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Hace seis años fui a Santa Cruz invitado por el hoy Presidente y su esposa. Hablé largo con ellos, recorrí la provincia -obviamente también El Calafate y el famoso ventisquero, al que no conocía-, visitamos juntos frigoríficos del no menos famoso cordero patagónico y hasta un hospital recién construido que me asombró porque ni de cerca los había así, en pulcritud e instrumental, en la mayoría de las provincias. Kirchner luego visitó el diario y conversó largo con los principales periodistas. Sería haber desperdiciado varias décadas de ejercer la profesión de prensa no haber observado esencias marxistas arraigadas, que los moderados hoy tanto temen y los izquierdistas utópicos le sellan al santacruceño. Parece más correcta la definición de Duhalde: Informate más
Pienso que el matrimonio Kirchner creyó en algo que era mayoritario como pensamiento en la Argentina y en lo cual coincidían hasta las encuestas pagadas: que este período presidencial de cuatro años era para Carlos Menem. Creemos que eso llevó a Kirchner a rodearse de una simbología política extrema pensando en la elección de 2007, descontando que si el candidato riojano ganaba, iba a realizar -era obvio que así seríauna política muy estrechamente ligada a Estados Unidos, incluyendo el envío de naves con la Bandera nacional donde fuera.
Pero su sueño para 2007 se le adelantó imprevistamente y lo dejó impregnado -demasiado, es cierto-de izquierdismo. Se acentuó a partir de ese error adolescente de haber enviado el avión de su gobernación a buscar a un diputado para impedir la derogación de la ley de «subversión económica». Hoy, ya primer mandatario, va a tener que enfrentar sanciones legislativas mucho más amargas si efectivamente -como dijo al asumir-no quiere para su gestión el país «del default».
Lo más habitual en la Argentina ha sido que las vocaciones presidenciales no surjan del autoconvencimiento en un plan definido de progreso, sino del hartazgo de los caudillos de ganar elecciones provinciales. Néstor Kirchner no escapa de esto. Tampoco Juan C. Romero y Adolfo Rodríguez Saá en los últimos comicios donde, a decir verdad, el único que sabía qué hacer y cómo era Ricardo López Murphy. En nuestro país se gana la poltrona presidencial y luego, como diría el poeta, «se hace camino al andar». Lo repetimos demasiado. Así arrancó Carlos Menem en 1989. El único proyecto de país de Eduardo Duhalde fue siempre, aunque las urnas nunca lo acompañaron, el populismo. El caudillo del interior que puede ganar hoy una elección a gobernador cuantas veces quiera sin aspirar a la etapa presidencial siguiente es Carlos Juárez, sólo por razones de edad.
Nuestra tradición de gobiernos continuados hasta el tropiezo -no a la manera norteamericana, que limita mandatos, sino europea- se compadece también con la total incoherencia y suma de utopías de las «plataformas» de nuestros partidos políticos. Aquí se llega así a la Presidencia y Néstor Kirchner será la realidad por los próximos cuatro años. No importa la cantidad de votos. Illia no cayó por haber asumido con 23% de los votos, sino por insipidez, aunque en una gestión honrada.
No quiere que lo identifiquen como «pragmático», sin duda por la asociación del término con Menem, pero Kirchner no puede negar que es, digamos, fuertemente realista. Paralelamente a su estrategia contra el riojano desarrolló ataques igualmente duros contra un eventual continuismo de Duhalde. Enrieló la tanza cuando terminó siendo su candidato y en el discurso del domingo no lo mencionó una sola vez al gobierno que le facilitó la llegada. Inclusive lo golpeó duró al estigmatizar al «clientelismo», que es la columna vertebral del «aparato» duhaldista y hasta de su último socio, lo residual que hoy queda del radicalismo reducido a 2% nacional.
Porque es realista, cuando en 1991 asumió la gobernación de Santa Cruz, rebajó 30% los salarios a los empleados públicos frente a la debacle administrativa provincial. Cuando reconstituyó la situación -debido al cobro de cuantiosas regalías para 200.000 habitantes de su provincia-, devolvió lo retenido, hizo obras, hospitales y terminó aumentándoles el sueldo. Ese realismo me impresionó cuando visité Santa Cruz.
Lo mismo cuando observé que a los tres años de asumir ya privatizó el banco provincial, algo que en muchas provincias costó horrores -aún algunos subsisten- concretar a los gobiernos nacionales porque los desfondaban y quebraban para seguir administrando con demagogia. Aun con todas las sospechas que siempre quedan sobre las formas en que se privatizaron los «bancos provinciales», ¿qué izquierdista fanatizado hubiera actuado así?
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