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El santafesino no entra en el cartabón común de los demás políticos y no se entiende, por ejemplo, que meditar a postularse para la presidencia de la Nación fundamentalmente lo base en averiguar ante sí mismo -«mi intuición», como él dice- si las necesidades acuciantes que hoy el país requiere desde su conducción se corresponden con lo que él se siente capacitado a brindar.
Concretamente, si su persona es la que inevitablemente encaja en el tiempo que viene.
No se supone que dudara si la única o más perfilada alternativa para el PJ fuera una línea tipo Néstor Kirchner, de izquierda, pro aislar al país de organismos internacionales. Allí vería nítida su obligación. Otra cosa es estando en carrera Carlos Menem. No parece temerle, pero sí encontrar la razón para competirle, como podría ser luego una integración no en base a dedos o pactos, sino a votos.
Cualquier político tradicional medita en función de sus ambiciones y de la oportunidad o chances que tenga para llegar, a veces para ganar prestigio, o dinero, o placeres del poder, o entretener su vida aun sabiéndose no útil ya ni convocante, como Raúl Alfonsín, presuponiéndose poseedor del único haz de luz en su partido. A veces, se aspira en función de estructuras partidarias dominadas sin que se analice si se está capacitado para la función frente a una determinada crisis, como Eduardo Duhalde. O lo peor de la política, cuando se la emplea sin ética alguna para realizarse por incapacidad de sobrevivir fuera de ella. Aun admitiendo que cualquier sociedad selecciona mejor cuantos más de sus ciudadanos ambi
Reutemann dista de eso, tan nuestro, y entonces, es obvio, cuesta entenderlo. No necesita ni le gusta más fama. No emplea la política para prestigio personal, ni para llenar su vida. Menos, desde ya, para enriquecerse.
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