Con más o menos los artilugios de costumbre, el equipo económico ha podido mostrar al Fondo Monetario cierta buena letra en materia fiscal y monetaria, por lo menos, en los dos últimos meses. Sin embargo, en materia cambiaria aún sigue lejos de los objetivos pactados. Hoy, sin nuevas medidas la meta anual acordada con el FMI en materia de acumulación de reservas netas luce difícil de cumplir. En tal sentido, un factor que claramente no juega a favor de esa meta es la estacionalidad del último cuatrimestre del año, en términos de compras de reservas del Banco Central (BCRA).
Cierto es que los acuciantes pagos de importaciones de energía ya se disipan y juegan a favor, pero el resto del comercio exterior tampoco deja mucho margen de maniobra. Por ejemplo, la cosecha de trigo recién impactaría a fin de año y sobre todo en enero próximo. O sea, incluso con los exportadores vendiendo, los pagos de energía bajando, el resto de la importación contenida por SIMI y pisada en pagos, el atesoramiento bajo estricto cepo y el turismo encarecido, los analistas proyectan que el mercado cambiario de agosto-diciembre como el del año completo daría neutro.
Pero hay además otro factor que está jugando en contra de las reservas del BCRA: la depreciación del yuan. Al respecto, cabe recordar que del stock total de reservas brutas del BCRA apenas superaba los u$s36.600 millones a mediados de la semana pasada. Pero de ese stock hay más de u$s11.700 millones que son los encajes de los depósitos en dólares, luego hay aproximadamente unos u$s18.700 millones del swap con China, otros u$s3.000 millones de swap con otros bancos y entidades como el BIS, poco más de u$s1.300 millones de SEDESA y desembolsos del FMI no computables a las reservas por más de u$s1.100 millones, el resto son las reservas netas, menos de u$s800 millones. Para entender lo acuciante de la situación esas divisas netas apenas cubren dos o tres días de importaciones, cuando el criterio aceptado, según la llamada regla Guidotti-Greenspan, recomienda contar con reservas para 5 a 7 meses de importaciones. De modo que la dependencia de las reservas a los vaivenes de la divisa china es un factor relevante. Basta con mencionar que se estima que aproximadamente un 80% de la caída del stock de reservas brutas en lo que va del año corresponde a la desvalorización del yuan. Es que el yuan que había marcado máximos en el quinto bimestre del 2020 por sobre las 7,11 unidades por dólar desde entonces empezó a apreciarse hasta 6,31 unidades en marzo pasado. Es decir, entre setiembre-octubre de 2020 y marzo pasado el yuan se revalorizó en casi 13%. Lo cual impactó favorablemente en la valorización del stock de reservas brutas del BCRA.
Pero, a partir de ese momento, es decir desde abril pasado el yuan comenzó a depreciarse, por diversas causas, entre ellas la desaceleración del nivel de actividad de la economía china, los problemas del sector inmobiliario chino y como si fuera poco el rebrote de los contagios de coronavirus que impusieron nuevos bloqueos y cierre de ciudades. Así el yuan se empinó a la baja frente al dólar desde las 6,33 unidades saltando a casi 6,79 en mayo. Tras un breve período de estabilidad en agosto volvió a las andadas. A mediados del mes pasado la paridad entre el dólar y el yuan escaló a niveles de 6,90. O sea, se depreció más de un 9% lo que afectó negativamente al stock de reservas brutas del BCRA, presidido por Miguel Pesce. Y setiembre no pinta nada mejor. En los últimos días el yuan siguió perdiendo terreno llegando a cotizaciones de más de 6,97 por dólar. Estos precios no se veían desde abril de 2020 y propios de la crisis financiera mundial de 2008. De modo que en agosto el dólar frente al yuan ganó casi 3%, y en lo que va de 2022 cerca de 9%. Al día de hoy, por “culpa” del yuan, se estima que las reservas brutas han perdido más de u$s2.500 millones. Un dato a tener en cuenta a la hora de monitorear las reservas.
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