Jerusalén - «Papá, me quiero ir por unos años y buscar suerte al lugar más aburrido del mundo, en un país en el que pueda educar a mis hijos sin temer que un buen día me los devuelvan en mil pedazos», dijoYaron, de 26 años. «Pero, hijo, tu abuelo emigró a este país para que tras 2.000 años dejáramos de ser judíos errantes», contestó el padre, Moshe, en tono suplicante.
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Este diálogo tuvo lugar el viernes pasado en el café Apropo de Tel Aviv, en el que hace cuatro años un integrista palestino se inmoló y provocó la muerte de dos jóvenes madres israelíes. Las estadísticas indican que, en los últimos once meses de Intifada y desesperanza, el planteamiento de irse de Israel pasó a ser un motivo de debate en muchas casas israelíes, sobre todo entre los jóvenes que comienzan su vida profesional tras cumplir al menos tres años de servicio militar (las chicas, casi dos años) y concluir sus estudios universitarios.
Según una encuesta del diario «Haaretz», 14% de la población judía ha sopesado en los últimos meses la posibilidad de abandonar el país. La mayoría se encuentra entre los israelíes de entre 25 y 43 años, en donde llega a 28 por ciento. Cuanto más aumenta la edad y más se aleja el servicio anual en la reserva militar (un mes en el Ejército hasta los 45 años), menos se plantea la posibilidad de emigrar. Gran parte de los que intentan abandonar el país son inmigrantes procedentes de la ex Unión Soviética, que llegaron a Israel en los '90 como parte de una ola inmigratoria sin precedentes -casi un millón de personas en menos de diez años, un sexto de la población.
El periodista Ben Tsion Tsitrin, experto en emigración, afirma que últimamente hay muchos más israelíes que le piden información sobre la posibilidad de lograr un pasaporte extranjero. «Me llaman mucho más y no pueden esconder su vergüenza por plantearse algo que muchos en Israel consideran como una traición», dice.
Pasaportes
Durante años, los israelíes que viven en el extranjero eran definidos como «yoredim» (los que «bajan» o abandonan Israel), contrariamente a los «olim» (los que «ascienden» o se instalan en el país). En Estados Unidos, se calcula que ahora viven más de 600.000 israelíes.
Según varios agentes inmobiliarios, la compra de viviendas en el extranjero, especialmente en Toronto, Manhattan, Florida, París y la Costa del Sol -sur de España-, aumentó 30 por ciento. Varias embajadas, en particular las de Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña y Holanda, hablan de un aumento de 12 por ciento en las solicitudes de pasaportes extranjeros y permisos de trabajo.
El periodista Tsitrin asegura que «aún no se trata de un éxodo, ni mucho menos, sino del principio de una ola emigratoria, sobre todo si la escalada de violencia sigue adelante». «Los que se compran casas en el extranjero o intentan conseguir un pasaporte dicen que quieren estar seguros de que aquí no se repita la historia de Saigón y que si es necesario, ellos podrán subir al último helicóptero», añade.
Los israelíes afirman que los que se van, en realidad no lo planean hacer para siempre, sino que siempre tendrán la intención de volver. El guía turístico Amos Zahar, de 35 años, es una de las pocas excepciones. Recientemente provocó un debate social al afirmar: «Lo confieso, me rindo ante el terrorismo. No estoy orgulloso, pero quiero dar a mi familia la máxima felicidad posible».
Pero el sociólogo Gay Bejor opina que, «pese a que tras once meses de Intifada hay más israelíes dispuestos a abandonar el país, la inmigración judía a Israel, especialmente de Rusia, continúa».
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