22 de julio 2003 - 00:00

Presionó Lavagna y estará en la cumbre

Instalado en la residencia del embajador en Estados Unidos, Rafael Bielsa terminó de definir ayer a las 19, hora local, la lista de quienes participarán mañana en la reunión de Néstor Kirchner con George W. Bush. Del otro lado del teléfono, envuelto en el incómodo ruido de un helicóptero, el Presidente bajó el martillo: «Entonces, que estén Sergio, 'Pilo' y, por supuesto, Cristina y vos». Sergio es Acevedo, secretario de Inteligencia. «Pilo», José Octavio Bordón, flamante embajador ante el gobierno de Bush. No hace falta aclarar quién es Cristina, encargada con el tiempo de llevar adelante la diplomacia paralela, específicamente política, que suelen cultivar los presidentes.

Roberto Lavagna fue excluido de la cumbre durante esa charla. La excusa fue que John Snow, el secretario del Tesoro y por lo tanto su contraparte, no se sentaría a la mesa. Más allá del protocolo, Kirchner pretendió de este modo reforzar el carácter político del encuentro con Bush y dar a entender nuevamente, como viene haciendo con todos sus interlocutores internacionales, que el titular de cualquier negociación externa es él mismo, no su ministro de Economía. Sonrió Bielsa con la definición: aquella hipótesis según la cual se lo reemplazaría por Lavagna a fin de año se volvía todavía más inverosímil.

Una hora después, a las 21 de anoche, Bielsa era informado de que el que no estaría en la reunión era Acevedo y sí Lavagna, quien se encontró a solas con Kirchner cuando se enteró de que lo habían bajado del viaje. Primera conquista que le proporciona al ministro de Economía la presencia de su socio político Bordón en la embajada de Washington.

El cambio de Lavagna por Acevedo obligó al gobierno a dar una vuelta carnero retórica en pocos minutos: ahora ya no se hablaría de la «pregnancia política» que tendría la entrevista. Tampoco habría regodeos acerca de que «Kirchner es el único referente de las negociaciones internacionales». ¿Habría que reducir también las cuestiones relativas a la seguridad hemisférica y la lucha contra el terrorismo por las que se lo había convocado al santacruceño Acevedo? Todo muy improvisado, como siempre.

Viaje o no Lavagna, el encuadre del encuentro será el mismo. La incógnita argentina es Kirchner y es lógico que el gobierno de los Estados Unidos quiera despejarla antes de darle un respaldo simbólico en la negociación con el Fondo, que es el trofeo con el que el Presidente pretende bajar en Aeroparque al final del viaje. Conviene tomar en cuenta algunos antecedentes para entender el contexto de la charla. Por un lado, desde que Fernando de la Rúa visitó a Bill Clinton, no se volvió a realizar una entrevista presidencial argentino-estadounidense. Desde Washington, como desde otros centros de poder, el gobierno de Eduardo Duhalde fue visto como un experimento de emergencia; en cambio, el actual es, a los ojos de quienes observan desde fuera, un «gobierno de la Constitución», surgido de las urnas. Por otro lado, salvo en el caso de Venezuela, Paraguay y Haití, Kirchner es el único colega del continente a quien Bush todavía no recibió en su despacho. Esto también opaca la entrevista: a escala hemisférica, los enigmas de Washington han sido casi todos revelados. El Brasil de Lula ha sido señalado como el socio estratégico en Sudamérica; Chile y México tienen ya su acuerdo comercial resuelto y Colombia representa un problema de seguridad con tratamiento especial.

• Temario

La agenda que anoche Bielsa y Bordón borroneaban en Washington confirmó el tipo de encuentro que se celebrará mañana. Se hablará del «compromiso de la Argentina en la lucha antiterrorista», fórmula que el canciller pronunció ya ante Ana Palacio, su colega española. Es lógico que sea el tema que encabeza la lista. Kirchner debe recoger el barrilete de algunas declaraciones altisonantes lanzadas cuando todavía no medía 5% en las encuestas («van a Irak por el petróleo, igual que vendrán aquí por el agua», por ejemplo). Para esa parte del encuentro iba a estar el jefe de los espías, quien hablaría de la AMIA (Kirchner piensa anunciar medidas «ad hoc» para resolver el caso) y de la Triple Frontera. Ausente Acevedo, anoche se dispuso que de esa parte del examen se hará cargo Bielsa, el más despierto de la clase.

