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Ilusiones y decepciones fueron frecuentes en estos años. En estos momentos, lo mejor que se puede hacer es no caer en la repetición de errores del pasado. Dado que su único resultado es el agravamiento del presente y la complicación del futuro.
Así, al inicio de la década pasada la Argentina privatizó sus servicios públicos. En poco tiempo desaparecieron Agua y Energía, Segba, YPF; SOMISA, ENTel, Gas del Estado, Obras Sanitarias, Ferrocarriles Argentinos, Aerolíneas Argentinas, el Correo, etc. Recordemos qué eran esas empresas para el usuario; es decir, para el pueblo argentino. Eran empresas deficitarias, compraban caro o carísimo lo que un privado pagaba mucho menos, eran desorganizadas, en algunos casos los empleos eran casi hereditarios, algunas no tenían balances, otras no contaban con inventarios, todas daban un pésimo servicio (¿recuerdan los teléfonos?). El usuario estaba ligado a ellas todos los días y sufría todo lo que ellas disponían que ocurriera.
Pues, se vendieron todas las famosas joyas de la abuela que por cierto de «joyas» no tenían nada. Y en algunos casos se vendieron mal, como Aerolíneas Argentinas, o no pudieron venderse mejor (viene al caso el tema Aerolíneas cuando el entonces ministro y actual senador Rodolfo Terragno propuso una asociación comercial y fue rechazado por el Senado «para no hipotecar el futuro de nuestros hijos y el de los hijos de nuestros hijos», algo que hoy parece mentira).
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