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Tuve el raro privilegio de asistir a la proclamación de esta doctrina mientras participaba de un evento internacional en Europa Central donde resonaban en todos los rincones los ecos de una arenga que significaba una clara declaración de guerra a algo más amplio que el terrorismo internacional, y que incluía una potencial e inminente invasión militar al Irak de Saddam Hussein, con fuertes implicancias para los países de la Unión Europea, extremadamente presionados por Gran Bretaña y los Estados Unidos para acompañarlos en ese paso.
Europa recibió la proclama no muy convencida ni informada respecto de los verdaderos motivos, alcances y consecuencias de la acción bélica; tampoco de sus plazos ni de sus costos; y para nada seducida por la idea de tomar parte en forma inmediata en una confrontación con Irak.
Si bien el corazón de la Doctrina de la Seguridad Nacional es de carácter militar, el contenido general de la misma así como las consecuencias que de la construcción filosófica se derivan tienen sustancia eminentemente política. Ha sido construida tanto por el presidente Bush a partir de determinadas declaraciones públicas desde los trágicos sucesos del 11 de setiembre de 2001, como por sus asesores en materia de seguridad, con una particular participación de Condoleeza Rice, su consejera de Seguridad Nacional, que no ha dudado en manifestar públicamente -respecto del conflicto con Irak- que «a los Estados Unidos les gustaría ser considerados -o pensados- como libertadores...».
Pasando una rápida revista al contenido del documento, puede advertirse que el mismo se centra en sostener el inalienable derecho de los Estados Unidos de actuar preventivamente en defensa propia contra todos aquellos que puedan poner en juego su seguridad, quienesquiera que sean, dondequiera que se encuentren y antes de que ello ocurra. Las amenazas incluyen desde el punto de vista presidencial tanto al terrorismo internacional como a ciertos regímenes o gobernantes a los que califica como «tiranos».
Asimismo sostiene que las fuerzas americanas deben ser suficientemente sólidas para «disuadir a los potenciales adversarios de conformar y construir una fuerza militar con la esperanza o el deseo de superar o igualar el poder de los Estados Unidos».
En lo que al accionar directo en materia de política exterior se refiere, la doctrina contiene también un interesante punto de vista respecto de la misión de defender y promocionar ciertos valores, a punto tal de afirmar, claramente, que los Estados Unidos deben utilizar su ayuda exterior para promover la libertad en todos los ámbitos, y para ayudar a gobiernos moderados y modernos, especialmente en el mundo musulmán, para «asegurar que las condiciones e ideologías que promueven el terrorismo no tengan un suelo fértil en ninguna nación». De allí nacería, en el pensamiento de Bush, no sólo el derecho sino también la obligación de actuar preventivamente.
Desde el punto de vista del presidente, en momentos de inminente e impredecible peligro no se puede esperar a que deba probarse con anterioridad la existencia concreta de la amenaza para comenzar a actuar.
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