También anoche se decidió incluir la política de derechos humanos del gobierno como parte de la conversación, aun con el riesgo de que la cuestión derive en el voto contrario a que se indague al régimen cubano por las violaciones a las garantías individuales, que fue la posición adoptada por la Argentina y defendida por Kirchner en la ONU. Bielsa, igual que el Presidente, preferiría no rozar ese entredicho, sobre todo cuando Bush está formulando una política muy agresiva contra Fidel Castro con la mirada puesta en el voto cubano de Florida. Ayer dedicó a esa tarea una larga reunión con Tom Shannon, director de Asuntos Hemisféricos del Consejo Nacional de Seguridad. Este Shannon fue el hombre clave al lado de Bush para que se adelante la reunión con Kirchner. ¿Lo fue también, en un juego más amplio, José María Aznar? Nadie lo admite en público, pero es insistente la versión de que la agenda se aceleró hasta lo inconveniente a pedido del premier español, a quien la comunidad de diplomáticos hispanos de Washington llama «el virrey» desde la guerra de Irak.

El gobierno argentino preferiría que las cuestiones de derechos humanos fueran enfocadas desde el punto de vista de la consolidación institucional, tal como pide el paladar conservador de la administración norteamericana. Aunque también por allí puede saltar la liebre: Colin Powell, que estará presente en el encuentro (ayer recibió a Bordón como nuevo embajador), incomodó a Kirchner y a Bielsa interesándose por lo que en algunos despachos de Washington se ve como una embestida sobre la Corte Suprema. La preocupación del secretario de Estado la despertó la «justice» Sandra Day O'Connor, integrante de la Corte norteamericana que mantiene contacto habitual con Eduardo Moliné O'Connor (bromean con un improbable parentesco irlandés). Moliné está ahora en el banquillo de acusados del gobierno y denuncia que se lo quiere expulsar de los tribunales en un juicio sin garantías. Kirchner lleva una minuta sobre ese procedimiento por si Bush decide indagarlo al respecto. También para esto iba a estar Acevedo, verdugo de la Corte.

Con la presencia de Lavagna, tal como estaba definida hasta anoche, está más garantizado que un pasaje sustancial de la charla se centrará en la Economía. El presidente de los Estados Unidos volverá sobre dos características indispensables que deberá tener la política de Kirchner para que él se convierta en un buen abogado frente al Fondo: sustentabilidad fiscal y respeto por los derechos de los acreedores. Este último aspecto está referido al pago de la deuda que, acaso ingenuamente, el Presidente ya cree encaminado por las presentaciones de Lavagna y Guillermo Nielsen ante los acreedores internacionales. Fue el pago de los compromisos externos el único condicionamiento que planteó Powell en su paso por Buenos Aires, el 10 de junio pasado.

La cuestión de la solidez fiscal del programa toca el nervio más sensible de Kirchner. El punto inquieta a los principales asesores de Bush, desde Lawrence Lindsey hasta Glenn Hubbard, pasando por John Taylor (de diálogo habitual con Lavagna y con Alfonso Prat-Gay). El presidente argentino, en cambio, está dispuesto a diferenciarse de Lula Da Silva, a quien ve como un primo ideológico, con tal de que no le pidan un superávit de 4,25% del producto, como Brasil le ofrece al Fondo. Kirchner insistirá en que debería garantizarse una onda larga de crecimiento para que se pueda hacer frente al sector externo y evitar que un ajuste fiscal termine estancando la economía, como sucede en Brasil. Es esta divergencia de estrategias la que habrá que abreviar en Washington mañana, si Kirchner pretende sumar a Bush al comité de abogados que comenzó a reclutar en Europa para enfrentar a Horst Köhler en la negociación que se lanza esta semana.

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