos no pretenden hacerle daño a un inocente, sino expulsar al demonio que hay dentro de él. ¿No sería factible convocar a una buena manifestación de los piqueteros para apedrear una foto de Benjamin Franklin en la Plaza de Mayo? El BCRA podría hacer la prueba.



