Saludos, quizás abrazos -finalmente, son del mismo sindicato-, unos silloncitos especiales para cada uno y el resto de los invitados se desplaza por otros asientos diferentes del Salón Oval. Entran los fotógrafos, hacen retratos, sonrisas y luego se retira el grupo de profesionales. Empieza la charla con una habitual felicitación por el triunfo electoral, lo mismo que se hace con todos aquellos que son recibidos por primera vez, como una bienvenida, más que como una visita de Estado a la Casa Blanca. Así, con seguridad, se iniciará la reunión entre George W. Bush y Néstor Kirchner, pasado mañana. El mismo trato que recibieron, entre otros, Lula, Alvaro Uribe y antes Ricardo Lagos, aunque los tres viajaron como mandatarios electos, no como asumidos.
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Es habitual que, de pronto, el visitante -al replicar por la situación de su país- explique lo difícil del caso (las herencias recibidas), lo que motivará que el propio Bush diga que en su casa las cosas tampoco funcionan del mejor modo (por déficit o problemas de seguridad en el mundo). La reunión no durará más de una hora, casi con seguridad -a menos que otros compromisos flexibles permitan una extensión-, en la que las dos partes sólo podrán centrar el encuentro para un solo tema o dos, ya que la mecánica impide otras desviaciones. Como participan traductores, el nudo de la entrevista ocupará como máximo de 10 a 15 minutos. Esto es lo habitual en reuniones de estas características, con agenda abierta.
Luego, las dos partes explicarán que de un lado recibieron solidaridad en materia de seguridad y, del otro, que habrá apoyo de EE.UU. para negociar con el FMI (igual que en Europa y se confía en que no se hable, paralelamente, de la necesidad de un programa sustentable para facilitar ese apoyo). Así es el ingreso al club de los presidentes democráticos, al menos así transcurrieron las entrevistas de todos los mandatarios que el año pasado desfilaron por Washington, salvo las expresas omisiones al general Chávez (Venezuela), González Macchi (Paraguay) y Eduardo Duhalde. O sea que Kirchner es equiparado a otros jefes de Estado y distinguido de otros.
• Tradición
Algunos imaginan que el Ejecutivo argentino, para mantener la tónica ya expresada en Europa, quizás produzca una nota fuera de los convencionalismos. Aunque, como sólo recibirá promesas de ayuda y ningún tipo de exigencia concreta -caso del envío de tropas-, tal vez mantenga la tradición diplomática. Quienes conocen de estos diálogos suponen que difícilmente haya algo distinto a lo que ya habló Kirchner con Colin Powell, aunque ciertas precisiones empezarán a ser demandadas. Por ejemplo, aunque no se hable de movilizaciones sobre Colombia, el tema de que las FARC han sido declaradas terroristas por los Estados Unidos planteará, sin duda, algún comentario o decisión del flanco argentino. Al menos, en la delicada cuestión de las extradiciones, ya que posiblemente desde Bogotá se pida la detención de algún jefe insurgente que pasa o pasea por Buenos Aires. Por ésta u otra variante, Bush intentará descubrir si Kirchner se parece más a Chávez que a Lula, o viceversa. Para ellos, como dicen los periodistas de televisión, ése no es un dato menor.
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